Maggie #3
—Victoria —corrigió Maggie en voz baja.
—Qué más da. —Ethan se encogió de hombros.
—¡Vale ya! —Dobson estaba intentando ponerse de pie.
—Vuelva a su sitio, inspector. —La voz de Ethan sonaba firme y distante—. Limítese a quedarse sentado sin hacer nada, como ha hecho desde que llegó.
—Pero qué... —empezó a decir Dobson, e Ethan se le acercó muy despacio.
—Podría haber investigado el incendio. Podría haber examinado las escaleras. Eleanor es amiga suya, pero dejó que pensara que se lo estaba imaginando todo. Así que me va a perdonar, pero no tengo muchas ganas de aguantar majaderías.
Dobson guardó silencio y se echó hacia atrás en su asiento, ligeramente escarmentado. Y también bastante cabreado.
—Ya no queda mucho, inspector. —La voz de Maggie fue más suave que la de Ethan—. Disfrute de algún panecillo o un té.
—Ya no queda té —se quejó el aludido, articulando las palabras de forma exagerada hasta que James se puso a preparar más—. Termina de una buena vez, Wyatt.
Ethan se volvió hacia el grupo.
—¿Por dónde íbamos? Ah, sí. Tenemos dos herederos legítimos y una embustera. Todos con motivos excelentes, pero sin oportunidad para cometer todos los crímenes señalados. Lo cual es un problema, porque ¿quién más nos queda?
Como una sola entidad, la sala entera se volvió hacia James, quien se congeló con la tetera en la mano. La perfecta representación de un mayordomo británico.
—James, ¿eres un asesino despiadado? —preguntó Ethan sin mayor emoción en la voz.
—No, señor.
—¡A mí me vale! —Ethan dio una palmada y se volvió hacia Maggie.
—Verán, había una cosa que no me terminaba de encajar. —Maggie empezó a caminar de un lado para otro, incapaz de quedarse quieta—. ¿Por qué cambiaría Eleanor la cerradura de su despacho?
—Pero si tú misma has dicho que sabía que alguien iba a por ella —señaló Victoria.
—Hace poco, sí. Pero la cerradura la cambió hace meses, ¿verdad, James?
—En efecto, señorita.
—¿Entonces? —inquirió Maggie—. Estaba empezando a escribir una nueva novela, sí, pero llevaba escribiendo al menos unos setenta libros en ese despacho con la cerradura vieja. ¿Por qué era distinto este último?
—Nadie lo ha leído —le recordó Cece al grupo—. Hace meses vi una de las páginas y vaya si se cabreó.
—Ya, pues, hablando de eso... —Maggie sintió que se sonrojaba—. Puede que me haya... colado en su despacho y me haya llevado todos los cuadernos para echarles un vistazo.
—Que se ha leído el libro enterito, vaya —dijo Ethan como si nada.
Dobson estaba hecho una furia.
—Pero si le dije que no...
—¿Y de qué iba? —quiso saber sir Jasper.
—De una mujer que sospecha que alguien está intentando matarla, así que finge su muerte y desaparece. —A Maggie se le escapó la risa—. ¿A que les suena?
—Entonces, ¿quién fue? O sea... en el libro. —Kitty bajó sus agujas para tejer.
—Verán, ese es el problema. —Maggie sintió una nueva oleada de energía surcando por su cuerpo—. Faltaba el último cuaderno y ayer, en algún momento del día, alguien robó el resto de los cuadernos de mi habitación.
—Así que, ¿quién tenía acceso a la mansión y podría haber robado esos cuadernos? —preguntó Ethan.
—¿Y haber tendido la trampa en las escaleras?
—¿Y acercarse lo suficiente para encerrar a Eleanor en el invernadero?
—¿Y prenderle fuego? —añadió Maggie.
—¿Y quién estaba lo bastante desocupado para robar un rifle de la sala de cacería y quedarse esperando a que Eleanor diera su paseo diario por el laberinto? —La voz de Ethan pasó a sonar más seria.
—Y, lo que es más importante, ¿quién en esta casa no sabía que Eleanor no iba a dar su paseo ese día? —Maggie se movía despacio, mirándolos a todos a la vez—. Porque Eleanor ya había desaparecido.
—¿El té no es de su agrado, señor? —le preguntó James a Dobson con un hilo de voz.
—Pero si huele a muerto —se quejó Dobson, bajando la vista hacia su taza.
—¡Uh! ¡Os falta la bandeja de té! —añadió Cece, muy solícita ella—. Alguien tuvo que haberla envenenado.
Solo que Ethan negó con la cabeza.
—Nadie envenenó la bandeja, Cece.
Dobson soltó un resoplido.
—Diría que sir Jasper no estaría de acuerd...
—No hizo falta —lo cortó Maggie—. Porque para entonces alguien ya había envenenado el té.
Ethan se fue acercando poco a poco a Cece.
—¿Qué fue lo que le dijiste a Eleanor esa noche a través de la puerta? «He encontrado el té que te gusta», ¿verdad?
Por un instante, Cece se quedó en blanco. Hasta que lo recordó.
—¡Había desaparecido una caja! Creíamos que se había acabado, pero entonces la encontré y...
Cece ahogó un grito al comprender lo ocurrido.
—Fue muy astuto —concedió Maggie—. Eleanor era la única que bebía esa mezcla, así que el asesino podría haber echado el veneno y estar muy lejos para cuando se consumiera. —Bajó la vista hacia la taza que Dobson tenía en las manos—. Hasta hoy.
