Crimen antes de Navidad Maggie
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Maggie

Maggie

Maggie debería haber estado congelándose, pero no era así.

Los setos eran gruesos y muy altos bajo su capa de nieve y hielo y bloqueaban el viento y el mundo de fuera.

Desde la ventana, el laberinto le había parecido como la propia Eleanor: complejo, lleno de escondrijos y demasiado bueno para ser cierto.

Pero a medida que iba adentrándose por sus pasillos angostos, cada vez le parecía más un reflejo de su propia vida.

No sabía a dónde iba ni cómo iba a llegar hasta allí, solo que estaba sola y que no tenía ni la más mínima intención de rendirse.

Fue así como apretó la ramita de muérdago entre los dedos y siguió avanzando, valiéndose de sus propias huellas como referencia para saber qué caminos ya había tomado.

Cada vez que llegaba a un callejón sin salida, lo marcaba como un camino por el que no tenía que volver y continuaba con su búsqueda.

Porque los callejones sin salida no eran tiempo perdido.

No si aprendía de ellos. Llevaba la vida entera volviendo sobre sus pasos para cambiar de dirección.

Podía con ello. Iba a conseguirlo. Lo único que tenía que hacer era encontrar...

La nieve crujió a sus espaldas. Unas huellas desconocidas yacían más adelante. Y el viento le llevó una voz grave que decía:

—Anda, qué lugar más curioso para buscar a Eleanor.

Maggie maldijo entre dientes antes de volverse despacio, mirar a Ethan y ofrecerle su expresión más inocente, con los ojazos bien abiertos.

—Es que, como bien has dicho, me sentaría muy mal que hubiese salido de casa y hubiese terminado perdida en este laberinto. Una mujer de casi noventa años que...

—De ochenta y uno.

—Bueno, es mejor asegurarnos. —Maggie pasó por su lado.

—¡¿Y tanta prisa tenías que has salido sin abrigo?! —exclamó él mientras ella llegaba a otro callejón sin salida.

—¡Cierto! —Se volvió para mirarlo—. Volvamos y...

Ethan la esquivó y le bloqueó el camino.

—Voy a preguntártelo una vez más, Margaret Marie.

—¡Que no me llamo así!

Se abrió paso por su lado, cambió de rumbo y se giró para...

Toparse de nuevo con Ethan.

—¿Cómo me has adelantado? —quiso saber, trastabillando un poco al intentar recuperar el equilibrio.

—Parece que tienes mucha faena por aquí. Casi como si... estuvieras buscando algo. —Le dedicó una sonrisa deliberada y, de pronto, Maggie fue incapaz de sostenerle la mirada.

—Solo a Eleanor. Pero tienes razón, aquí no está. Volvamos.

Empezó a deshacer el camino andado, con Ethan siguiéndole el paso sin problema alguno, el muy atrevido.

—¿Y qué pasa con el muérdago? ¿Lo llevas porque quieres que nos enrollemos? Porque si quieres que...

—Paso, gracias.

—Tendrías que sostenerlo por encima de la cabeza. Pero puedo hacerlo por ti. ¿Quieres que lo sostenga?

—Nop.

Dobló una esquina y se encontró con otro callejón sin salida.

Le entraron ganas de gritar. Parecía que la temperatura había bajado diez grados, pero Ethan seguía allí tan pancho con su chaqueta de cuero, como si todo su atractivo bastase para derretir la nieve a su alrededor.

Por su parte, Maggie tenía los vaqueros mojados hasta las rodillas, había dejado de notar como mínimo cuatro de los dedos de los pies y le empezaba a moquear la nariz.

—Te estás congelando —dijo él con ternura, pero también con un toque engreído—. Por suerte para ti, te he traído el jersey. Venga, manos arriba.

Solo entonces se percató del montoncito de ropa que llevaba bajo un brazo.

—Me estás vacilando, ¿no? —dijo Maggie, pero ya había empezado a tiritar allí donde estaba, abrazándose a sí misma y con las manos hechas puños dentro de las mangas.

—Como sigas así, vas a hacer sentir mal a Kitty. Que los ha tejido con sus propias manos.

—¿En serio?

Ethan meneó la cabeza.

—Yo qué sé. Anda, sube los brazos.

Maggie se negó a moverse.

—¿Te vas a seguir resistiendo, Margaret Jane?

Se sentía como una niña pequeña y mimada, pero era más sencillo alzar los brazos y dejar que el hombre más pesado del mundo le pasara un jersey navideño por la cabeza y se lo fuera bajando por los brazos con delicadeza.

Para cuando sacó la cabeza, tenía el cabello de punta y lleno de estática.

Se sentía ridícula y él la miraba como si hubiese dado cualquier cosa por tener una cámara en la mano.

O un móvil. Lo que fuera para inmortalizar su humillación.

Pero lo peor era que la sonrisa que tenía en el rostro no era burlona, sino compasiva y amable, y hacía que Maggie sintiera un cosquilleo en los dedos.

