Crimen antes de Navidad Maggie #4
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Maggie #4

—Por suerte, pudimos escapar como había hecho Eleanor, a través del pasadizo secreto que conduce a la mansión.

Lo que no sabíamos entonces era que también daba a la cabañita que hay en los terrenos.

La misma en la que alguien había dormido y encendido un fuego hacía bastante poco. Hace tres noches, para ser más exactos.

Ethan se removió en su sitio, aunque sin despegar la mirada de Dobson.

—Alguien que había tenido que cruzar los terrenos campo a través bajo una fuerte ventisca y una nevada que impedía la visión.

—Y a oscuras —añadió Maggie.

—¡Cierto! Totalmente a oscuras. Sería muy complicado ver por dónde ir y muy sencillo, no sé..., ¿torcerse un tobillo?

Dobson se puso a resoplar y a rezongar, hasta que al final se decantó por decir:

—Pues claro que me torcí el tobillo mientras caminaba por la nieve de las narices. ¡No era ningún secreto!

—Cierto —concedió Ethan—. De hecho, nos dijo que pasó poco antes de llegar a la mansión, pero ya tenía el tobillo hinchado y amoratado cuando nos reunimos con usted en la biblioteca.

Y los tobillos no se ponen morados en cuestión de minutos, no.

Ese esguince se lo hizo al menos doce horas antes de que se reuniera con nosotros, inspector.

—Se lo torció cuando iba de camino hacia la cabaña en la que pasó la noche e, imagino yo, se dejó un periódico y una cantidad considerable de huellas dactilares.

—Se lo torció antes de colarse en la mansión y robar un rifle.

Se lo torció antes de intentar dispararnos, para luego cruzar los terrenos campo a través de vuelta a su coche y volver por la carretera como si acabara de llegar desde el pueblo aquella misma mañana.

—Ethan se cruzó de brazos con toda la tranquilidad de quien era más grande y más fuerte.

—Se lo torció antes de saber que Eleanor había desaparecido y disparó a las personas equivocadas en el laberinto —concluyó Maggie.

Por un instante, Dobson se quedó allí sentado, con el pecho subiéndole y bajándole como si intentara reunir el aliento suficiente para hacer volar la casa de un soplido.

—¿Y qué me decís de anoche? —Señaló a los cuatro que habían estado jugando a las cartas—. Si ellos tienen una coartada para lo de anoche, ¡yo también!

—¿Eso cree? —Aunque las palabras de Ethan eran un interrogante, su mirada era todo un desafío—.

¿O acaso dejó a Maggie atada en el invernadero, luego volvió, se puso un albornoz y una toalla y fingió que acababa de darse una ducha?

—Ethan se echó a reír antes de levantar la taza de Dobson—. ¿Qué me dice, inspector? ¿Un sorbito?

Todo sucedió muy rápido. En un segundo, Maggie estaba pensando que sus acusaciones se sostenían y que sus teorías eran válidas, pero que jamás les valdrían en un tribunal, y, al siguiente, la taza salió volando por el aire, con el líquido hirviente trazando un arco por la sala.

Ethan se lanzó hacia ella y la apartó de un empujón hasta hacerla caer directo en el sofá, sobre Kitty y todas sus marañas de lana.

Solo que, igual de rápido, una mano grande la sujetó del brazo y la obligó a ponerse de pie. Dobson le había rodeado el cuello con un brazo y tenía la empuñadura del segundo bastón favorito de Eleanor presionado contra la garganta mientras lo aferraba con una mano.

Oyó un chasquido y notó el metal frío contra la sien. Entonces se percató de que tenía una pequeña pistola en la otra mano.

—No nos precipitemos —dijo Ethan—. No haga nada de lo que vaya a terminar arrepintiéndose.

—Es un poco tarde para eso, Wyatt. Cuarenta años, para ser exactos.

Así que pienso largarme de aquí. —Para entonces había pasado a usar a Maggie de bastón y apoyó su peso sobre ella mientras se iban acercando a la puerta poco a poco—.

Voy a tomarme el atrevimiento de usar el vehículo de su alteza.

Los teléfonos volverán a funcionar tarde o temprano y podréis llamar para pedir ayuda, pero para entonces ya me habré ido.

—Pero el puente está inhabilitado —le recordó Maggie, y casi pudo sentirlo sonreír cuando negó con la cabeza muy despacio.

—¡¿Eso quiere decir que hemos estado aquí encerrados sin motivo?! —El doctor Charles se quejó como si esa fuese la verdadera tragedia de la situación, pero Dobson ya la estaba arrastrando hacia las puertas.

—Maggie... —empezó Ethan.

Sin embargo, ella ya estaba pasando la mirada por la estancia y haciendo sus cálculos. Daba igual la cantidad de balas que tuviera Dobson, no iba a fallar. No estando tan cerca. Nadie podía fallar estando tan cerca.

—Estoy bien —dijo y, por sorprendente que fuera, sí que lo estaba.

El mundo estaba tranquilo y en silencio. Era como si, cuanto más rápido sucedieran las cosas, más lentas las sintiera. Como si estuviera viendo la escena desde lo alto. Como si pudiera ver todas las posibilidades y probar todos los ángulos. Como si aún pudiera ganar la partida.

Como si fuese Eleanor.

—Deberíamos ir por los jardines —añadió con voz monocorde—. Es más rápido.

—Pero qué solícita, señorita Chase.

—No es eso, es que quiero que se largue.

Notó su peso. Seguía dependiendo de ella para mantener el equilibrio. Si conseguía llevarlo hasta un lugar abierto, si podía salir corriendo... Solo que en cuanto pisaron la profunda capa de nieve, las certezas la abandonaron.

—El garaje está...

—¡Sé dónde está! ¡Llevo cuarenta años visitando esta casa!

—Vale —repuso ella con tranquilidad—. Vamos para allá.