Maggie #2
—O bien somos —Maggie hizo el gesto— coleguis que se saludan haciendo una pistola con los dedos...
—No sé yo si la gente hace eso.
—... o no. Pero te pido que no intentes hacerme creer que somos amigos cuando ni siquiera sabes cómo me llamo.
—Marcie...
—Que te digo que me llamo Maggie. —Sintió que moría un poquito cuando se le quebró la voz—. Siempre ha sido así y, si no eres capaz de recordarlo, haz el favor de no llamarme de ninguna manera.
Por un segundo, lo único que hizo él fue mirarla. Y parpadear.
—¿Me estás hablando en serio? —terminó preguntándole con una voz más calmada.
—¡Pues claro! Del mismo modo que hablaba en serio en la American Library Association cuando te dije que no quería tu pegatina.
—¿Cómo iba a saber que uno puede ser alérgico al pegamento de las pegatinas?
—Y también iba en serio en los premios Edgar cuando te dije que...
—Oye, que el jefe de bomberos dijo que eso le podría haber pasado a cualquiera.
—¿Y la ThrillerCon? ¿Qué me dices de la ThrillerCon?
—En primer lugar, creo que el cabello corto te queda de muerte. En segundo...
—¡Jamás podré volver a Houston!
Ethan tuvo el descaro de poner los ojos en blanco.
—Cómo no vas a poder volver. Los de Murder by the Book seguro que estarían encantados de recibirte. ¿Quieres que llame a Johnnie? Porque puedo llamarlo.
No podía ni mirarlo.
—Y lo de Tucson...
Cuando el avión se estabilizó y las luces de la cabina se volvieron más tenues, Maggie deseó no haber dicho nada.
—Creía que no debíamos hablar de lo que pasó en Tucson. —Hablaba en voz baja y suave, y ya era bastante malo que no la estuviera vacilando, que no se estuviera burlando de ella. Lo peor era que estuviese diciendo la verdad.
—Es que... Solo quiero unos días de paz, por favor te lo pido. Luego puedes volver a burlarte de mí, yo seguiré evitándote todo lo posible y ambos podemos pasar el resto de la vida tranquilamente y sin guardarnos ni el más mínimo respeto. ¿Qué me dices?
La cabina que antes le había parecido tan elegante de pronto parecía más bien una especie de nave espacial: fría y extraña.
Unas luces ambarinas iluminaban la oscuridad e indicaban el camino hacia las salidas de emergencia, pero Maggie no se dejaba engañar así de fácil.
Sabía bien que el único modo de salir de allí era llegando hasta el final.
—¿Podemos hacer eso, por favor?
Le pareció que iba a terminar quebrándose bajo el peso de semejante silencio, pero Ethan no se había quedado sin palabras. Al contrario, parecía un hombre con tantas cosas por decir que le resultaba imposible decidirse por una.
Hasta que sacudió la cabeza y se decidió por:
—Claro, una tregua está bien. Lo que tú quieras.
Maggie se volvió y contempló las luces de la ciudad desvaneciéndose a lo lejos, las olas oscuras del Atlántico extendiéndose por delante.
Tenía la impresión de que el hombre que tenía a su lado era como esas aguas: vasto, poderoso y muy querido.
El problema era que ella se había pasado el año anterior sintiéndose como una herida abierta.
Maggie era una herida abierta y él, un montón de sal.
—Lo digo en serio, me gusta mucho tu cabello.
A Colin no le había gustado nada. «La chica con la que me casé jamás se habría dejado el pelo corto», había murmurado al verla, en un volumen lo bastante bajo como para que Maggie no pudiera demostrar que lo había oído.
Era una de las cosas que mejor se le daba, como quien busca provocar a un tigre pinchándolo con una ramita entre las barras de su jaula, burlón y belicoso, pero siempre a salvo de las consecuencias de sus propias acciones.
A pesar de ello, se lo había dejado corto. Un par de centímetros por encima de los hombros, pero con el largo suficiente como para recogérselo en una coleta porque, todo fuera dicho, a ella sí que le gustaba llevarlo así.
Ethan se puso a apretar botones de nuevo y a abrir compartimentos mientras el mar devoraba las luces de la ciudad.
—¿Sabes a dónde vamos? —preguntó ella, porque no podía no hacerlo.
—Nop.
—¿Y no...? —Maggie bajó la vista a sus manos.
Las tenía secas y bastante sensibles, aunque no le sangraban.
Eran un buen reflejo de cómo se sentía por dentro.
Solo que, por primera vez en mucho tiempo, había otro latido en medio de la oscuridad.
Tenía miedo, sí, pero no estaba sola—. ¿Y no tienes ni la más mínima curiosidad?
Apenas conseguía distinguir su rostro entre las sombras.
Aunque tendría que haber parecido menos poderoso con sus rasgos de guaperas ocultos en la penumbra, no era su atractivo lo que lo hacía ser él, sino su presencia.
Y, en todo caso, esta se veía resaltada en la oscuridad.
Lo oía respirar. Lo veía removerse en su sitio.
Lo sentía... a menos de un metro de ella, pero como si estuviera a miles de kilómetros de distancia.
—Pase lo que pase, estamos juntos. Sin importar lo que suceda, estaré ahí contigo.
Fsssssssss. El asiento volvió a bajar hasta quedarse horizontal del todo y él se dio la vuelta para tumbarse de lado.
—¿Qué dices? ¿Nos enrollamos un rato? —propuso, y ella lo fulminó con la mirada.
Entonces dejó escapar una risa y cerró los ojos. Y se quedó frito.