Crimen antes de Navidad Maggie
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Navidad

Las mañanas de Navidad tenían un aire como de cuento de hadas. Jardines cubiertos de nieve y barandillas con guirnaldas enrolladas. Árboles, regalos y el sonido de unos pasos que bajaban corriendo las escaleras, vocecitas exclamando emocionadas: «¡Ha venido, ha venido!».

Fue por eso por lo que Maggie no pudo evitar sentirse ilusionada mientras esperaba en el pasillo que conducía a la cocina, poco iluminado, y observaba a los niños bajar las escaleras a toda prisa y cruzar las puertas de la biblioteca.

Oyó los gritos y los chillidos y sintió que los ojos se le anegaban de lágrimas, aunque sin saber por qué.

Hasta que una mano se deslizó en la suya y lo recordó.

Ni siquiera se había quejado por que la hubiese obligado a ponerse unos nuevos jerséis a juego (ella iba de Rudolph, con su nariz roja y brillante; él de Vixen, travieso y juguetón).

Solo que, a medida que levantaba la vista hacia él, sentía la calidez de su mano en la suya y veía la luz clara que reflejaba la nieve desde el exterior, los gritos de «pero ¡¿qué coño es esto?

!» y «¡Rupert, esa boca!» hicieron que terminara estremeciéndose.

No era la Navidad que ella hubiese escrito, pero eso no quería decir que no fuese la que de verdad necesitaba.

—¿Lista? —preguntó Ethan, y ambos cruzaron juntos las puertas de la biblioteca.

—¡Hostia, cómo mola!

—¡RJ, esa boca! —lo riñó Kitty—. Cuidado con la...

Demasiado tarde. RJ ya había tirado la lámpara con su bicicleta.

El trenecito soltó un silbido al salir disparado, con sus vías ya montadas, por toda la estancia.

Había banderines, papel de regalo y una sala llena de expresiones asombradas en el momento en que Maggie e Ethan se plantaron en la puerta y exclamaron:

—¡Feliz Navidad!

Los niños siguieron jugando y gritando, James dejó una bandeja llena de té y panecillos, y el grupo entero se los quedó mirando como si no entendieran a qué se debía tanto jaleo.

—¡Sorpresa! —Ethan lo volvió a intentar—. Adivinad quién no ha muerto.

—¿Por qué íbamos a pensar que habíais muerto? —Freddy Banes se embutió un panecillo en la boca, e Ethan miró a Maggie de refilón.

—Por lo del... ¿incendio en el invernadero? ¿El cristal que se vino abajo? ¿El humo venenoso? —Aunque Ethan lo dijo a modo de pregunta, al único que pareció importarle fue a Dobson.

—Conque fuisteis vosotros los culpables, ¿eh?

—Nop. Los culpables no somos nosotros —repuso Maggie.

—¿Y qué habéis estado haciendo, entonces? —preguntó Dobson de mala gana.

Ah. Por fin. Maggie alzó la vista hacia Ethan, quien la miró risueño, y ella no pudo evitar sonreír de oreja a oreja al volverse hacia el grupo y anunciar:

—Hemos estado resolviendo un crimen.

Treinta minutos después de eso, el lugar sí que parecía la escena de un crimen, con todo el papel destrozado, las cintas hechas un gurruño, las pilas de cajas mutiladas, el relleno del embalaje y la falta de sueño compartida.

Solo que ninguno de los invitados de Eleanor pareció notarlo.

O quizá era que les daba igual. Los niños y sus juguetes nuevos se habían ido a la planta de arriba con la yayita Davis, y todo el mundo tenía su atención puesta en Maggie, quien se encontraba al frente de la sala contando a los presentes. Ya solo les faltaba una persona.

—¡Aquí está! —exclamó Ethan desde la entrada, con sir Jasper bien apoyado en su brazo.

Habían debatido mucho sobre si el hombre debía arriesgarse a bajar las escaleras, pero, al final, resultaba que nadie merecía oír la verdad más que él.

—Muchas gracias, muchacho —dijo sir Jasper, acomodándose en una butaca cerca de la chimenea.

—¿Cómo se siente, sir Jasper? —quiso saber Maggie.

—Muy afortunado, querida. No sabes cuánto. Y listo para oír lo que tienes que contarnos. —Le dedicó un asentimiento, y Maggie notó que le sudaban las palmas. El corazón le martilleaba en el pecho.

Estaba nerviosa, pero eso no quería decir que estuviera equivocada.

—Antes que nada, ¡feliz Navidad! —Ethan se situó al frente de la sala y se frotó las manos—. ¿Ya tienen todos algo para picar? —Señaló la bandeja de plata llena de té y pastelillos.

—Habla de una vez, Wyatt. Me da a mí que los teléfonos volverán a funcionar pronto y lo más probable es que estés entre rejas esta misma noche.

—Dobson habló con dureza, pero se removió en su sitio y contuvo una mueca.

Resultaba un poco complicado temerle a un hombre que llevaba un bastón con una rosa en la empuñadura.

—Inspector, sé que tiene mucho trabajo por hacer, y estoy segura de que nadie pretendía pasar las Navidades de este modo, pero le pido que tenga un poquitín de paciencia —suplicó Maggie, para luego dedicarle una amplia sonrisa—.

