Maggie
Maggie
—Llegas dos minutos tarde a mi fiesta.
Maggie se detuvo de golpe en las escaleras, con la respiración entrecortada e intentando ponerse los pendientes aún. Por un instante, le pareció que estaba alucinando, pero entonces vio a Eleanor en el vestíbulo escaleras abajo, cerca de una ventana y observando la entrada.
—Lo lamento muchísimo. Solo pretendía echarme una cabezadita, pero se me han pegado las sábanas y...
Un momento. ¿Podía decir que se le habían pegado las sábanas si lo que había en la cama eran mantas?
No lo sabía. ¡Maggie no sabía nada de nada!
Pero, si se había equivocado, Eleanor no lo había notado.
O no le importaba. De hecho, ni siquiera se había dado la vuelta, sino que seguía mirando por la ventana, y Maggie procuró avanzar sin hacer ruido, como si Eleanor estuviese sonámbula y no quisiera arriesgarse a despertarla.
—Muchas gracias por invitarme. Tiene una casa... —«¿Enorme? ¿Igual de intimidante que usted?»— preciosa y...
—Más vieja y descomunal de la cuenta, sí.
Además de cara, muchísimo más de lo que vale en realidad.
Justo como su dueña. —Eleanor no le sonrió ni se echó a reír, y Maggie no supo qué contestar mientras veía a su ídolo empañar el frío y oscuro cristal de la ventana con su aliento—.
Pero es tranquila. Y yo aprecio mucho la tranquilidad.
Maggie recordó el largo trayecto en coche y los campos despejados; más de ocho mil hectáreas desprovistas de vecinos y farolas. En una noche despejada, seguro que se podían ver miles y miles de estrellas.
—¿Sabías que nací en una casa con suelos de tierra, Maggie?
En las biografías les gusta mencionar lo pobres que éramos, pero nunca describen ese detalle.
Una pena, la verdad, porque es información muy interesante.
Mi madre tenía dieciséis años cuando sus padres la echaron de casa, así que prácticamente estaba de okupa en una choza de mala muerte...
Y lo único que sabía escribir era su propio nombre.
—Seguro que estaba muy orgullosa de usted.
Fuera, las luces del porche iluminaban los copos de nieve al caer y hacían que el cielo pareciera salpicado de unas motitas blancas. El viento aullaba y la casa soltaba varios crujidos, pero Eleanor Ashley parecía más fuerte que todo ello. Como una fuerza de la naturaleza.
—Me alegro de que hayáis llegado antes de que empezara el mal tiempo. Esta tormenta va a ser algo intensa. —Hablaba como si estuviera a kilómetros de distancia, perdida en sus propios pensamientos hasta que, finalmente, agregó—: No contaba con esta tormenta, la verdad...
—Perdone, señora. —Maggie se volvió y vio a James bajo un umbral de arco redondeado—. El inspector Dobson al teléfono. Dice que es probable que no llegue hasta mañana por la mañana.
—Hablaré con él. —Eleanor se volvió y, por primera vez, miró a Maggie a la cara—. Tú ve a la biblioteca, querida. Ahora voy. —Respiró hondo con algo de dificultad, como si se estuviera preparando para sumergirse en un lago de agua congelada—. Será mejor que empecemos con esto de una vez.
Y Maggie no pudo evitar preguntarse: «¿Empezar con qué?».