Crimen antes de Navidad Maggie
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Maggie

Maggie

Para cuando consiguieron volver por el pasadizo y salir de nuevo a la mansión, Maggie ya notaba los dedos de nuevo, aunque eso no quería decir que estuviera menos entumecida.

—Pero, bueno, ¡¿y vosotros qué?! —exclamó Cece al verlos pasar frente a la biblioteca en dirección a las escaleras.

Maggie no sabía si se refería al rato que habían pasado perdidos o a que estuvieran cubiertos de polvo y con el pelo lleno de telarañas. Le daba igual, la verdad.

—¿Cuándo se quemó el invernadero? —preguntó de sopetón, y Cece retrocedió un paso porque, todo fuera dicho, Maggie sí que tenía pinta de fantasma.

O de asesina en serie. O del fantasma de una asesina en serie.

Quizá de todo eso junto. Qué más daba. Lo único que importaba era...

—. ¡Cece! Que cuándo fue lo del incendio del invernadero.

—No sé —exclamó Cece, como diciendo «¿cómo pretendes que lleve la cuenta de estas cosas?»—. ¿Hace unas tres semanas? ¿Un mes? Algo así. No fue para tanto. Acabábamos de instalar unos aspersores, así que eso lo apagó. ¿Por qué?

Maggie notó que Ethan se removía. Que daba media vuelta. Y supo el momento exacto en que vio las escaleras, con sus tablones de colores dispares, viejos y nuevos, claros y oscuros.

—¿Y eso? —Ya no quedaba rastro alguno del Ethan ligón—. ¿Qué pasó en las escaleras?

—Eleanor se cayó. —Cece paseó la mirada en derredor, confundida.

—Pero ¿por qué que se cayó? —exigió saber Maggie, y Cece se volvió hacia ella. No parecía gustarle que la atacaran desde dos frentes.

—Ya... Ya os lo había contado. La moqueta estaba algo suelta. —Parecía acalorada, nerviosa y titubeante—. Eso y... Y los tablones son muy viejos. Entre los tablones viejos y la barandilla que se soltó, pues... se cayó.

De pronto, el mundo entero le pareció inestable, como la cubierta de un barco en medio de un mar tormentoso, y ya no solo le preocupaba que pudiera perder el equilibrio.

Se moría de miedo de caerse por la borda y, en ese momento, ya no fue solo una mirada lo que compartió con Ethan.

Notaba el vínculo que los unía. Y él le devolvió la mirada como si no fuese a permitir que le pasara nada, como si el mar tuviese que enfrentarse a él primero si pretendía ponerle un dedo encima.

Cece alzó los brazos en señal de frustración.

—¿Por qué me preguntáis todo esto?

Había todo un repertorio de posibles respuestas. Porque no todo es lo que parece. Porque, a veces, las cosas que pasan no son accidentes sin más. Porque Eleanor era una mujer rica y poderosa, pero también frágil, y no contaba con la compañía de nadie. Porque...

Ethan negó con la cabeza muy despacio, apenas una vez, y Maggie parpadeó y contestó:

—Por nada.

—¿Por qué crees que la gente termina en la cocina cuando todo se va a la mierda?

—preguntó Maggie al sentarse a la enorme isla y apoyar los brazos sobre el mármol frío de la encimera—.

Uno diría que, cuando la mierda es un destino inevitable, habría que intentar mantenerla lo más lejos posible de la cocina, pero no...

Si ocurre un suceso traumático, hala, a discutirlo en la cocina se ha dicho.

Solo le hizo falta echar un vistazo en derredor para recordar por qué. La sala era amplia, estaba bien iluminada y olía a limones y a pan recién horneado. Y también al paraíso. Claro que sí. Así era justo como Maggie se había imaginado que debía de oler el paraíso.

Pero mientras se removía sobre el taburete, notó que Ethan le apoyaba una mano en la parte baja de la espalda, un peso sólido y constante que hizo que quisiera echarse hacia atrás, contra él.

No se imaginó que podría echar de menos el pasadizo angosto y oscuro ni tampoco el túnel, más oscuro y más angosto si cabía, pero allí estaba, preparándose para enfrentarse al resplandor de un mundo que de pronto le parecía excesivamente brillante.

—¿Qué pasa? —quiso saber él.

—¿Aparte de que, como ha quedado bien claro... —echó un vistacito a su alrededor y bajó aún más la voz—, alguien lleva semanas intentando matar a Eleanor? —Quería apoyar la cabeza sobre los brazos e irse a dormir, pero no parecía la mejor opción con la de casi asesinatos que había por doquier.

—Estás entornando los ojos.

