Maggie
Maggie
Era una pesadilla. Sí, tenía que serlo. Se le caían los dientes y acababa de recordar que había una clase a la que no había asistido en todo el semestre y, ya de paso, estaba encerrada en un tubo metálico que no tardaría en salir disparado por encima del mar abierto...
Con el dichoso Ethan Wyatt.
Pero iba a despertar. Todo iba a salir bien. Porque no era...
—Hola.
A primera vista, a Maggie le había dado la impresión de que el avión era enorme, pero de pronto le pareció muy pequeño.
Demasiado pequeño. ¡Prácticamente diminuto!
Porque el dichoso Ethan Wyatt estaba saliendo del baño (¡que seguro que era incluso más diminuto!) y...
¿siempre había tenido los hombros tan anchos?
¿Siempre había sido tan alto? Entonces empezó a avanzar, apretujándose para caber por el excesivamente diminuto pasillo que tenía aquel excesivamente diminuto avión y, en serio, ¿es que todo el mundo se pasaba por el forro las emisiones de carbono?
¿La seguridad aeronáutica? ¿La cordura de Maggie?
Era imposible que aquel avioncito de juguete fuese lo bastante grande para ella.
Y su equipaje. Y esos hombros que tenía Ethan Wyatt. Y sus brazos. Y todo su ego.
—¿Qué pasa? ¿Te ha comido la lengua un gato detective?
Ethan le regaló la misma sonrisa traviesa que seguramente se había pasado su vida entera de tío buenorro regalando por ahí. Si seguro que se había sacado un seguro para la dichosa sonrisa. Hasta podría usarla de aval para una hipoteca.
Casi le valió la pena eso de estar encerrada en aquella pesadilla del demonio, solo por ver que la sonrisita le iba desapareciendo de ese rostro tallado en piedra que tenía.
La miraba con curiosidad, como si nunca hubiese conocido a alguien que fuese inmune a su carisma personal.
Como si no tuviera claro si eso debería hacer que la respetara más o que le guardara menos rencor. Más que nada, parecía muy confundido.
—En fin, Marcie querida, parece que vamos a embarcarnos juntos en esta aventura.
Cuando alzó una mano hacia el asidero que iba por todo el techo del avión, se le subió un poco la camiseta y...
¿Eso que veían sus ojos eran unos abdominales?
Sip, no había duda de que tenía unos abdominales escondidos ahí, del tipo que saltan a la vista.
Y te piden que los toques. Pero Maggie no estaba pensando en tocar nada.
No, señor. Ni se le había pasado por la cabeza.
—¿Por qué estás aquí? —¿Lo había dicho gritando? Era difícil saberlo, pues el corazón le martilleaba en el pecho y no dejaban de pitarle los oídos.
Ethan la miró con una ceja alzada, como diciendo «¿acaso no es obvio?».
—Pues por la misteriosa invitación de parte de un misterioso benefactor destinada a... escritores de misterio, ¿no?
Maggie no contestó con palabras, sino con una risotada. De las breves. De las escandalosas. De las que parecían un cacareo burlón.
—Yo sí que escribo misterio. Lo que tú escribes es... —Se interrumpió a sí misma, pero Ethan se limitó a alzar una ceja de un modo que parecía una pregunta, pero bien podría ser un reto—. Tú sabes lo que escribes.
—No, no. Me da a mí que prefiero que me lo digas. —Su voz escondía una sonrisa, como si el intercambio le pareciese entretenido y no una pesadilla hecha realidad—. ¿Qué tipo de libros escribo yo?
—Eres un tío de chaqueta de cuero. —Era más bien el Tío de Chaqueta de Cuero por antonomasia, pero Maggie se guardó eso para ella—. Escribes libros de chaqueta de cuero.
Ethan le lanzó una mirada que parecía decir «sé que me voy a arrepentir de haberlo preguntado, pero...».
—¿Y qué es exactamente un libro de chaqueta de cuero?
Como si no lo supiera ya.
—Son libros con persecuciones policiales, tiroteos y contraportadas que consisten exclusivamente en una foto gigante del autor, que siempre pero siempre va vestido con una chaqueta de cuero.
—Ya veo. Eso quiere decir que lo sabes todo sobre mí, entonces. —Su tono era una mezcla de diversión retorcida y una calma intimidante—. ¿Y qué me dices de ti?
—¿Qué te digo de qué? —La voz de Maggie había pasado a sonar una octava más alta de la cuenta.
—¿Qué tengo que saber sobre ti? —Reajustó su agarre en el pasamanos, con lo que la camiseta se le volvió a subir un poco para revelar esos abdominales que tenía escondidos, y a Maggie se le olvidó la pregunta del todo—.
Ya sabes... Hola, Ethan —Él también puso la voz más aguda de la cuenta—. Soy Mar...
—Maggie —lo interrumpió ella, antes de que volviera a llamarla por el nombre que no era.
—... ga-ret —cambió él sobre la marcha—. Soy Sagitario...
—Capricornio.
—Con ascendente en Virgo.
—No tengo ni la menor idea de qué es eso. —Maggie paseó la mirada por la cabina. Tenía que escoger un asiento de una vez. Guardar sus cosas. Pasar a mejor vida.
—Me gusta dar largos paseos por la playa, las galletas con pepitas de chocolate y buscar formas divertidas de matar a un hombre con una aguja para tejer.
Buah. Con eso sí que se había pasado, por lo que, de pronto, Maggie perdió el control que tenía sobre sí misma.
