Crimen antes de Navidad Maggie
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Maggie

Maggie

El inspector William Dobson de la Policía se había quitado su enorme abrigo y la nieve y el hielo se le habían derretido en la barba, con lo que se había quedado ligeramente húmedo y bastante desgreñado a medida que se acomodaba frente al fuego encendido de la biblioteca.

Llevaba las perneras mojadas y cubiertas de barro y, tras apoyar la pierna herida sobre un taburete y quitarse la bota, reveló un tobillo de tonalidades moradas y azules y el doble de grande de lo que debía ser.

En resumen, era un hombre al que le había tocado sufrir un día de perros, y no cabía duda de que su suerte no iba a mejorar precisamente mientras estaba allí sentado, con la vista clavada en Maggie e Ethan.

—¿Por qué cree que alguien le estaba disparando?

Y allí lo tenía. Nada de presentaciones, cháchara insustancial ni un mínimo de tacto. Fue como si le volcaran un cubo de agua fría sobre la cabeza, y Maggie miró a Ethan de refilón, como si las últimas veinticuatro horas hubieran sido un sueño.

—¿Señorita Chase? —la instó el inspector Dobson.

—Perdone. —Sacudió la cabeza—. ¿Se refiere a por qué alguien decidió ponerse a disparar o por qué me escogieron a mí en particular? —El inspector se quedó callado y Maggie siguió parloteando—. Porque de lo primero no tengo ni idea, pero lo segundo es bastante obvio, diría yo. ¿O eso creo?

No le gustó nada terminar la oración en forma de pregunta, la incertidumbre que se asomaba en su voz.

Maggie era una adulta. Maggie era una profesional.

Pero, por encima de todo, Maggie era una persona muy asustada.

Y necesitaba que alguien le dijera que todo lo que había pasado era real y que no se lo había inventado y...

—Más que obvio, sí. —La voz grave de Ethan puso fin al silencio.

Y eso no le gustó nada a Dobson; Maggie lo notó por la forma en que se reclinó en su asiento y entrelazó las manos sobre la barriga. Parecía el tipo de hombre que bien podría haberse jubilado hacía cinco años si no le espantara la idea de que alguien lo instara a buscarse un pasatiempo.

—Digamos que yo no veo la obviedad.

—Es que... Iba vestida con el abrigo y el gorro de Eleanor —le contó Maggie—.

Estaba nevando y no se podía ver con claridad.

De lejos, bien podría haber dado la impresión de que era Eleanor.

—Le echó una miradita a Ethan, con la esperanza de que se pusiera a hablar de rifles Remington y de que era el que solía hacer de escudo humano, pero este tenía la vista clavada en Dobson—.

Alguien me ha intentado disparar porque quiere matar a Eleanor.

Dobson movió la pierna herida e intentó disimular su incomodidad. «Este no se va a dejar convencer», pensó Maggie. Parecía de los que ni se dignaban a pedir direcciones cuando se perdía.

—Hasta donde sabemos, Eleanor solo ha desaparecido. ¿Qué la hace pensar que alguien intenta matarla?

—Pues que sir Jasper no se ha envenenado él solito, ¿no?

Le daba la impresión de que eso debía resultar obvio, pero el inspector Dobson se limitó a volverse hacia la bandeja que tenía en una mesita cercana y se puso a examinar la caja de tés como si estuviese en un restaurante de los caros.

Como si casi no se le hubiese parado el corazón a un hombre aquella misma tarde con una bandeja casi idéntica a la que tenía justo frente a él.

—¿Y qué la hace pensar que sir Jasper ha sido envenenado? —El inspector parecía casi distraído.

—Ah, es que... —Maggie observó a Dobson mientras añadía unas hojas de té a la jarra de agua caliente y esperaba a que cargara—. ¿Seguro que quiere beberse eso?

—Dice que Eleanor estaba llevando a cabo una especie de... —Dobson fue pasando las hojas de una libreta que parecía bastante anticuada— prueba.

Maggie bajó la vista a sus manos.

—No, eso fue error mío.