—No es nada, me duele un poco la cabeza.

—Maggie sabía con total certeza que sus dolores de cabeza no eran nada porque Colin se había pasado casi diez años repitiéndoselo—.

Podría ser una migraña o algo tensional o...

Anda, ahora que lo pienso... Creo que no he comido nada en todo...

—Dejó la frase a medias al ver que un bocadillo se deslizaba frente a ella—.

Y tampoco me he tomado mi dosis de... —Un café se sumó al bocadillo—.

Cafeína. Gracias. Voy a por... —Dos sobrecitos de azúcar y la leche aparecieron en escena, y por un instante, Maggie se quedó allí sentada, mirándolo todo.

—¿Cómo lo has...? —empezó, pero él ya se había girado y estaba rebuscando algo en la nevera gigantesca—. ¿Ethan?

Esperó a que llegara la bromita de turno o alguna de sus frases coquetas. Qué no habría dado porque le guiñara el ojo. Pero Ethan ni siquiera la miraba. Estaba sumamente concentrado en la nevera como si la mismísima Eleanor pudiera estar escondida en el cajón de los quesos.

—Ethan, ¿cómo...?

—Porque presto atención.

La cerró tras sacar una manzana, le dio un breve y crujiente bocado y Maggie se sintió muy tonta.

«Pues claro que presta atención», se dijo a sí misma.

Prestar atención era lo que mejor sabía hacer.

Los del Servicio Secreto seguro que tenían clases sobre el tema, con exámenes y todo.

Fijo que podía cerrar los ojos y ponerse a enumerar cincuenta cosas que hubiese en la cocina en aquel momento, pero la situación le pareció distinta de algún modo, en medio del silencio y la tranquilidad, después de lo de los últimos días.

Él le parecía distinto. Como si, durante todo ese tiempo, a quien le hubiera estado prestando atención fuese a ella.

Maggie rodeó la taza con las manos para inhalar el aroma cálido y dulzón del café, pero algo fallaba. El sabor tampoco era correcto. Nada volvería a estar bien porque...

—Alguien ha intentado matar a Eleanor tres veces ya, ¿verdad? Si mis cálculos son correctos.

Ethan los enumeró con los dedos.

—Incendio en el invernadero, escaleras dañadas aposta, bandeja de té con veneno. Vale, creo que esos son... No. Cuatro. Se me olvidaban los disparos.

—Pues claro. —Maggie asintió despacio, como diciendo «hay que ver qué tonta soy»—. Cómo podría olvidar los disparos.

—Menudo desperdicio, si no.

Ethan echó mano de una de las mitades de su bocadillo, le pegó un bocado, y Maggie ni siquiera se molestó en darle una palmadita para reñirlo.

Le apretaba el brazo con el suyo al apoyarse sobre la encimera, con un peso cálido y seguro, un recordatorio de que no estaba sola.

Lo más probable era que aquella fuese la situación más peligrosa que había pasado en la vida, pero Maggie no tenía miedo, y ni siquiera se permitió pensar que, de no ser por el hombre que tenía al lado, el pánico habría podido con ella.

Lo único que pudo hacer fue esconder una sonrisa en su café y decirle:

—Sabes cómo me gusta el café.

Aunque no podía asegurar nada más, eso tenía que significar algo.

Ethan asintió sin prisa y soltó un suspiro por lo bajo.

—Sé cómo te gusta el café.

—¿Desde cuándo?

—Hemos compartido montones de presentaciones, ¿recuerdas? Te he visto beber café.

—¿En cuál? —insistió.

Un suspiro silencioso. Una maldición en voz baja. Y entonces...

—En Tucson.

Maggie no supo decir quién se movió primero.

Fue como la Tierra al rotar, algo que uno nunca sentía, pero que siempre estaba allí.

Y entonces él le había acunado el rostro con las manos y ella le había enredado las suyas en el pelo, y Maggie bien podría haber salido volando de aquel taburete, del planeta en sí, de no ser porque Ethan se colocó entre sus piernas y tiró de ella hasta apretarla contra su cuerpo.

—Maggie.

Su nombre fue un susurro. Lo tenía justo ahí, tan cerca que... Que...

—¡Me importa una mierda dónde estén! —Oyeron gritos en el vestíbulo, palabrotas que iban de un lado a otro como la nieve en el exterior—. ¡Todo el mundo a la biblioteca! ¡Pero ya! —rugió Dobson.

Ethan apoyó la frente sobre la suya y cerró los ojos mientras la puerta de la cocina se abría de par en par y James se aclaraba la garganta.

—Disculpen la interrupción, pero el inspector Dobson tiene algo que decir.