Crimen antes de Navidad Maggie
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Maggie

Maggie

Se trataba de una escena que, llegados a ese punto, todos conocían bien.

La misma biblioteca. El mismo fuego crepitante y la nieve que caía.

El mismo reparto de personajes, con el desafortunado marido y la agotada mujer, la pareja elitista y el médico desganado.

La jovencita demasiado entusiasta y el abogado que aún seguía en pañales y quería saber de dónde había sacado aquel bocadillo.

Solo que nada era lo mismo. Ya no. Maggie e Ethan se habían pasado el día entero investigando y haciendo preguntas por aquí y por allá hasta descubrir lo mucho que había cambiado todo.

Así que le daba más bien igual que Dobson se hubiese plantado frente a la chimenea, hecho una furia y con la cara rojísima.

—¿Dónde se habían metido ustedes dos? —ladró, con toda la pinta de un perro rabioso—. ¡Les dije que no se metieran donde no los llaman! Pero les ha dado por desaparecer toda la tarde y ahora me entero de que han estado haciendo preguntas...

—¿Eso que ha salido volando de su boca es saliva? —le preguntó Ethan en voz baja, aunque Maggie estaba convencida de que la sala entera lo había oído. Y estaba más segura aún de que así lo había querido él.

—Si no estuviéramos aquí encerrados, ya los habría detenido a los dos por obstruir una investigación oficial. —Dobson había decidido pasar por alto el comentario sobre la saliva, era obvio—. Por contaminar las pruebas. Por...

—Inspector, ¿sabía usted que alguien encerró a Eleanor en el invernadero y le prendió fuego con ella dentro?

—Maggie no reconocía su propia voz. No sonrió ni suavizó sus palabras ni puso en práctica las miles de técnicas que había aprendido para lograr que un hombre no se sintiera amenazado.

No. Se limitó a quedarse allí plantada, sintiendo el calorcito que emanaba la chimenea e intentando no pensar en una sala llena de fuego y humo venenoso—.

Dígame, ¿lo sabía? —insistió, aquella vez más alto, y Dobson no pudo evitar estremecerse.

Por la culpabilidad. Porque sí que lo sabía.

Maggie lo supo incluso antes de que abriera la boca.

—Pues claro que Eleanor me contó lo del incendio, pero, como le dije a ella, esa puerta no se bloqueó de forma intencional (y si así fue, menuda chapuza), de lo contrario no habría conseguido escapar, ¿verdad?

—En ese caso, tiene que haber examinado el lugar, ¿verdad? —preguntó Ethan, con su tono más falso que pretendía decir «a mí ni caso, yo solo pasaba por aquí»—. ¿Ha llevado a cabo una investigación como Dios manda?

—¡Claro que no! —Dobson parecía dispuesto a dejar que la saliva volviera a volar por doquier—. No fue más que un incendio pequeño en una sala con un sistema de aspersores. No hubo ninguna víctima, salvo por unas cuantas flores.

A Dobson no se le ocurrió mencionar las plantas venenosas, los químicos inflamables ni el saco de fertilizante. Incluso en el mejor de los casos, no hacía falta ser un genio para saber que los invernaderos y el fuego no debían mezclarse.

—¿Y las escaleras? —quiso saber Maggie.

Desde el otro extremo de la sala, Rupert soltó un resoplido.

Era un sonido que Maggie conocía a la perfección.

Había nacido sin dinero ni mansiones. Había llegado al mundo sin absolutamente nada a su nombre.

Pero ella solita se había ganado muchas cosas, y eso le concedía algo que los Ruperts de la vida no tenían. La misma razón por la que la temían.

—Mi tía se resbaló y se cayó porque es una anciana que va por la vida sin prestar atención —declaró Rupert.

—¿Tan vieja y descuidada que no se daría cuenta si parte de su dinero desapareciera? ¿Es eso lo que quieres decir? —inquirió Maggie.

—¿Rupert? —Kitty se volvió hacia su marido—. ¿A qué se refiere?

—Estoy hasta las narices de ustedes dos —espetó Dobson—. No sé a qué están jugando, pero...

—Ah, es que esto no es un juego. —Ethan se apoyó contra la repisa de la chimenea con una frescura, desenfado y competencia que casi no parecía real...

, solo que sí lo era. Maggie casi no podía creerlo, pero Ethan era más que la suma de sus partes.

Y resultaba que también superaba con creces a la suma de todos los demás, y ellos lo sabían—.

No estamos jugando a nada, inspector. Nos están usando para practicar tiro al blanco.

Sir Jasper ya ha sido envenenado y Eleanor sigue desaparecida, por mucho que a nadie parezca importarle en absoluto.

—A ver, muchachito... —empezó el duque, a lo que Ethan se volvió para mirarlo desde arriba con una sonrisita.

—¿Cómo va la búsqueda del testamento, su majestad? ¿Ya han averiguado si Eleanor los ha eliminado para incluirla a ella? —Ethan señaló a Cece, quien se removió en su asiento, intentando contener la sonrisa.

—No tengo ni la menor idea de lo que estáis hablando. —Su papel de chiquilla inocente era cada vez menos creíble.

—Haz el favor de cerrar el pico, Cecilia —rechistó la duquesa—. Todos sabemos que estás intentando sacar tajada de todo esto.

—La tía El me pidió que viniera a ayudarla... —Rupert y su hermana se quejaron en voz alta, pero Cece siguió hablando—. Lo que nos une es un vínculo especial que...

—¡Si ni siquiera sabía de tu existencia hasta hace seis meses! —gritó Rupert.

