Maggie
Maggie
Hace once meses
—¿Cómo estás, guapa? —Tenía que haberla llamado para darle una mala noticia, porque Deborah estaba siendo maja. Y ella nunca era maja—. ¿Te lo estás tomando con calma?
Eran las tres de la tarde, y Maggie bajó la vista hacia su pijama más suavecito y viejo, temiendo que Deborah pudiese verla por el teléfono y supiese que no recordaba cuándo se había lavado el pelo por última vez.
—¡Estoy estupenda! —mintió—. Estupendamente.
Todo lo estupenda que se puede estar. Si me llamas por el nuevo avance, casi lo tengo.
No me falta casi nada. Lo tendré listo para cuando nos volvamos a ver.
—Maggie soltó una risa, pero el sonido se tornó amargo al salir de sus labios—.
Pero no pienso subirme al tren hasta que lo acabe, y no se hable más.
El silencio más atronador en el mundo es aquel que sigue a una pausa cuando algo resulta no ser nada gracioso y, de inmediato, Maggie quiso retractarse, que la tragara la tierra... y también darse esa ducha que había estado posponiendo durante los dos últimos días.
—No te llamo por eso. Aunque... —Deborah respiró hondo, casi como si lo lamentara— en parte sí que te llamo por eso. ¿Recuerdas que te dije que el Club de Lectura de Betty había dejado las cosas entre tú y el otro autor...? —Dejó la frase sin acabar, y, al instante, Maggie lo comprendió todo.
—No.
—Seguramente sea mejor así. No necesitas ese tipo de presión ahora mismo .
—Presión es quedarte huérfana de adolescente, Deborah.
Presión es que todas tus pertenencias te quepan en seis cajas de cartón y no tener un domicilio propio.
Presión es darte cuenta de que el mundo es una cuerda floja y eres la única sin una red de seguridad.
¡Esto no se puede considerar presión! —exclamó la mujer que acababa de encontrar una palomita en su sujetador cuando hacía tres días que se había acabado dichas palomitas.
Solo que Deborah no la había llamado para discutir.
—Ya está, Maggie. Ya lo han decidido. El Club de Lectura de Betty ha escogido al otro autor de Killhaven y...
—¿A quién? —exigió saber.
—Luché por ti, en serio. Pero ya tendrás otros libros, otras oportunidades.
—¿A quién?
—Ya tienes bastante con todo lo que estás pasando. Entre los abogados y la entrega y... ¿Acaso se ha mudado ya?
—Me he mudado yo.
—Ay, Maggie...
—Nunca quise vivir en esa casa. —Lo que era cierto.
—Pero fuiste tú quien pagó por ella.
Eso también era cierto, pero Maggie no iba a dejar que le cambiara de tema.
—¿A qué autor han escogido, Deborah?
—¿Ya has pasado un día entero sin llorar? —Deborah sonaba severa y cansada, como una madre, y Maggie quiso echarse a llorar de nuevo, pero por razones totalmente distintas.
—Porque soy mujer y todo el mundo sabe que las mujeres somos demasiado sensibles e histéricas y...
—Porque hace menos de un mes que perdiste a tu marido y a tu mejor amiga y no tiene nada de malo llorar por eso. Tienes que permitirte llorar su pérdida.
El problema era que Maggie no quería llorar. Lo que quería era ganar.
—¿A quién? —ladró—. ¿A quién han escogido?
—Da lo mismo.
—¿Qué libro, Deborah?
El silencio fue un mar, oscuro, inmenso y lo bastante profundo como para hacer que se ahogase.
— Caballero de guante blanco . De Ethan Wyatt.