Crimen antes de Navidad Maggie
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Maggie

Maggie

Lo bueno fue que Maggie no tuvo problema alguno para dar con la biblioteca.

Lo malo, que pudo llegar hasta allí gracias a las muchas voces que salían de la estancia.

Énfasis en muchas. Porque, como era de esperar, Ethan y ella no eran los únicos invitados de Eleanor.

Y fue así como se descubrió acercándose cada vez más a su segunda fiesta de la semana, conteniendo el aliento mientras se asomaba para echar un vistacito entre un par de amplias puertas que daban al...

Paraíso. O lo que ella siempre había imaginado que debía de ser el paraíso.

La sala tenía dos plantas y las paredes delineadas por estanterías, solo que Eleanor no tenía una de esas escaleras correderas superguais.

No. Eleanor tenía dos, una para cada lado más largo de la estancia.

Y Maggie tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para no empujarlas hasta un extremo y retar a Ethan a una carrera.

Se imaginó deslizándose a toda prisa frente a un millar de libros y fotos y retazos de la vida de Eleanor; como el óleo que había servido de portada para su décimo libro.

El antifaz veneciano que había salido en la película que habían hecho de su tercer libro.

Había fotos en blanco y negro colgadas sobre la chimenea, la cual estaba rodeada de butacas y sofás de asientos muy cómodos.

Salpicados por aquí y por allá podían verse algunas dagas y garrotes, hoces y escudos.

Era como si la armería del pueblo hubiese estado de rebajas y Eleanor hubiese decidido hacerse con un ejemplar de cada cosa.

Aun así, el elemento más sorprendente de la estancia era el árbol de Navidad, resplandeciente y luminoso en un rincón de la pared llena de ventanales que daban a los terrenos de la parte trasera de la mansión.

Era altísimo y perfecto, y fue como si Maggie volviera a tener ocho años y deseara que Papá Noel le trajera unos primos por Navidad.

—¡Nos has encontrado!

Ethan estaba cerca de la chimenea, con las fuertes llamas crepitando e iluminándolo a él y a Cece, que no se despegaba de él. Habían estado conversando, estrechando vínculos. Seguramente, los había pillado a un paso de prometerse en matrimonio, aunque a ella le daba igual, ¿vale? Que sí.

—¿Maggie? —Ethan la miró preocupado a la vez que se acercaba a ella.

—Sí, os he encontrado.

Ethan pasó la mirada de ella a Cece y bajó la voz para decirle:

—Margaret Olivia, no me digas que...

—No me llamo así.

—... estás celosa.

—No digas bobadas.

Maggie intentó reírse, pero lo único que oyó fue el golpeteo de un bastón contra el suelo de la biblioteca antes de que Eleanor les ordenara que la acompañaran.

Avanzó hacia ellos con los hombros en alto y la mirada bien atenta.

Era la misma Eleanor que habían visto al llegar a la mansión y no la melancólica y cansada mujer que se había encontrado en la ventana.

—Tengo que presentaros al resto de invitados.

El primero de ellos fue el sobrino de Eleanor.

—Rupert Price, encantado de conoceros.

Saltaba a la vista que lo había dicho con la boca pequeña y que no le hacía ni pizca de gracia conocerlos.

Maggie podía notarlo en cómo se negó a devolverles la mirada o a estrecharles la mano y también porque ni siquiera se tomó la molestia de disimular el fastidio que sentía al verse obligado a compartir unas fiestas que tendrían que haber sido una celebración familiar con lo que él consideraba simple gentuza (algo bastante atrevido por su parte, pues era él quien llevaba el jersey de Papá Noel).

—¿Qué hacéis aquí? —les preguntó de mala gana en cuanto Eleanor dejó de prestarles atención un momento.

—¿Cómo dices? —cuestionó Maggie.

—¿De qué conocéis a mi tía? —Hablaba con cierto tono en la voz, como si en cualquier momento fuese a ponerse a gritar «¡Intrusos en la sala!» y a llamar a los guardias.

—Ah, es que... —Maggie empezó a hablar, pero entonces un brazo, fuerte y cálido, se le posó sobre los hombros.

—Somos escritores. —Ethan se tomó su tiempo para dar un sorbo a su copa, y Rupert se tensó como solían hacer los hombres inseguros cuando tenían que enfrentarse a Ethan en todo su esplendor—. Eleanor nos ha invitado.