—¿Por qué lo dice? —Dobson desvió su atención a las galletitas, pero Maggie se sintió como el agua de la jarra, rebosante de vapor pero sin llegar a hervir.

—Porque una prueba no dejaría a sir Jasper inconsciente en la segunda planta.

Una prueba no haría que alguien me disparase en el jardín.

—En aquella ocasión, su respuesta no le sonó a pregunta.

Eran hechos, no opiniones ni teorías ni maquinaciones disparatadas—.

Eleanor ha desaparecido, inspector. Y cada minuto que pasemos aquí sentados es tiempo que desperdiciamos sin buscarla.

O a quien sea que esté intentando matarla.

Dobson alzó la jarra para servirse el té.

—¿Y no a quien sea que haya intentado matar a sir Jasper?

—Es la misma persona —dijo Maggie, haciendo acopio de toda su paciencia—. No tiene sentido que alguien quiera hacerle daño a Eleanor y también matar a sir Jasper. La bandeja estaba en su despacho...

—¿Por qué cree que el veneno estaba en la bandeja del té?

Maggie quería ponerse a gritar de pura frustración.

—Puede que no fuera así —concedió—. A lo mejor sir Jasper solo la tenía cerca cuando cayó al suelo y la tiró sin querer o...

quizá lo envenenaron en algún otro lugar o momento.

Igual ni siquiera han intentado envenenarlo.

Pero no lo sabremos hasta que lo saquemos de aquí y le hagan todas las pruebas necesarias.

Hasta entonces, creo que deberíamos considerar el supuesto de que, quizá y solo quizá, alguien ha intentado darle un veneno letal a una mujer que sigue desaparecida y que alguien ya ha intentado matar.

Por su parte, Dobson se limitó a sonreírle por encima del borde de la taza.

—Qué gracioso —dijo, casi entre risas.

—¿Se lo parece?

Maggie había empezado a dar golpecitos con el pie, pum, pum, pum, sobre el entarimado.

Aún tenía los vaqueros mojados por la nieve y la tela húmeda le constreñía las pantorrillas.

Quería ir a cambiarse. Quería salir corriendo.

Vibrar hasta escapar de su propia piel. Y quizá lo habría hecho de no ser por la gran y musculosa pierna que empezó a hacer presión contra la suya hasta conseguir que se quedara quieta.

—Dice que se trata de un veneno letal, pero sir Jasper sigue vivo. —Dobson le dedicó una sonrisa en la que le mostraba todos los dientes, la versión sin palabras para decir «¡te he pillado!»—. ¿Qué me dice sobre eso, jovencita?

—Le digo que el nombre en latín de la dedalera es digitalis , ¿lo sabía, inspector? Digitalis . ¿Le suena? Es un medicamento para el corazón. El trébol de olor es un anticoagulante. El beleño negro se puede usar para tratar el párkinson.

—No soy más que un policía de pueblo, señorita Chase. Va a tener que...

—La diferencia entre lo que consideramos veneno y medicina es la dosis —terminó Maggie con voz más firme—. Y lo sé porque lo leí a los catorce años. En ese libro de allí. —Señaló el ejemplar de Ocaso en el vivero que había en lo alto de la estantería de Eleanor.

Tendría que haber sido obvio, pero Maggie lo dijo de todos modos.

—Sir Jasper es un hombre muy grande, así que no, el veneno no lo ha matado, pero...

Tenía mucho frío. Estaba helada y cansada de tener que cargar con tantísimo peso. Sin ningún respiro. Llevaba con él a cuestas desde los dieciocho años y se moría de ganas de dejarlo a un lado. Pensaba hacerlo. En cuanto pudiera lograr que el inspector comprendiera que...

—Habría matado a Eleanor —dijo la voz grave a su lado.

Maggie dio un respingo, sorprendida por la voz, la calma absoluta de la misma y la certeza de que, en algún momento de los últimos diez minutos (o quizá de los últimos dos días), había empezado a apoyarse en Ethan Wyatt.

