Maggie
Maggie
No fueron a la biblioteca ni a la cocina ni a sus habitaciones.
Nadie se puso a comer, a charlar ni a moverse.
Todos se quedaron allí, entre la puerta principal y la base de las escaleras, en aquel espacio vacío, amplio y abovedado que a Maggie le había parecido una catedral la primera vez que lo vio.
En aquel momento, era tan silencioso como una tumba.
Era el mismo lugar en el que, la noche anterior, le había dicho a Ethan que no lo conocía.
Entonces comprendió que eso no era cierto.
Porque ella conocía a una versión de Ethan, uno que era todo tranquilidad y sonrisas encantadoras, el equivalente humano de un té helado en un día de verano, fresco y ligeramente más dulce de la cuenta.
El hombre que se encontraba a su lado en aquel momento era como el café solo.
—¿Y si era cianuro? —La voz del duque interrumpió el silencio.
—¿Cómo dice? —preguntó Ethan.
—Pues... —El duque señaló a Maggie—. ¿Cómo va a saber ella con qué lo han envenenado? Podría ser cianuro. ¿Alguien ha notado olor a almendras? El cianuro huele a...
—No es cianuro. —Ethan exhaló, cansado.
—¿Cómo lo...?
—Porque ya estaría muerto si lo fuera —dijo la duquesa como si nada.
Un escalofrío recorrió a Cece y se rodeó con los brazos. «Está en shock », le facilitó a Maggie una parte de su cerebro. Llevaba una diadema con detalles de copos de nieve y acababa de encontrar a un hombre tirado en el suelo, pues claro que estaba entrando en shock .
Solo que antes de que Maggie pudiera decir algo, oyeron pasos en lo alto de las escaleras.
—¿Y bien? —le preguntó Ethan a Freddy Banes, quien se detuvo en el rellano.
—Nada. No hay señal. He intentado de todo y no he podido... —El abogado dejó la frase en el aire, casi sin aliento—. Nada de nada.
—Vale. —Maggie sintió que alguien le apoyaba una mano en el brazo, la bajaba hasta acomodarla en la suya y tiraba de ella—. Quedaos aquí. Vamos a ir a ver si encontramos algo más resistente que un Rolls Royce en el garaje.
El duque dio un paso adelante.
—Yo he venido con mi Range Rover, ¿por qué lo preguntas?
—Porque, si no podemos pedir ayuda, vamos a tener que llevar a sir Jasper al hospital nosotros mismos e ir a buscar a la Policía —explicó Ethan, como si esperara que todo el mundo le siguiera el ritmo sin tener que pararse a dar explicaciones.
—¿Y se puede saber por qué tendríamos que involucrar a la Policía? —preguntó Rupert.
—¡Porque alguien ha envenenado a sir Jasper! —Ethan aferró la mano de Maggie con más fuerza.
—Mira, ya estoy harto de semejantes tonterías. No hay manera de saber... —Rupert se estaba poniendo colorado—. Esta de aquí dice que es experta en venenos y pretende...
—Sí que es experta en venenos.
Maggie no sabía si darle las gracias a Ethan o pedirle que cerrara el pico.
Tenía cero ganas de ponerse a explicar que sus conocimientos sobre venenos se debían a que escribía libros sobre un gato con la habilidad de reconocerlos con el olfato.
Y, todo fuera dicho, Maggie quería equivocarse.
Quería que sir Jasper simplemente hubiera perdido el conocimiento por pasarse de copas y no...
—No pienso tolerar semejantes sandeces en mi casa —declaró Rupert, a lo que Maggie sintió que le pitaban los oídos.
—Estamos en casa de Eleanor y sigue desaparecida. Sir Jasper apenas tiene pulso y...
—Sir Jasper ha sufrido un infarto —insistió Rupert.
—Es posible. —Ethan soltó una carcajada carente de alegría y avanzó un centímetro hacia Rupert—. Pero alguien ha intentado disparar a Maggie en el jardín, así que me vas a disculpar si no quiero quedarme con los brazos cruzados mientras espero a ser el siguiente.
Nadie se había visto venir eso último. Hasta Maggie casi lo había olvidado.
—¡Ay, no! —exclamó Cece—. ¡Te han disparado! ¿Estás bien?
—No son más que patrañas —dijo Rupert, restándole importancia—. Si esperas que nos creamos...
—Tú cree lo que quieras —dijo Ethan, tirando de Maggie hacia el pasillo que conducía a la cocina y (probablemente) al garaje—. Pero nosotros vamos a meter a sir Jasper en un coche apenas sea capaz de resistir el viaje y volveremos con...
Las puertas se abrieron de par en par y dejaron pasar una ráfaga de nieve y viento helado.
Un destello de luz iluminó la estancia en penumbra, y Maggie tuvo que entornar los ojos para soportar el brillo excesivo mientras una sombra ocupaba la puerta entera.
Un enorme abrigo se agitó con el viento y una voz estruendosa declaró:
—¡Feliz Navidad!
La sombra dejó escapar una risa grave y ronca y, por un instante, Maggie consideró si a lo mejor tenían a Papá Noel frente a ellos.
—Menos mal que he conseguido llegar... —El hombre avanzó con torpeza por el vestíbulo y cerró de un portazo.
Parecía algo incómodo y la nieve le salpicaba la barba canosa, pero eso no impidió que sonriera al añadir—: Espero que no tengáis intención de marcharos; el puente de las narices ha decidido venirse abajo justo cuando terminaba de cruzarlo.
Y luego el coche se me ha quedado atascado en una zanja y he tenido que recorrer casi dos kilómetros andando.
He pisado un agujero... Me he caído de culo...
—Cojeó un poco al avanzar—. Así que disculpa la tardanza, Eleanor querida, pero es como si tú misma me hubieras escrito semejante entrada triunfal.
Buscó en derredor a la persona que no iba a encontrar.
—En fin, ¿qué me he perdido?