Crimen antes de Navidad Ethan
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Ethan

Ethan

Insistió en ser el primero en subir por la trampilla. Como era de esperar, Maggie no estaba de acuerdo.

—¿Es porque eres hombre?

—No.

—Es discriminación de género, ¿a que sí? Y el patriarcado. Y...

—Es porque soy más alto, llevo la linterna y, más que nada, porque el primero en cruzar la trampilla chunga siempre debería ser quien sepa siete modos distintos de matar a alguien con una estilográfica.

—Jopé. —Era la primera vez que la veía derrotada—. Yo solo conozco tres.

—¡Ja! ¿Lo ves? Me toca ir primero. Sujétame esto.

—¿Acaso tienes una estilográfica?

Pero Ethan ya le había pasado el móvil, y Maggie lo usó para iluminar la parte de arriba de la escalera.

La puerta de la trampilla era de metal sólido y estaba fría al tacto.

Al principio apenas pudo abrirla, solo cedía un poco y algo parecía arrastrarse por encima.

Podía notar el peso a medida que cambiaba y se movía ligeramente.

Pero fuera lo que fuese que había allí encima era pesado y el ángulo le impedía hacer fuerza de verdad.

—Yo ya habría entrado —dijo Maggie desde abajo.

—Hay algo bloqueando la puerta —contestó él antes de empujar con más fuerza hasta que, de pronto, la puerta se abrió de sopetón y aterrizó con un estruendo sobre el suelo.

Los dos se quedaron quietos, sin saber quién podría acercarse al oír el escándalo.

Tras unos largos segundos sin que pasara nada, Ethan se asomó para echar un vistazo.

Aunque se había hecho de noche, la luz de la luna se filtraba por el cristal cubierto de nieve y, al haber pasado tanto rato bajo tierra, incluso eso pareció deslumbrarlo.

También hacía más frío allí arriba, por lo que no pudo evitar el escalofrío que lo recorrió mientras terminaba de salir del túnel y se quedaba agachado sobre un suelo lleno de polvo, prestándole atención al ruido del viento y el golpeteo incesante de su corazón hasta asegurarse de que no había nadie más.

Había una mesa rota y volcada, palas, macetas rotas y un saco de tierra para jardinería, que era lo que debía de haberse caído sobre la trampilla cuando la mesa se había desplomado, hasta bloquear la entrada.

—Hay quienes seguimos aquí, ¿sabes? —La voz impaciente de Maggie resonó desde abajo—. Pues nada, ya subo yo solita.

La oyó mientras subía la escalera y, unos segundos después, asomó la cabeza por la trampilla, con los ojos muy abiertos y casi vibrando de la emoción.

Así debía de haber sido de pequeña, rebosante de energía por el subidón de azúcar de las galletas y la adrenalina de las novelas de Eleanor Ashley, llenando un cuaderno tras otro y espiando a los vecinos.

Le entraron ganas de volver en el tiempo y hacerse su mejor amigo.

—¡Estamos en el invernadero!

Parecía ilusionadísima según la ayudaba a salir de la trampilla. El aliento les salía en nubes de vaho, y la nieve se colaba por los agujeros que tenía el cristal.

—Pues este deja mucho que desear —dijo Ethan, mientras Maggie apuntaba con la linterna a filas y filas de plantas ennegrecidas y marchitas, cubiertas por una fina capa de nieve, como los árboles cuando ha pasado demasiado tiempo desde Navidad—.

Igual soy yo que no tengo ni idea de jardinería, pero ¿no se supone que los invernaderos tienen que estar... menos congelados?

Tiritando, Ethan se metió las manos en los bolsillos y Maggie fue iluminando con la linterna unos paneles de cristal rotos que, por alguna razón, estaban más oscuros que los demás.

—¿Y eso?

Ethan pasó un dedo por el cristal y se le quedó negro y áspero al tacto.

—Es hollín.

Se volvió hacia Maggie, y los dos dijeron al unísono:

—Un incendio.

Por mucho que estuvieran a oscuras y muertos de frío, algo dentro de Ethan se puso en alerta de pronto.

Había un saco de fertilizante a unos tres metros de donde las llamas habían dejado una mancha en el suelo, frente a una estantería llena de productos químicos.

Podía ver cómo el fuego había salido disparado por las paredes de cristal hasta hacerlas explotar por el calor.

—Maggie... —empezó, pero ella ya se había acercado a las mesas para examinar las plantas ennegrecidas y estaba quitando la nieve de las placas de los nombres al pasar frente a ellas.

—Beleño negro. Dedalera. Cata. Adelfa. —Una de ellas estaba dentro de una jaula—.

Tártago. —Otra tenía un lazo rojo atado a la base, como si fuese el peor regalo del planeta—.

Belladona. —Se volvió hacia él—. Ethan...

—Nunca había oído su voz de ese modo; trémula, llena de incertidumbre y de miedo—.

Todas estas son plantas venenosas. Es un jardín de venenos.

Ethan apenas se las arregló para contener la risa, pero una sonrisa se le escapó.

—Eleanor tenía que ser...

Solo que Maggie no sonreía, no parecía nada contenta. En su lugar, negó con la cabeza.

—¿Sabes...? —preguntó, pero le falló la voz y tuvo que tragar con dificultad—. ¿Sabes lo que pasa cuando se queman plantas venenosas?

Le tembló la mano y la luz parpadeó. Solo entonces entendió que...

—El humo que emanan es tóxico.

Como solo había una puerta, Ethan salió corriendo hacia ella y empujó. Consiguió moverla un poco, apenas unos centímetros.

—Está atascada.

Retrocedió un paso, bajó el hombro y arremetió contra la puerta con todo el impulso que fue capaz de aunar. Ni siquiera así pudo abrirla y lo único que sacó con su maniobra fue un dolor intenso en su hombro malo. Volvió a echarse atrás para intentar abrirla a patadas. Nada.

Maggie se había colocado detrás de él.

—A lo mejor lo cerraron después del incendio... Quizá... —Se apretujó contra el cristal, apuntando con la linterna para intentar ver lo que había fuera.

—Maggie...

—Tiene que haber una cerradura o un pestillo o...

—Maggie.

Dejó lo que estaba haciendo y se volvió hacia él, pero Ethan estaba señalando algo al otro lado del cristal, la palanca que había atascada entre el pomo de la puerta y el suelo.

—Igual Eleanor o James lo pusieron allí después del incendio.

A lo mejor no querían que nadie entrara, porque es peligroso.

Quizá... —Dejó la frase a medias mientras alzaba la vista hacia él, casi suplicante.

Era como si, por primera vez en la vida, quisiera que un hombre le dijera que estaba siendo paranoica.

Que se equivocaba. Que se le había ido la olla.

Pero no era cierto. Nunca lo había sido.

—O quizá alguien provocó un incendio y bloqueó la puerta. Y, de no ser por ese pasadizo secreto, ¿Eleanor Ashley ya tendría que estar muerta?