Maggie #2
—No lo sé —admitió Maggie. Siendo sincera, llevaba días haciéndose la misma pregunta—.
Quizá porque la mayoría no nos conocíamos entre nosotros.
O porque confió en personas que piensan como ella.
Los detectives en sus novelas siempre eran gente de fuera, que veían las cosas con un punto de vista diferente.
Creo que eso era lo que quería de nosotros.
Fuera como fuese, invitó a sus detectives...
—Y a sus sospechosos... —interpuso Ethan.
—Y dejó una serie de pistas que solo las personas que le son fieles de verdad podrían notar y seguir.
No nos contó lo que estaba pasando, no. —Maggie sintió que las piezas se iban acomodando en su lugar—.
Dejó que lo descubriéramos nosotros. Y entonces, en algún momento de la noche...
desapareció. A lo mejor se equivocaba. Quizá sí que fue culpa de la mala suerte...
—Pero la mala suerte no fue quien envenenó la bandeja de té —señaló Ethan—. De modo que la pregunta es ¿quién lo hizo? —Paseó la mirada con atención por todos los presentes, hasta fijarla sobre Rupert—. ¿El sobrino desagradecido de las manos largas?
—¡Pero vamos a ver! —exclamó Rupert—. No sé qué es lo que creéis que sabéis vosotros dos...
—¿Nosotros? —Ethan intercambió una mirada con Maggie.
—Ah, pero si nosotros no sabemos nada —repuso ella.
—Exacto. Pero Eleanor... Ah, Eleanor sí que lo sabía absolutamente todo.
—Con un despliegue ligeramente más dramático de la cuenta, Ethan destapó la caja del regalo de Eleanor y sacó una gran carpeta amarilla llena de documentos—.
Por ejemplo, ¿sabían ustedes que, según la empresa de auditoría forense más prestigiosa de Londres, en apenas un año han desaparecido dos coma seis millones de dólares de las cuentas de Eleanor?
—Entonces se inclinó hacia Rupert y, con un ademán bastante teatrero, susurró—: Tú no contestes, que sería trampa.
—Se volvió para mirar al resto—. Él ya lo sabía.
—¡Rupert! —exclamó Kitty.
—¡Yo no la he matado! Ni siquiera he hecho el intento. —Rupert había pasado a mirarlos a los dos, muy pálido de pronto, y su tono era desesperado, suplicante—. Lo juro. No le he tocado ni un pelo.
—Ah, pero si ya sabemos que no la has matado —repuso Ethan.
—¿En serio? —Rupert parecía sorprendido de verdad.
—¡Pues claro! —exclamó Maggie con entusiasmo—.
Kitty, la yayita Davis y tú tenéis coartadas para cuando se produjeron los disparos en el laberinto.
Además, ¿por qué ibas a envenenar la bandeja de té cuando ya habías llegado a un acuerdo con el doctor Charles para declarar a Eleanor incompetente y poder decidir por ella?
—¡Menuda ridiculez! —vociferó Rupert, a la par que su mujer gritaba:
—¡Rupert!
Pero Ethan no se dejó amilanar. Se volvió hacia el doctor Charles, quien parecía tan aburrido como medio dormido, y le preguntó:
—¿A que ese era el plan, doctor?
—El plan exacto, sí —contestó el aludido.
—Yo que tú me quedaría con ese delito —le susurró Ethan a Rupert—. Pinta muchísimo mejor que el asesinato, la verdad.
Y entonces Rupert tuvo el suficiente sentido común para cerrar la boca. Kitty volvió a mover las manos a toda prisa, haciendo que las agujas para tejer se golpearan entre sí mientras Ethan paseaba la mirada por el resto de sospechosos que había en la sala.
—Ya que hemos descartado al avaricioso del sobrino, ¿quizá haya sido la sobrina? ¿La duquesa igual de avariciosa?
Maggie se imaginó una escenita indignada, pero lo único que hizo Victoria fue echarse a reír.
—¿Por qué iba a hacer yo algo así? Como acabas de decir, soy una duquesa.
—¡La duquesa de un duquerío en bancarrota! —exclamó Ethan por todo lo alto, a lo que Maggie añadió en voz baja:
—Es ducado, creo que te has confundido con señorío.
—¿En serio? —susurró él—. ¿Ducado? Pero si eso suena a los palillos esos que pones para perfumar el salón. A mí me suena mejor duquerío , ¿sabes? Como...
—¡Podéis usar los dos! Ducado y señorío, da lo mismo —espetó el duque, e Ethan miró a Maggie como diciendo «mira tú».
Maggie contuvo una sonrisa mientras Ethan sacaba un montón de documentos de la caja y empezó a hojearlos como si estuviese a punto de repartir una baraja de cartas.
—Ya le había pedido dinero prestado a Eleanor, ¿a que sí, su alteza? —preguntó, mientras Ethan iba dejando las pruebas sobre la mesa. Pagaré tras pagaré que confirmaban dichos préstamos—. Y varias veces. ¿Qué pasó? —Maggie de verdad tenía curiosidad—. ¿Eleanor les cerró el grifo?
Ni el duque ni la duquesa contestaron, pero tampoco hacía falta. La cara que habían puesto lo hacía por ellos.
—A diferencia de Rupert y Kitty, ustedes dos estaban por su cuenta y quién sabe dónde cuando intentaron dispararnos —señaló Ethan.
—¡Eso no demuestra nada! —se quejó el duque.
—Pues no. —Ethan se volvió para mirar a Maggie—. Me temo que nuestro amigo el duque tiene razón.
—Es cierto. Entonces podría ser... —Maggie se volvió hacia Cece— la misteriosa sobrina que, haríamos bien en recordar, fue la que llevó la bandeja envenenada hasta el despacho de Eleanor.