Eso o se estaba congelando poco a poco. Para sus adentros esperó que fuera eso último.

—Gracias. —Clavó la vista en la nieve.

—No hay de qué. —Entonces le colocó un grueso abrigo sobre los hombros a modo de capa—. James me ha prestado esto. Son los favoritos de Eleanor. —Se sacó del bolsillo un gorro de lana con un pompón y se lo puso hasta cubrirle las orejas.

Maggie no quería admitirlo, pero sí que estaba más calentita. Quizá por toda la ropa o, lo que era más probable, porque Ethan bloqueaba el viento mejor que todos los setos.

—Estupendo, muchas gracias.

Pero entonces la sujetó de las solapas del abrigo y tiró de ella hacia él.

—Vale, volviendo a lo del muérdago.

—Serás pesado. —Maggie exhaló con frustración y retomó el camino de vuelta a la casa—. Tienes razón, volvamos a la mansión.

—¿Y qué hacías en el laberinto?

—¡Nada!

«Otro callejón sin salida. ¡Porras!». Y, cómo no, tenía a Ethan pisándole los talones. Estaba perdida, atrapada. Y lo notaba acercándose más y más a ella, quemándola con la intensidad de su mirada.

—¿Sabes? Eso de mentir no se te da muy bien.

Era cierto, pero no tenía intención alguna de mostrarse de acuerdo con él.

—No tengo ni idea de qué me estás...

—¿Qué había en el libro, Margaret?

«Mecachis».

—¿Qué libro?

—El de la biblioteca.

—Hay miles de libros en la biblioteca. Ahí es donde se guardan, ¿sabes?

—¿Lo ves? Te sale una arruguita justo... —le señaló la frente— aquí cuando mientes.

—¡Quita!

—¿Y la llamada? —Bajó la vista de sus ojos a sus labios, solo para volver a alzarla. Despacio—. Porque me ha dado la impresión de que creías que todo esto es una especie de... prueba.

Pronunció la palabra en voz baja, nada más que un hilo de voz casi congelado, pero Maggie la observó flotando en el aire como si de un copo de nieve se tratara. Le pareció que podría flotar para siempre.

Y, de golpe, dejó de importarle. Daba igual si sabía que aquello era una competición. Daba igual si llevaba la delantera. En serio, qué más daba.

Porque Maggie iba a ganar.

—¿A qué se debe la sonrisa? —Le pareció hasta asustado.

—Ay, Ethan, si fueses fan de Eleanor Ashley, ya tendrías la respuesta a tu pregunta. Pero no lo eres, Tío de la Chaqueta de Cuero, así que da igual.

—No da igual. Estamos hablando de que quizá una mujer de ochenta y un años se ha perdido y se ha hecho daño o no. —Maldito sea él y su argumento totalmente razonable—. Margaret...

—¡Pues claro que es una prueba! —No se podía creer que hubiera tenido que decirlo. Que no lo supiera ya—. La mejor escritora de misterio que ha tenido este mundo ha desaparecido de una habitación cerrada con llave dos días antes de Navidad. ¡Es obvio que es una prueba!

—¿Por qué? —Pronunció la palabra sin pizca de emoción, pero Maggie podía notar la tensión que escondía, como la cuerda de un arco a punto de disparar.

—Porque se va a jubilar. —Daba igual que fuese una teoría.

Porque Maggie tenía razón, era imperativo que la tuviera—.

Eleanor se va a jubilar, pero no piensa dejarle su legado a cualquiera.

Quiere que quien la suceda sea alguien que dé la talla, que la tenga en alta estima y que piense como ella. Y... —No pudo obligarse a decirlo.

—¿Y crees que serás tú?

—No lo creo, lo sé.

Ya fuera por haber sido criada bajo la iglesia bautista, por haber sido pobre de pequeña o porque, como bien decía Colin, sus fracasos siempre eran cosa de ella mientras que sus logros eran cosa de los dos, Maggie nunca había tenido mucha confianza en sí misma.

Ni en su apariencia ni en su intelecto ni tampoco en su talento.

Pero eso nunca lo había dudado. Ni una sola vez. Estaba convencida.

—¿Por qué...?

—¡Porque soy yo quien está aquí fuera tras encontrar esto! —Alzó el muérdago.

Ethan le dedicó una sonrisita.

—¿Retomamos lo de enrollarnos, entonces?

—Es una pista, ¿vale? Una pista.

—¿Cómo lo...?

—Porque, en Asesinato bajo el muérdago, el asesino deja un mapa en el centro de un laberinto. Y pues... ¡Laberinto! —Alzó los brazos y contuvo una risa—. Pero tú no tendrías manera de saberlo, ¿verdad?

Nunca había sentido tantísima superioridad, la certeza de que tenía razón. Era posible que aún no hubiese ganado la partida, pero el gran Ethan Wyatt ni siquiera se había dado cuenta de que estaban en medio de una.