De forma literal y también figurada. Había apoyado el brazo sobre el respaldo del sofá, sin llegar a tocarla precisamente.

Pero el gesto hacía que se sintiera respaldada, protegida y nada sola.

Tendría que darle más vueltas luego, quizá echarse una lloradita de unas cuantas horas o días, pero aquel no era el momento ni el lugar, no con Eleanor en paradero desconocido y sir Jasper luchando por su vida y el inspector Dobson sentado frente a ellos, fulminándolos con la mirada.

No quedaba rastro alguno del caballero bonachón que se había sentado frente al fuego para entrar en calor cuando les dijo:

—Pues se me ocurren un par de candidatos que se beneficiarían muchísimo de que tanto Eleanor Ashley como sir Jasper Rhodes pasaran a mejor vida. Y los tengo delante de las narices.

—Qué tonterías dice —respondió Maggie, justo a la vez que Ethan murmuraba:

—Pues sí, tiene su lógica.

Se volvió de golpe, pero Ethan se limitó a presionar con más firmeza la pierna contra la suya.

Dobson envolvió la tacita con sus grandes manos.

—Continuar con la saga que Eleanor está escribiendo... ¿Cuánto creen que valdría algo así?

—No veo qué tiene que ver eso con... —empezó Maggie, a la par que Ethan contestaba:

—Millones.

Maggie quería darle una patada en la espinilla, pero Dobson no les estaba prestando atención.

O le daba igual. Estaba demasiado ocupado bebiéndose el té e intentando decidir si debía comerse otra galletita o no.

Era como si estuviesen en medio de un evento social, una simple visita.

Ni siquiera los estaba mirando cuando les comentó:

—Eleanor adquirió esta casa hace cuarenta años, ¿lo sabían? Apenas unos meses después de que me uniera al cuerpo de la Policía.

Recorrió la mirada por la estancia: hacia las altas estanterías y el fuego encendido, el árbol de Navidad más bonito del mundo y las ventanas cubiertas de escarcha, como si no hubiera ningún otro lugar donde prefiriera pasar las Navidades.

—Por suerte no solemos sufrir muchos crímenes, pero una jovencita había desaparecido.

Mi padre era el inspector al mando por aquel entonces y no creía que fuese a ser capaz de resolver el caso, ¿saben?

Pero yo quería demostrarle que se equivocaba, así que vine a visitar a nuestra autora recién llegada con uno de mis compañeros.

Imaginaba que la gran Eleanor Ashley habría presenciado muchísimos más crímenes que nosotros dos juntos, por mucho que los suyos fuesen ficticios.

Y fue así como un día nos presentamos para pedirle consejo.

Soltó una risita al recordarlo.

—No me imagino qué pintas tendríamos, un par de jovenzuelos aún verdes que se creían policías.

Pero Eleanor era toda una dama, muy amable ella, y se sentó con nosotros a darle vueltas al caso.

Nunca llegamos a resolverlo, pero de tanto en tanto nos invitaba a tomar el té para hablar de nuestros casos, tanto de los suyos como de los nuestros.

Entonces dejó la taza sobre la mesa y se inclinó hacia delante, y fue como si todas las ventanas se hubiesen hecho añicos de tanto que bajó la temperatura en la estancia. Y tan rápido.

—Eleanor Ashley es amiga mía.

—En ese caso, ¿piensa buscarla o detenernos? —preguntó Maggie.

Hizo falta unos segundos para que la expresión del inspector cambiara, para que sus labios se curvaran en algo que no llegaba a ser del todo una sonrisa, sino un reto.

—¿Y quién dice que no puedo hacer ambas cosas?

Y esa fue la gota que colmó el vaso para Maggie. Le podía el cansancio, la preocupación y el frío. Tantas emociones le circulaban por el cuerpo que le pareció que iba a venirse abajo antes de llegar a la línea de meta.

—Le digo que...

—¿Hemos terminado? —quiso saber Ethan.

—Pues mire...

—Hemos terminado —repitió, para luego ponerse de pie y llevarse a Maggie de la habitación.