—¡Pero yo no le puse veneno! —Cece parecía estar al borde de las lágrimas—. Se la llevé y la dejé en el pasillo y luego me fui a acostar. ¡Vosotros me visteis!
—Sí que lo hicimos —concedió Maggie—, pero podrías haber puesto el veneno antes de llevarlo a la planta de arriba.
Cece acababa de abrir la boca para replicárselo cuando Ethan la interrumpió con un:
—Lo que no podrías haber hecho es disparar a Maggie en el laberinto.
—Pero si yo... —Cece se quedó a medias mientras procesaba las palabras—. Ah. ¡Eso! ¡Yo estaba arriba!
—Exacto —dijo Maggie—. No podrías haber disparado tú. Pero tu cómplice sí que podría haberlo hecho.
Casi resultó gracioso ver cómo Cece se ponía muy pálida de pronto.
—No... No sé de qué me estáis hablando.
Para entonces, Maggie casi podía interpretar a la perfección las expresiones de Ethan. Habían desarrollado un lenguaje compartido de sonrisitas y roces, bromas que solo los dos entendían y miradas significativas. De modo que casi pareció una coreografía cuando ambos dijeron a la vez:
—«Bocaditos de gamba».
—Pero... ¡¿Qué?! —exclamó Dobson, pero Maggie tenía su atención puesta en Cece.
—¿Cuándo conociste a Freddy Banes? —inquirió.
—Esto... Em... Hace tres días. —Cece los miró como si fuese una pregunta con trampa—. El mismo día que os conocí a vosotros.
—¿Y qué me dices tú, señor Banes? —preguntó Ethan—. Nos dijiste que acababas de incorporarte al equipo de abogados de Eleanor, ¿a que sí?
—Claro, así fue —repuso el aludido.
—Y también fuiste un invitado añadido a última hora, ¿verdad? Porque quien se esperaba que asistiera era tu padre, ¿no?
—Sí, pero no veo qué tiene eso que ver con...
—Así que, Cece... —Ethan le dedicó su sonrisa más encantadora—, ¿quizá puedas explicarnos cómo sabías que este hombre es alérgico al marisco?
—Esto... Eh... No lo sabía.
—No me digas. ¿Y entonces a qué se debió que no le permitieras comer ni uno de los bocaditos de gamba aquella primera noche?
—Eh... Es que... —Cece se cruzó de brazos—. Simple coincidencia.
—Pues mira tú, fue una opción que consideramos. Pero también estaba el asunto del... sobre azul. —Ethan lo sacó de la caja con una floritura.
—¿Te suena? —preguntó Maggie—. Porque debería. Viste que James lo trajo cuando llegamos. Pero Eleanor no dejó que lo tocaras, ¿verdad?
—No sé yo por qué es tan importante un simple sobre, la verdad.
Por su parte, Ethan ya se había vuelto hacia el abogado.
—Tu bufete fue el encargado de hacer la prueba de ADN cuando se presentó la misteriosa sobrina de Eleanor, ¿a que sí?
—Pues sí, pero...
Maggie no lo dejó hablar.
—Entonces no habría sido demasiado complicado cambiar los resultados si quisieras meter a tu cómplice en casa, ¿no? ¿Quizá a una exnovia de cuando te fuiste a estudiar a Estados Unidos?
—Menuda ridiculez.
El abogado se puso de pie de un salto solo para volverse a sentar de inmediato al recibir una de las miradas de Ethan.
—Seguro que Eleanor parecía una víctima fácil.
Una mujer mayor y adinerada. Y, a todos los efectos —aquella era la parte que más le dolía a Maggie—, estaba sola en el mundo.
Pero también era muy lista. No iba a hacer nada sin estar completamente segura.
Fue por eso por lo que encargó una nueva prueba de ADN.
Lo más seguro que en secreto. —Señaló el sobre—.
Y los resultados llegaron hace tres días.
Alguien contuvo la respiración mientras el grupo entero se volvía hacia Cece.
—No eres sobrina de Eleanor —anunció Ethan—. Eres una estafadora. Y ese hombre de ahí es tu amante.
Con una mueca de incomodidad, Maggie le dijo en voz baja:
—Creía que habíamos dicho que no íbamos a usar esa palabra.
—¿Qué tiene de malo amante? —Hizo la pregunta en voz tan baja que el resto de los presentes quizá ni lo oyeron.
—No sé, es que no me gusta.
—¿Y qué me dices de forúnculo? ¿Qué te parece...?
—¡Vale ya! —exclamó Dobson a voz en grito—. No necesito saber más.
—Pero si ellos no son los culpables —dijo Ethan como si nada.
—¿Cómo que...?
—Son culpables de fraude, eso seguro. —Maggie asintió—. Pero no fueron ellos quienes intentaron matarme.
Al otro extremo de la sala, el doctor Charles alzó una mano, fastidiado consigo mismo por haber estado prestando atención a todo el meollo.
—Pero si acabáis de decir que este de aquí —señaló con un ademán a Freddy Banes— no tenía coartada.
—Para lo de los disparos, no. —Maggie asintió despacio—. Pero sí para cuando me dieron un golpe en la cabeza, me dejaron inconsciente y me llevaron al invernadero anoche después de que se fuera la luz.
Los murmullos se extendieron por la sala, así como las miradas y las preguntas, pero Maggie mantuvo la suya fija en Ethan.
—Bajé en cuanto descubrí que Maggie había desaparecido y me los encontré a los dos jugando a las cartas en la biblioteca.
—Con nosotros —señaló la duquesa.
—¡Eso! —exclamó el duque—. ¡Que estábamos con ellos! Así que si ellos tienen coartada, nosotros también.
—¡Bien dicho, Veronica!