—Conque ahora invita a desconocidos a pasar las Navidades —dijo Rupert casi como si hablara consigo mismo. Parecía no estar seguro de si aquello era algo bueno o malo, pero, en cualquier caso, era algo que lo había pillado por sorpresa.

—¡Vosotros debéis de ser los norteamericanos!

—Una mujer que llevaba un jersey con la esposa de Papá Noel se colocó al lado de Rupert.

Llevaba un bebé apoyado en la cadera y una amplia sonrisa en los labios—.

Soy Kitty, la mujer de Rupert. —Meció al bebé y señaló a un par de niños y a una niña que estaban jugando (y chillando) unos cuantos metros más allá, todos enfundados en jerséis con motivos de elfos pequeñitos—. Y estos son nuestros pequeñajos.

—¡Se nota! —Maggie estaba encantadísima con el espectáculo.

—Ah, y esta de aquí es la yayita Davis. Era la canguro de Rupert cuando era pequeño, ¿os lo podéis creer?

Ethan le echó un vistazo a la mujer que parecía tener unos quinientos años y que dormía tranquilamente al lado del fuego.

—Qué dices...

—¡En serio! No podría hacer nada sin ella.

Tanto crío me tiene... —Kitty se distrajo con algo por detrás de Ethan—.

¡RJ! ¡Eli! ¡Eloise! —llamó a los niños, que jugaban en el extremo opuesto de la sala—.

Rupert, ¿podrías ir a echarles un ojo, porfa?

—le pidió a su marido, quien no se dio por aludido.

Rupert se limitó a beber un largo trago de su copa y a cambiar de sitio para no quedar justo al lado de Ethan, que era más alto que él.

Y más ancho de hombros. Y le sonreía a Kitty de una forma que seguramente él no había hecho en la vida.

En respuesta, su mujer se quedó allí prendada, parpadeando hasta que...

—¡Mía! —gritó un niño pequeño, mientras salía corriendo por la estancia llena de gente aferrando una...

—¿Eso de ahí es una espada de verdad? ¿Rupert? ¡Rupert! —gritó Kitty.

Mientras Rupert se terminaba lo que le quedaba en la copa, Ethan se volvió justo a tiempo para retirar la espada muy afilada y nada falsa de las manos de un niño pequeño que pasaba corriendo por ahí, gritando a pleno pulmón.

El siguiente invitado fue...

—Doctor Charles —se presentó el hombre, estrechándole la mano a Maggie.

Era el tipo de hombre que siempre quedaba atrapado en el medio.

Ni joven ni viejo, ni apuesto ni feo. Seguramente era muy majo, pero lo que más resaltaba en él era lo insulso que parecía.

Daba la impresión de estar igual de confundido que Maggie respecto a qué hacía allí, pero también como si ya se hubiese resignado a que así eran las cosas, a juzgar por cómo echaba mano de unos bocaditos de gamba que había en una bandeja.

—Otra amiga de la familia, ¿eh? Yo antes trabajaba con Kitty, es la mejor enfermera que haya tenido el gusto de conocer, pero lo dejó para dedicarse a sus hijos.

Rupert me ha invitado. Oye —llamó a Cece al verla pasar—, ¿no sabrás si aún quedan de estos?

—Señaló la bandeja vacía y Cece asintió, resignada, sin detenerse ni un momento.

David y Victoria Claymore, el duque y la duquesa de Stratford, parecían muertos de aburrimiento.

De forma permanente. Era como si alguien le hubiese insuflado vida a una revista de equitación y esta se hubiese convertido en un par de personas.

Maggie esperó lo que parecía ser una inevitable perorata sobre caballos.

Y sabuesos. Pero ambos se quedaron allí plantados en silencio, con las copas bien aferradas en sus pálidas manos.

Aunque el duque tenía una sonrisa ausente dibujada en las facciones, la duquesa miraba a Maggie como si fuese una lesión cutánea que se tuviese que eliminar sin dejar rastro.

—Entonces, ¿es la hermana de Rupert? —Maggie intentó entablar conversación. Hasta señaló al susodicho, con su jersey navideño, como si su hermana necesitara el recordatorio.

—Eh..., ¿sí? —La duquesa lo dijo como si no estuviera del todo convencida.

Justo entonces, uno de los niños sacó una daga ceremonial de una de las estanterías y oyeron a Kitty gritar: «¡Eloise!

¡No! Ven aquí y dale un beso a tu tita Eleanor.