—¿Me estás vacilando? —preguntó volviéndose hacia él—. ¿Una aguja para tejer?
—No... —Parecía sorprendido de verdad—. ¿Qué problema tienen las...?
—Si no se te ocurre cómo matar a alguien con una aguja para tejer, es que esto no es lo tuyo.
—Pero...
—Hay muchísimas armas de verdad que son bastante menos peligrosas que una aguja para tejer.
—A lo que voy es...
—Nadie se ha muerto nunca por tropezarse y caer sobre un nunchaku.
¿Se había acercado él o había sido al revés?
No estaba segura. Lo único que sabía era que su sonrisa se torcía ligeramente y que un mechón de cabello castaño claro que seguramente había sido rubio cuando era bebé se le había enroscado sobre la frente mientras estaba ahí plantado, alzándose con toda su estatura sobre ella, y por un instante se preguntó si el avión ya habría despegado sin que se diera cuenta. Se sentía ligeramente inestable.
«No me extraña que la haya dejado».
Era como si ya estuvieran en el aire, como si la cabina hubiese perdido presión. Respirar le estaba costando lo suyo cuando un joven en un traje azul oscuro se presentó junto a ellos de pronto.
—¿Señorita Chase? ¿Señor Wyatt? Me llamo Peter y me encargaré de atenderlos en este vuelo. Si son tan amables, pueden tomar asiento, que ya vamos a despegar. Se avecina una tormenta, por lo que nos gustaría aterrizar antes de que empiece.
Ah, cierto. Que estaban en un avión. Juntos. En un viaje de lo más raro. Juntos.
—¿Es tuya?
Ethan se estiró para recoger la bolsa de tela que tenía a los pies.
Donde llevaba su portátil. Y su libreta favorita.
Y su libreta de repuesto. Y la otra que también usaba de repuesto.
Pero él cargó con la pesada bolsa como si nada, la metió en el compartimento para equipajes y se le subió la camiseta.
Otra vez. En aquella ocasión, Maggie le vio dos abdominales, porque parecía que el tío no podía dejar de presumir.
A pesar de todo, se negó a decir nada mientras se acomodaba en uno de los elegantes asientos de cuero y se abrochaba el cinturón. Porque no pasaba nada. Seguro que Ethan se iba a la parte trasera del avión y ni siquiera tendrían que intercambiar palabra hasta que...
Fssssss.
Al volverse, se lo encontró en el asiento al otro lado del pasillo, dándole a un botón para ajustar el asiento. El ruido del cuero contra el cuero produjo una especie de zumbido que invadió la cabina mientras iba bajando.
Fssssssssssssss. Y más abajo.
—Mira, creo que tenemos que... —Fssssssssss; el asiento de Ethan volvía a subir—... dejar ciertas cosas claras. Por alguna razón que desconozco, nos han escogido a los dos para esta...
—¿Misión? —propuso él.
—No.
—¿Encomienda? —Fssssssssss. Y para abajo de nuevo.
—No.
—¿Y travesía? ¡Uh! ¿Podemos llamarla travesía? —Fssssssssss.
—¡Que no! —Fssssssssssssss—. Nos han invitado a los dos a este viaje, y creo que deberíamos...
—Fssssssssss. Ethan estaba en posición horizontal, y el avión ya empezaba a moverse—.
¿Quieres estarte quieto? —El ruido cesó solo para volver a empezar a la vez que el asiento volvía a su posición anterior, subiendo despacio hacia una posición vertical según el avión empezaba a acelerar—.
Como te decía, nos han invitado a los dos a este...
—Insisto en que deberíamos llamarlo travesía. —Asintió, muy resuelto.
—Y yo insisto en que deberíamos, a ser posible, hacer a un lado nuestras diferencias y...
—¿Qué diferencias? —En aquella ocasión, su voz sonó distinta.
—... e intentar... llevarnos bien. —Maggie pronunció las palabras con dificultad al tiempo que el avión rugía al avanzar por la pista. Por un instante, mientras alzaban el vuelo, se sintió casi etérea.
—¿A qué te refieres con...?
—Deberíamos declarar una tregua —siguió ella—. Una détente .
—¿Una qué? —Ya sonaba algo cabreado.
—Significa un alto el fuego...
—Sé lo que significa. Lo que no sé es por qué necesitamos una nosotros.
No podía decirlo en serio, ¿verdad? Nah, seguro que no. Ethan nunca decía nada en serio.
Deborah le había preguntado una vez por qué lo detestaba tantísimo, y no le había costado nada contestarle: Ethan Wyatt no era un ser humano de carne y hueso, sino un personaje.
Una cuenta de redes sociales hecha persona.
Unas frases pregrabadas que solo derrochaban ingenio y encanto, construidas con esmero para lograr que la gente se enamorara de él antes de que se aburriera y continuara haciendo scroll .
Era una farsa. Una ilusión. Una patraña. Lo conocía desde hacía cinco años y nunca habían mantenido ni una sola conversación. Pero ni una. No hasta...
Un recuerdo la asaltó, sin invitación alguna, y Maggie se apresuró a echarlo a un lado mientras Ethan, al otro lado del pasillo, parpadeaba sin enterarse de nada.
—La verdad es que estoy un poco confundido, Marcie querid...
—Es Maggie —aclaró a regañadientes.
—¿Por qué te comportas como si fuésemos enemigos?
—¿Por qué te comportas como si fuésemos amigos?
—¿Qué...?