Crimen antes de Navidad Maggie
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Maggie

Maggie

Siete días antes de Navidad

Maggie estaba bien. Más que bien. Estaba absoluta y completamente...

Resignada. Sí, eso era más acertado. Hacía mucho que había aprendido que las primeras veces siempre cuestan más.

El primer cumpleaños. Las primeras fiestas, el primer año en sí.

Solo que el año estaba a punto de acabar y su primera Navidad se asomaba por el horizonte, por lo que bien podía aprovechar la oportunidad para experimentar su primera fiesta, hacer de tripas corazón y quitárselo de encima.

Porque Maggie no estaba bien, pero lo iba a estar. En cuanto le dejara de gruñir el estómago y de doler la cabeza y aquella última primera vez llegara a su fin.

De modo que se sirvió un puñado de cubitos de queso en una servilleta y una copa de agua con gas que seguro que iba a hacer que terminara eructando. Se las arregló para mantener dos conversaciones de tres minutos con dos Jens distintas antes de que Ethan Wyatt empezara a bailar la conga.

—¡¿Qué te cuentas, Marcie?! —exclamó mientras pasaba bailando por su lado; y Maggie empezó a hacer números para sus adentros, sus cálculos para fiestas.

Si se escondía durante treinta minutos y luego saludaba a otras tres personas de camino al ascensor, igual nadie se daba cuenta si pasaba el resto de la fiesta escondida en una sala vacía, leyendo el libro que llevaba en el bolso y comiéndose los quesitos que había metido en una servilleta.

Era un plan estupendo, la verdad. Lástima que no se le hubiese ocurrido desde el principio.

Solo que, al escabullirse por un pasillo en penumbra en busca de una puerta abierta, se percató de que sus pasos se ralentizaban.

Tenía que pararse. Y mirar. Porque, aunque oficialmente estaba frente al Muro de la Fama, Deborah siempre le decía que los empleados de Killhaven los llamaban Los Eleanor.

Refugiadas detrás de madera pulida y cristal a prueba de fuego (o eso decían por ahí) se encontraban noventa y nueve novelas escritas por Eleanor Ashley.

Todas primeras ediciones, a diferencia de los ejemplares viejos, desgastados y con las esquinas dobladas que hacía mucho tiempo el padre de Maggie había dicho que eran sus únicos amigos.

Una broma que bien podría haber sido graciosa de no ser porque también era la realidad.

Por un instante, lo único que Maggie pudo sentir fue admiración, seguida de la más pura vergüenza, porque Eleanor Ashley no se escondería en una fiesta.

Ya que estamos, a Eleanor no la habría engañado nadie para conseguir que fuera. Eleanor habría...

—¡Eh, Ethan!

Solo un hombre que decide ponerse una camiseta con estampado de esmoquin podía ser capaz de gritar «¡eh!

» en un entorno profesional. A Maggie apenas le dio tiempo a salir disparada hacia una sala y esconderse detrás de la puerta entornada antes de que oyera los pasos de dos personas distintas dando la vuelta hacia el pasillo en el que estaba.

—Hola, Lance. ¿Cómo va todo?

—Ah, pues ya sabes. —Lance soltó una risa ronca—. Me he vestido para la ocasión.

—Eso veo, bien por ti.

Si Killhaven fuese un instituto, Ethan sería el alumno estrella, as de los deportes y maestro del arte de romper corazones.

El tipo de chaval al que votarían como rey del baile en un instituto que ni siquiera era el suyo.

Mientras tanto, Lance y todos los demás Tíos de Chaqueta de Cuero no eran más que los capullos que iban detrás de Ethan como unos perritos falderos.

Su séquito de sinvergüenzas, como a ella le gustaba llamarlos.

Casi esperaba que Lance se ofreciera a sacarle brillo a la chaqueta de cuero de Ethan o a hacer los deberes por él. Quizá a deshacerse de algún cadáver.

—Eh, tío, ¿has visto a la Dama de Hielo?

—¿Cómo dices? —Parecía como si Ethan apenas lo estuviera escuchando, como si ni siquiera su séquito de sinvergüenzas mereciera su atención.

—La tía esa, Maggie. Ya sabes, la que se cree la reina del cozy mystery . —Lance soltó una carcajada y Maggie sintió que se erizaba entera—. ¡No me creo que haya venido!

—¿Por? —¿Era su imaginación o Ethan sonaba más cortante de lo normal? No estaba segura—. ¿Está mala o algo así?

—No, tronco, es que se divorció. Y el marido arrasó con todo lo que tenía. Fue todo un dramón, la dejó muy tocada. Ahora tiene aracnofobia y lleva sin salir de su casa desde...

—Dirás agorafobia...

—... hace la tira de tiempo.

El pasillo se quedó en silencio durante más segundos de la cuenta, y a Maggie le empezó a preocupar que fuesen a oír que el corazón intentaba salírsele del pecho.

—Oye... —La voz de Lance se tornó más lasciva; sonaba como si hubiesen inventado la penicilina solo para eliminarlo a él—, seguro que ya empieza a sentirse sola. Igual le hago una visita por Navidad y veo si quiere de mi turrón, ya me entiendes.