¡Eloise!», con lo que a la duquesa parecieron entrarle ganas de cambiar su respuesta.

Por su parte, a Maggie se le había encendido la bombilla.

—Madre del amor hermoso. ¡Usted es la duquesa de Stratford y su tía es la Duquesa de la Muerte!

En su opinión, era un comentario de lo más atinado y divertido, pero el duque se limitó a mirarla, confundido y como si no terminara de pillarlo.

—No existe el ducado de la muerte —puntualizó.

Entonces él y su mujer se dieron la vuelta y se alejaron como si prefiriesen estar en cualquier lugar menos en ese.

El abogado era un joven llamado...

—Fredrick Banes III, un placer. Aunque mis amigos me llaman Freddy.

Parecía tener unos veintimuchos y hablaba con un acento británico bien marcado que hacía recordar a internados, partidos de polo y apellidos que, si bien se escribían Torpeton , se pronunciaban Randolph .

—Trabajo en el bufete Proctor, Banes y Jones.

—Un par de tarjetas de presentación se materializaron como por arte de magia—.

Pero no soy yo el del nombre, claro. Ja.

No, no, aquí tenéis a Mini-Banes. —Soltó una risa forzada—.

Mi padre y mi abuelo son los Banes oficiales.

Somos los abogados de la señora Ashley. Me alegro mucho de que hayáis llegado antes que la tormenta.

Cuando pedimos el jet , me preocupaba que no fuese el caso.

—¿Eso es algo de lo que suelen encargarse los abogados? —quiso saber Maggie.

El abogado se sonrojó.

—En PB&J hacemos lo que sea que solicite la señora Ashley. O eso me han dicho.

—Ya veo.

—¿Llevas mucho tiempo trabajando en el bufete? —inquirió Ethan.

—Casi un año. No sé muy bien qué mosca le ha picado a mi padre esta mañana para presentarse en mi oficina y decirme que me toca encargarme de Eleanor, pero...

—Entonces pareció darse cuenta de lo que estaba diciendo—.

¡Lo cual es todo un honor, claro! Esa mujer es una leyenda.

Y eso, que a todos nos llega el turno, ¿sabéis?

De embarcarnos en el peregrinaje, por así decirlo. De besar el anillo.

Tenía una mano estirada hacia los bocaditos de gamba (apenas a unos centímetros, en realidad), cuando Cece apartó la bandeja de un movimiento y dejó a Freddy «Mini-Banes» allí plantado, con cara de niño pequeño al que acaban de mandar a la cama sin cenar.

El último invitado de Eleanor era alguien que Maggie sí que conocía, al menos dada su reputación.

—Sir Jasper Rhodes, a vuestro servicio.

Era veinticinco años más joven que Eleanor y bastante menos prolífico, pero ninguna colección de misterio podía estar completa si no contaba con al menos una obra de sir Jasper.

Maggie siempre había creído que los rumores eran algo muy exagerado, pero no era el caso.

Con sus casi dos metros, sir Jasper era incluso más alto que Ethan y tenía una barriga ligeramente pronunciada, aunque, por sorprendente que pareciera, eso no era lo que más llamaba la atención de su persona.

No cuando el hombre se había presentado en aquella fiesta enfundado en una larga capa negra y una gorra de cazador de ciervos.

Maggie no sabía decir si sir Jasper se inclinaba más por el rollo de «superhéroe que acaba de colgar la capa» (la metafórica, no la que llevaba puesta) o si lo que pretendía era hacer cosplay de El sabueso de los Baskerville .

Siempre había pensado que la figura de sir Jasper era todo un artilugio, una puesta en escena, pero el hombre se mostró muy sincero al dedicarle una reverencia de lo más galante y dejar el más ligero de los besos sobre sus nudillos.

—Llevo muchísimo tiempo soñando con el día en que por fin besaría la mano de la espléndida Margaret Chase. Es todo un honor. Una maravilla. Un...

—Un poco pegajoso, ¿no? —farfulló Ethan.

—¿Cómo dice? —preguntó sir Jasper.

—Digo que eso es un poco peligroso. —Ethan apartó la mano de Maggie de la de sir Jasper—. Que acabamos de bajarnos de un avión, hombre. Con la de gérmenes que hay.

—Pero me he lavado las manos —se defendió Maggie en voz baja.

—Mejor prevenir que curar —rezongó Ethan, arrastrándola hacia el otro lado de la sala.