Eso sí que era una sorpresa, y Maggie no pudo evitar mirar a Ethan, quien dio un paso para acercarse a Cece.

—¿A qué se refiere? —le preguntó.

Cece bajó la vista hacia sus manos y respondió algo cortada:

—Mi padre era el hermano menor de la tía Eleanor y, bueno, se podría decir que era un poco rebelde. Y pues... Es que... Supongo que podríamos decir que...

—La dejó tirada —terminó Victoria por ella, como si Cece fuese idiota y no pudiese terminar la frase por sí misma.

—Se mudó a Estados Unidos y vivió allí mucho tiempo hasta que al final conoció a mi madre y nací yo y...

—En aquella ocasión, Cece pareció algo culpable al dejar de hablar.

Como si le diera vergüenza continuar. Era la expresión de quien no sabe qué pensar o cómo encaja en determinada historia, pero que no tiene mayor alternativa.

Maggie sabía lo que era eso—. Y entonces nos dejó tiradas a nosotras también, supongo.

Yo no lo recuerdo, pero mi madre me dijo que era británico, así que me puse a investigar y dimos con Eleanor.

Le mandé una carta y aquí estoy. —Soltó un suspiro, como si la historia hubiese sido una carga tremenda sobre sus hombros y por fin pudiese respirar.

—Y todo eso es cierto —aportó el abogado—. Nuestro bufete hizo pruebas de ADN y comprobó el alegato de la señorita Honeychurch.

Por su parte, Rupert se asemejaba muchísimo a su hija bebé en aquellos momentos; tenía la cara tan roja que casi parecía amoratada y por poco se le saltaban las lágrimas.

—Que conste en acta, inspector, que si todo lo que dicen es cierto y alguien ha estado intentando matar a mi tía durante meses, solo puede tratarse de una persona. ¡Y aquí la tiene! —Rupert señaló a Cece, quien se llevó una mano al pecho.

—Si la tía El ha decidido incluirme en su testamento...

—A ver si dejas de llamarla por ese nombre tan vulgar —rezongó Rupert, a lo que Cece ahogó un grito y poco importó que la tormenta se hubiera desatado de nuevo; los rugidos de la nieve no eran nada comparados con todas las palabrotas que llenaron el ambiente.

Las acusaciones se disparaban de un lado a otro.

Sin embargo, Ethan se mantuvo sospechosamente tranquilo mientras seguía apoyado cerca de la chimenea. Maggie imaginó que se volvería para mirarla, pero tenía la vista clavada en Dobson. Y había dejado de sonreír.

—Si no es molestia, inspector, ¿podría recordarme cómo es que Maggie y yo somos los únicos aquí que tienen un motivo? —Era la voz baja y firme de un hombre que era demasiado peligroso como para ponerse a gritar, pero Dobson no pensaba rendirse sin luchar.

—Sé que alguien ha entrado en su despacho. Y sé que han sido ustedes dos.

—Pero, inspector... —Maggie lo miró con sus ojos grandes e inocentes. Casi hasta sonaba como Cece—. Todos hemos estado en su despacho. Fue ahí donde encontramos a sir Jasper, ¿recuerda?

—No sé a qué están jugando ustedes dos, pero...

—¡Que esto no es ningún juego!

Maggie nunca gritaba. La habían condicionado y entrenado hasta lograr que se le grabara en lo más hondo de su ser que jamás debía alzar la voz, porque a las jovencitas que alzaban la voz no se las invitaba de nuevo a ninguna parte.

El problema era que las palabras eran una avalancha que había empezado en el laberinto.

Llevaban persiguiéndola dos días, y Maggie estaba demasiado cansada como para seguir corriendo.

La sala entera se quedó en silencio y todas las miradas se volvieron hacia ella, pero le dio igual. Que oyeran cómo se le quebraba la voz. Que decidieran, en aquel momento y en aquel lugar, que nadie la invitaría a celebrar la Semana Santa. Maggie estaba hasta las narices de todo.

Salvo de Eleanor.

Y de Ethan.

—Esto no es ningún juego, inspector. Nos subimos a un avión sin tener ni la menor idea de adónde íbamos o con qué nos íbamos a encontrar al llegar.

Salimos de nuestro país porque una desconocida nos lo pidió.

No lo hicimos por su dinero. No pretendíamos ser sus sucesores ni tampoco sus salvadores.

No esperábamos nada de su parte. Lo único que queríamos era... celebrar la Navidad.

Le escocía la garganta y le fallaba la voz. Y fue entonces cuando comprendió que todo eso era cierto.

—Lo único que queríamos era celebrar la Navidad y, en lugar de eso, nos encontramos con todos vosotros.

Sois la familia de Eleanor Ashley; ¡su familia, por el amor de Dios!

Y a ninguno de vosotros le importa que haya desaparecido.

A ninguno le preocupa que pueda haber muerto.

Alguien lleva intentando matarla desde hace semanas.

Han intentado matarla y ella os lo ha dicho más de una vez y...

—Maggie se volvió para enfrentarse a todos los que se habían quedado mirándola—. Y nadie la creyó.

Fue como si la última pieza del puzle encajara en su lugar, como si los engranajes de un mecanismo volvieran a su sitio, porque en aquel momento, Maggie lo entendió.

Por primera vez lo comprendía todo. Nadie la había creído, pero Eleanor no había dejado de creer en sí misma, y eso la hizo sonreír.

Y suspirar. Se sentía más valiente por haber descubierto que...

—No, eso no es del todo cierto. Uno de vosotros sí que la creyó. Porque uno de vosotros es quien ha estado intentando matarla.

Y entonces se quedaron a oscuras.