Y justo por eso no le encontró ningún sentido a la lenta sonrisa que le fue tirando de los labios, al brillo que le inundó la mirada, como la de un depredador.

—Pero ahora sí que lo sé.

Le quitó el muérdago de la mano y se puso a darle vueltas entre dos dedos. Maggie se lanzó a por él, pero Ethan lo alzó muy alto, como si hubiesen vuelto a parvulario y estuviese jugando al «a que no lo pillas» con el futuro de ella.

—¡Oye! Que... —Maggie dejó la frase en el aire al percatarse de que, por primera vez en la vida, podía dejar de saltar—. Da igual.

—¿Cómo dices?

—Que da igual. —Desde que había cumplido los dieciocho, Maggie no había podido permitirse cometer ni un error, pero en aquel momento, en aquel preciso instante, era libre—.

¿Es que no lo entiendes, Ethan? Eso conduce a otra pista, pero no tendrás ni idea de cómo seguir esa tampoco.

Ni la siguiente. —Dio un lento paso hacia él, sintiéndose arrogante por primera vez en la vida—. Ni la siguiente.

Tendría que haberse sentido calentita cubierta por su capa de rabia y satisfacción, pero no pudo evitar notar algo en sus ojos, un brillo calculador.

—Y es ahí donde tú te equivocas.

Entonces fue él quien avanzó despacio y Maggie la que retrocedió poco a poco.

Notó algo frío en la espalda. Unos montoncitos de nieve se desprendieron de lo alto del seto y se le metieron por el cuello del abrigo, hasta colársele por la espalda, helados y líquidos, a medida que Ethan se alzaba sobre ella cuan alto era, más grande y más capaz y bloqueándole el cielo entero.

—No tengo que seguir las pistas. —Su aliento le pareció cálido contra la piel cuando le susurró—: Solo tengo que seguirte a ti.

El aire frío que Maggie tenía en los pulmones se convirtió en fuego. La sangre le retumbó en los oídos y, durante ese momento, una sola frase se repitió una y otra vez en su mente. Como un mantra. O una maldición.

«No me extraña que la haya dejado».

«No me extraña que la haya dejado».

«No me extraña que...».

—¿Maggie?

Fue la lástima que vio en sus ojos lo que lo consiguió. Lo que encendió la mecha y la hizo arder.

—¿Sabes? A veces, cuando estoy tumbada en la cama por las noches, me pongo a pensar en cómo podría matarte y lograr que pareciera un accidente.

La expresión de Ethan cambió por completo. La lástima se tornó arrogancia y su mirada bajó hasta posarse sobre sus labios. Y se quedó allí.

—Lo que me estás diciendo es que piensas en mí cuando estás en la cama, ¿es eso?

Y Maggie no pudo hacer nada más que gritar y echar a andar hecha una furia.

Aún podía oír el crujido de sus pisadas a sus espaldas, pero no sentía nada.

Ya no. Con suerte, nunca más. Aceleró el paso y se fue hundiendo en la nieve fresca y profunda.

Daba igual que no sintiese las piernas por debajo de las rodillas.

Tenía que seguir avanzando. Así había sido antes y así seguiría siendo.

Para siempre. Porque, si dejaba de avanzar, corría el riesgo de morir. Así que se limitó a apretar el paso.

—¿Por qué me odias tanto? —exclamó él.

Lo odiaba por ser guapo y encantador y porque vivían en un mundo en el que a un hombre no le hacía falta ser nada más.

Lo odiaba porque en la escala de notas de la vida, él era de los que podía conseguir que un cinco pasara a ser un sobresaliente.

Lo odiaba porque el mundo entero lo adoraba, mientras que a ella incluso las personas que estaban obligadas por ley a quererla le habían hecho el feo y habían ido a descambiarla.

Lo odiaba porque estaba sola en el mundo, muerta de miedo y no era nadie. Maggie era una don nadie.

Mientras que Ethan...

Ethan ni siquiera sabía cómo se llamaba.

—¡Porque eso es lo que hacemos! —le gritó en respuesta—. Llevamos años odiándonos. Es nuestra dinámica.

Ethan aceleró para bloquearle el paso, pero lo que la detuvo fue la expresión en su rostro. El pecho le subía y bajaba en medio del aire frío, como si fuese a ponerse a sudar a pesar de las bajas temperaturas. Como si estuviese luchando por su vida y tuviese todas las de perder.

—Yo no te odio. Nunca lo he hecho y mira que no ha sido por falta de ganas —farfulló mientras la nieve comenzaba a caer sobre ellos como una oleada blanca y espesa, como si estuvieran dentro de una bola de nieve y el destino les hubiese dado una buena sacudida.

Se quedó callado un momento. Pensando. Y, cuando volvió a hablar, las palabras fueron apenas un susurro de aliento congelado.

—Así que dímelo, por favor. ¿Qué fue lo que hice?

Y Maggie hizo todo lo que estuvo en su mano para no recordarlo.