Creo que nuestros descubrimientos van a ser toda una sorpresa para usted.

Debió de haber pensado que no había más remedio, pues ocupó un asiento al lado de Kitty, quien echó mano de una bolsa llena de lana y se puso a tejer para calmar los nervios.

El golpeteo constante de las agujas para tejer suponía un ritmo más bien tranquilizador para la sala que de pronto se había quedado en silencio.

—¿Hace falta que nos quedemos nosotros también? —le preguntó el duque a Dobson en voz baja—. Tendríamos que estar...

—¿Buscando la caja fuerte? —terminó Maggie por él, y le pareció verlo palidecer—. Ya la hemos encontrado, no pasa nada.

Por primera vez, Maggie se hizo con su completa atención.

Todos se incorporaron un poco en su sitio, e Ethan dejó una caja grande y cuadrada sobre la mesa.

Estaba envuelta en un papel de regalo muy bonito, con un lazo rojo atado en la parte de arriba.

A ella le parecía el regalo más bonito que había visto en la vida, pero todos los invitados de Eleanor se quedaron muy quietos, mirando la caja como si tuviera una bomba dentro.

—Este regalo es un no parar, la verdad. —Ethan le regaló una sonrisa—. Pero vamos poco a poco.

—¡Somos parientes de Eleanor! —El duque se puso de pie de un salto—. Si eso ha salido de su caja fuerte, nos pertenece. Es nuestro derecho...

—Yo que usted me volvería a sentar. —Aunque el tono de Ethan no dejaba de ser ligero, su mirada desprendía severidad, y el duque terminó dejándose caer sobre el sofá como si quisiera convertirse en calderilla y perderse entre los cojines.

Entonces Ethan se volvió hacia Maggie, le hizo un ademán con su sombrero imaginario y añadió con un hilo de voz—: Cariño.

Había llegado su turno, y Maggie sintió que el pecho se le llenaba de una sensación cálida y más ligera que el aire.

—Hagamos un repaso de lo sucedido, ¿vale? Hace varias semanas, Eleanor iba bajando por las escaleras cuando de pronto... se resbaló por culpa de una moqueta algo suelta. Intentó aferrarse a una barandilla que no estaba bien puesta y... terminó cayéndose.

Maggie contempló al grupo que hacía tiempo que sabía todo eso, pero a los que sencillamente les había dado igual.

—Y bueno, que es una casa muy antigua —siguió ella—. Las cosas se rompen. Quizá le pareció un accidente. O a lo mejor ya empezaba a sospechar.

—¿Sospechar qué? —preguntó Kitty, pero Ethan hizo un ademán como diciendo «las preguntas para el final de la presentación, por favor y muchas gracias».

—A lo mejor nunca llegamos a saber lo que pensó Eleanor.

Lo único que sabemos es que, unas semanas después de eso, alguien la encerró en un invernadero lleno de plantas venenosas y provocó un incendio.

Solo que una no llega a ser alguien como Eleanor Ashley sin guardarse un par de ases en la manga, por lo que consiguió escapar.

De modo que Eleanor tenía un problema. O bien lo suyo era un brote de mala suerte de los grandes...

—O alguien estaba intentando matarla —terminó Ethan por ella.

La sala se quedó en silencio, salvo por el crepitar del fuego. Todas las miradas seguían sobre ella. Pero la sonrisa de Ethan, su asentimiento y el «venga, que lo estás haciendo de maravilla» que le dedicó en silencio, fue lo único que Maggie vio. Lo único que necesitaba.

—Fue así como Eleanor no tardó en darse cuenta de que tenía un segundo problema.

Verán, cada vez que le hablaba a alguien sobre dichos incidentes, a sus sobrinas y sobrino, incluso a su viejo amigo, el agente de Policía...

—en aquella ocasión, hasta Dobson parecía sentirse culpable—, todos le decían que eran producto de su imaginación.

Que eran cosas suyas. Al fin y al cabo, ya se estaba haciendo mayor y quizá había pasado demasiados años de su vida buscando misterios que en realidad no existían.

Y, de pronto, Maggie ya no estaba hablando sobre Eleanor.

—¿Saben una cosa? Si la humanidad tiene un superpoder universal es el de hacerles luz de gas a las mujeres hasta conseguir que crean que el problema son ellas.

—Resultaba un gran consuelo, eso de saber que, si le podía pasar a alguien como a Eleanor, quizá Maggie podía perdonarse por no haberse percatado de que se lo estaban haciendo a ella—.

Para el mundo, Eleanor no era más que una anciana que había dejado de ser tan avispada como en el pasado.

Pero incluso si eso fuera cierto... —ni siquiera intentó contener la sonrisa que le tiró de los labios—, una Eleanor a medias sigue valiendo el doble que una persona corriente.

—Así que convocó a las mentes más brillantes... A los mejores detectives... A los más selectos de...

—A nosotros. —Maggie interrumpió a Ethan—. Nos invitó a nosotros. Y a sir Jasper. —Le sonrió al hombre que estaba sentado cerca de la chimenea—. Y al inspector Dobson. —A él le dedicó un ademán de reconocimiento con la cabeza—. Para pasar las Navidades con ustedes.

—¿Y por qué? —Kitty levantó la vista de lo que iba tejiendo.