Cece contuvo otro grito y sir Jasper se inclinó hacia delante en su asiento, recuperando el color del semblante y la agudeza de sus ojos mientras la sala entera se centraba en Dobson.
—Adelante, inspector. —Ethan avanzó despacio hacia él—. Demuestre que nos equivocamos, si se atreve.
Solo que Dobson no parecía ser un hombre atrapado con las manos en la masa; lo que estaba era cabreado.
—¿Qué razón tendría yo para cometer ese supuesto delito?
—Un asesinato.
—Vale —la cara se le iba poniendo más y más roja—, para cometer un asesinato, pues.
—No. —Maggie se percató de su error—. Me refiero a que la razón fue un asesinato. —Levantó la vista hacia Ethan—. ¿No me he explicado bien?
—Ha sido un pelín confuso —le dijo él.
—Ay, no. —Se volvió hacia el grupo—. A lo que me refería es... Bueno...
Fue como si la sala entera contuviera el aliento mientras Maggie sacaba el último cuaderno de la caja.
—Creo que esto es lo que estaba buscando, inspector.
Es el desenlace del nuevo libro de Eleanor.
—Fue pasando las páginas—. Todo el mundo sabe que a Eleanor le gustan los giros de trama, y debo reconocer que este es muy bueno.
Verán..., cuando descubrí que estaba escribiendo la historia de una mujer que finge su muerte y desaparece porque alguien está intentando matarla, creí que estaba haciendo una autorreferencia...
Que pretendía demostrar algo. Creía que era una pista...
Y sí que lo era. Pero también fue un error, porque este libro no va sobre Eleanor.
Ni siquiera está ambientado en el presente.
Maggie se acercó a las ventanas que daban a la amplia extensión de los terrenos nevados.
—Trata de una joven que caminó más de ocho kilómetros bajo la lluvia y con una pierna rota antes de desplomarse en la puerta de Eleanor.
Es sobre una chiquilla que era muy pobre y un jovencito cuya familia era tan poderosa que nadie habría creído jamás que su hijo maravilloso podría haberla masacrado a golpes hasta dejarla inconsciente y darla por muerta.
Es sobre una joven que sentía tantísimo miedo que decidió que lo mejor que podía hacer era seguir muerta: cambiar su apariencia, su nombre y desaparecer sin más, porque, en ocasiones, morir es el único modo de seguir viva.
Maggie se volvió hacia el grupo.
—Es sobre una chiquilla que estaba tan asustada que jamás pronunció el nombre de su agresor, ni siquiera a la propia Eleanor. Pero Eleanor, siendo quien era..., siempre albergó sus sospechas.
Ethan bajó la vista hacia Dobson.
—Es sobre la mujer que usted creyó haber matado, inspector.
¿Se acuerda del caso por el que acudió a buscar la ayuda de Eleanor hace cuarenta años?
¿El crimen del que creyó que se había librado?
Pues Eleanor demostró ser más lista que usted cuando consiguió sacar a su víctima del país. Y ha vuelto a demostrarlo otra vez.
El color había abandonado el rostro de Dobson. Pero no como un hombre que parecía haber visto un fantasma, no, sino como uno que sabía que se había convertido en uno.
Había vivido toda su vida creyéndose un asesino, pensando que se había librado del crimen que había cometido.
Quizá con algo de culpabilidad. Quizá con la más pura de las dichas.
Pero en todo caso totalmente seguro de que nadie lo sabía.
Solo que tendría que habérselo pensado mejor. Porque conocía a Eleanor.
—¡Pero si murió! ¡Esa chiquilla murió!
Maggie no sabía si Dobson se había puesto a gritar para convencerlos a ellos o a sí mismo.
—Pero nunca encontró el cadáver, ¿a que no? —Maggie observó cómo cavilaba, intentaba recordar—. Eleanor no podía demostrar que usted lo había hecho, claro, pero siempre sospechó. Y no lo olvidó.
—Esto es... Menuda barbaridad. Es... —Dobson paseó la mirada en derredor, como si acabara de recordar dónde estaba, qué estaba ocurriendo—. ¿Cómo iba a saber yo de qué iba el libro de Eleanor?
—No lo sé. —Maggie se volvió hacia Cece—. Hace unas semanas leíste un poco. ¿Se lo contaste a alguien?
Cece abrió muchísimo los ojos.
—Sí. —La mano le temblaba al apuntar al inspector—. Se lo conté a él. Un día vino a visitar a Eleanor, me preguntó si sabía sobre qué estaba escribiendo y le conté lo que había leído. Se lo conté.
—Y en cuestión de unos pocos días, alguien empezó a atentar contra su vida —añadió Maggie.
—¡Esto es absurdo! —espetó Dobson—. Si ni siquiera había llegado cuando pasó lo de los disparos.
Ethan se cruzó de brazos y sonrió con suficiencia.
—¿Cómo va ese tobillo, inspector?
Por imposible que pareciera, Dobson palideció aún más, pero no abrió la boca.
—Verán. —Maggie retomó su explicación—. Anoche alguien usó la llave maestra para colarse en mi habitación y dejarme inconsciente. Luego nos encerró a mí y a Ethan en el invernadero...
—Se dice «a Ethan y a mí» —la interrumpió Rupert con desdén.
—Vete por ahí, Rupert, en ese caso da igual el orden. Continúa, amor.
Maggie se sonrojó un poquitín ante el mote cariñoso, pero mantuvo la vista clavada en Dobson.
—Alguien nos encerró y prendió fuego al invernadero. Otra vez.
—Menuda falta de originalidad —dijo Ethan por lo bajo.