Maggie
Maggie
—¿Sabes? No deberías estar durmiendo después de un vuelo nocturno.
La voz era demasiado grave como para ser la de Colin. Demasiado cálida y cercana y...
—¡Ethan!
Estaba tumbado en la cama a su lado, con su barbilla masculina apoyada en una mano abierta.
—No por nada llaman al desfase horario el asesino silencioso.
—Nadie lo llama así.
Intentó apartarse el pelo de la cara. Cuando eso no funcionó, intentó empujarlo a él de la cama, pero el tío era como una de esas estatuas griegas: completamente vestido, pero tan sólido y pesado como si lo hubiesen tallado en piedra.
—¿Qué haces en mi habitación?
Tenía la boca seca, le pesaban los párpados, y por la ventana no entraba nada más que oscuridad. No tenía ni idea de qué hora era. Lo único que sabía era que Ethan Wyatt estaba en su cama y que ni siquiera eso podía considerarse la parte más rara de su día.
—He llamado a la puerta —le dijo él como si nada.
—Tendrías que haber...
—He llamado a lo bruto —la interrumpió él—. Y varias veces. Pero nada.
¿Se habría tragado una madeja de lana? ¿Era eso algo que acostumbraba a pasar en Inglaterra?
—¿Qué...?
—Son casi las seis —le informó Ethan—. Y a Eleanor no le gusta...
«Porras». Maggie volvió a echar un vistazo por la ventana como si fuese un reloj, pero sabía que Ethan tenía razón.
Parecía que llevaba horas dormida, tenía los ojos legañosos, la garganta como si se la hubiese atiborrado de lana y seguía con su jersey tortilloso y ni pajolera idea de qué se debía poner una para ir a beber unos cócteles con Eleanor Ashley en su biblioteca.
Salió disparada de la cama, hacia el par de maletas gigantescas que había a un lado de la puerta.
—Me he tomado la molestia de meterlas en la habitación. —Ethan parecía muy satisfecho consigo mismo—. De nada.
Por suerte, Maggie había preparado varias opciones.
Muchísimas, de hecho. Todas las opciones habidas y por haber, solo que, mientras abría la maleta más grande, se percató de que no podía moverse.
Valiosos segundos corrieron e Ethan seguía sin marcharse de su habitación, y Maggie vio su expresión confundida reflejada en el espejo.
—¿Qué pasa? —inquirió de mala gana, a la espera de que le soltara alguna pullita, pero él se limitó a negar con la cabeza.
—Nada. Es que creía que eras de las que solo viaja con una maletita de nada y no... —Hizo un ademán hacia sus maletas gigantescas.
—Eso era antes —dijo ella, aún sin poder moverse.
—No sabes qué ponerte, ¿verdad? —Le dedicó el tipo de sonrisita que decía que la tenía calada, que la conocía como a la palma de su mano. Que era imposible que pudiera guardar ningún secreto.
De modo que Maggie se volvió hacia él de sopetón.
—No. ¡No tengo ni la menor idea de qué ponerme para tomar unos cócteles navideños con Eleanor Ashley!
Abrió los brazos en señal de desesperación, echó mano de su neceser y del vestido negro más sencillo que tenía y luego salió corriendo hacia el baño para cambiarse, porque sin duda eso le llevaría menos tiempo que echar a Ethan de la habitación.
—¡Técnicamente, serán unos cócteles de la víspera de la víspera de la víspera de Navidad! —exclamó él desde el otro lado de la puerta.
—¡Vete ya! —contestó ella a voz en grito.
—Vas a necesitar que te ayude con la cremallera —dijo Ethan, al tiempo que Maggie se echaba algo de agua en la cara y se aplicaba un pegote seco de máscara de pestañas.
El maquillaje se le despegó de las pestañas, se le metió en los ojos y solo le quedaban veinte segundos para cepillarse los dientes.
Pero lo peor llegó cuando se puso el vestido sobre la cabeza y recordó por qué llevaba un año sin ponérselo. En primer lugar, porque casi ni había salido de su piso, pero también porque...
Recordaba haber estado en un probador y ver a Emily poner los ojos en blanco.
—Ven, que te ayudo, las cremalleras siempre se te han dado fatal.
—Maggie se dio la vuelta, pero Emily le buscó la mirada en el espejo—.
Tú asegúrate de ponértelo cuando Colin esté en casa para ayudarte.
Y que no se limite a bajártela y ya —le había dicho Emily guiñándole el ojo de forma muy exagerada.
Maggie no podía ponerse ese vestido. Ni siquiera podía abrocharse ese vestido. Pero entonces una voz exclamó desde el otro lado de la puerta:
—¡Margaret Lavinia, que llegamos tarde!
Entonces se retorció al tiempo que giraba y, «¡Ay!», se dio en el codo con el marco de la puerta, todo ello mientras procuraba ignorar la vocecita interior que le decía que en realidad no tenía más remedio.
—Venga, Margaret Eugenia.
A regañadientes, Maggie abrió la puerta y vio a Ethan quedarse mudo al verla.
Apenas le había dado tiempo a recogerse el cabello en un moño y aplicarse un poco del único pintalabios que tenía, uno llamado Casquivana que le había tocado a Emily en una bolsita de regalo en la Semana de la Moda de Milán.
Siempre le había gustado el color, pero, por cómo la miraba Ethan, seguro que se había pintarrajeado los dientes o algo.
Tampoco tenía ganas de reconocer que tenía razón con lo de la cremallera.
Antes muerta. No obstante, sí que se las arregló para volver a la habitación y darse la vuelta.
Esperó a que llegaran las bromas sobre lo nada sexi que era su sujetador o que tenía un par de pecas en la espalda que tenían toda la pinta de ser un par de pezones diminutos, pues Colin solía vacilarla mucho por ello.
¿O quizá lo que hacía era burlarse de ella?
Ya no estaba segura de cuál era la diferencia, pero resultó que Ethan no le dijo nada.
Se limitó a estudiar su expresión en el espejo, y cuando Maggie le devolvió la mirada, le pareció que no reconocía al Ethan que no dejaba de mirarla.
No había ni pizca de burla ni provocación en su expresión, ninguna sonrisa demasiado guay, demasiado ingeniosa, demasiado encantadora.
Era como si se le hubiese caído la careta por un instante y tuviese frente a ella al «Ethan de verdad», en lugar de al «Ethan el de la Chaqueta de Cuero».
Y durante ese mismo instante, a Maggie se le olvidó respirar.
—Te va a adorar, ya verás. —Un dedo muy cálido le resiguió la línea de la columna.
Ethan la miraba como si la conociera, como si llevara la vida entera conociéndola.
Mejor que Colin, mejor que Emily. Mejor que ella misma, incluso.
Y lo único que pudo hacer Maggie fue quedarse allí plantada conforme un segundo daba paso a otro.
Y a otro más. Hasta que el corazón le dejó de latir y sentía que le iban a fallar las piernas.
Pero entonces dejó de tocarla, el momento pasó, y Maggie vio cómo volvía a ponerse la careta.
Vio al personaje volver a la vida—. Además, este vestido te hace unos pechos precio...
—Cremallera —ordenó ella.
Ethan se la cerró sin decir nada más y Maggie volvió a encerrarse en el baño con un portazo.
—¿Quieres que te espere? —preguntó él desde la habitación.
Sin decir nada, Maggie volvió a abrir y señaló la puerta.
—Vale, te espero abajo entonces.