—No, Lance. ¿Tú te entiendes?

Algo en la voz de Ethan la llevó a pensar que la temperatura bajaba a un ritmo muy drástico. Como si fuese a ver el vaho de su aliento.

—¿Que le dé un buen repaso a su chimenea? ¿Que le muerda el muérdago?

—El muérdago es venenoso. —Ethan parecía cabreado en toda regla.

—A lo mejor le hace falta que la ponga mirando para el Polo Norte.

—Déjala en paz, Lance.

—Yo solo digo que ya empieza a hacer frío. Igual quiere compartir un poco de calor corporal.

—Acaba de dejar a su marido y no necesita que estés...

Lance soltó una carcajada brusca y escueta que interrumpió a Ethan.

—Es que esa es la mejor parte. Él la dejó a ella. ¿Qué pasa? ¿Por qué pones esa cara de sorpresa?

—No...

—¡Lance! —llamó alguien.

Se oyeron voces al final del pasillo, seguidas de unos cuantos pasos que se alejaban, y, durante un buen rato, lo único que pudo hacer Maggie fue quedarse allí, diciéndose que ya estaba, que ya se iban. Que ya no estaban.

Hasta que oyó una risa ronca y nada divertida. Un resoplido discreto. Y al dichoso Ethan Wyatt diciendo:

—No, si no me extraña que la haya dejado.

Maggie sintió que le pitaban las orejas.

Que la sangre, la gravedad y la ira la sacudían entera.

Fue como si hubiera alzado el vuelo, más y más rápido, y fuese a salir disparada hacia una especie de vacío infinito.

Un agujero negro empezó a devorarla mientras oía cómo los pasos y el barullo de la fiesta iban desapareciendo en el fondo y solo quedaban las palabras que había escuchado.

«No me extraña que la haya dejado».

No había suficiente espumillón en el mundo ni tijeras lo bastante afiladas ni guirnalda lo bastante resistente. Así que tendría que matarlo con sus propias manos. Con los dientes. Con...

Cuando Maggie volvió al pasillo vacío, se congeló en su sitio. Porque lo que vio en el cristal la dejó sin palabras.

No eran Los Eleanor. En su lugar, había una mujer con el mismo pelo de Maggie, su misma cara, pero no era nada más que un cascarón, pálida y frágil. Era como ver el fantasma de una chiquilla que había muerto congelada hacía doce Navidades. Alguien que se moría de miedo.

Maggie no quería ser aquella chiquilla. La había pisoteado y se había asegurado de que no volviera a salir.

Había pasado años rompiéndose el lomo para llegar hasta ese rascacielos de Nueva York.

Había escrito y había sangrado y lo había hecho todo ella sola, por mucho que Colin le hubiera dicho lo contrario a sus abogados.

«No me extraña que la haya dejado».

No. Ni siquiera el magnífico Ethan Wyatt sabía lo que había pasado en realidad, y Maggie estaba tentada a gritarlo a los cuatro vientos desde el tejado y hacer que se comiera sus palabras.

Quería ser más fuerte y que las cosas le resbalaran y más como...

Eleanor. Maggie quería ser Eleanor, pero podía conformarse con ser la chica que llevaba el jersey de reno.

Y fue esa idea lo que la instó a recorrer el pasillo hecha una furia, abrirse paso de nuevo entre el gentío y plantarse frente a Deborah para decirle:

—¿Cuándo sale mi vuelo?

Tres días después, Maggie iba en el asiento trasero de un coche, observando la silueta de los edificios de Manhattan desfilando al otro lado de los cristales tintados. Ya casi habían llegado al aeropuerto cuando se percató de que el coche aminoraba la marcha y doblaba antes de tiempo.

—Ay, no. —Se inclinó hacia delante para hablar con el conductor—. Tengo que ir por la entrada principal, mi vuelo... —Cuando se giró en su asiento para buscar su itinerario, lo que vio por la ventana la dejó de piedra. Y mirando. Porque había un jet privado en la pista.

—Es aquí, señorita. —Oyó que decía el conductor—. Ha llegado a su destino.

«Igual sí», pensó a la vez que salía del coche con dificultad.

Y al subir las escaleras.

Y una vez más en la cabina, rodeada de una madera reluciente y elegante y un cuero suave, mientras se preguntaba si existía la fragancia Avión Privado Nuevo, porque, de ser así, estaba segura de que aquel lo tenía.

Le parecía más que el inicio de un viaje. Era más bien el inicio de un nuevo capítulo. Y, por primera vez en cosa de un año, Maggie sintió que el atisbo de una sonrisa le llegaba al rostro. Y la esperanza. Y la fascinación por...

El ruido de alguien tirando de la cadena. La puerta del baño al abrirse. Y una voz grave exclamando:

—¡Marcie!

Maggie giró sobre los talones, pero la puerta del avión ya se había alzado y estaba prácticamente cerrada. Era demasiado tarde para dar marcha atrás.