Crimen antes de Navidad Epílogo. Maggie
36%

Epílogo. Maggie

Epílogo

Maggie

Un año después

Sí que fueron a un lugar calentito a pasar las Navidades, solo que el hombre que le cogía la mano parecía tan fresco como la brisa que soplaba desde las aguas azules y oscuras.

Se trataba de una isla griega diminuta, con calles angostas y colinas empinadas, casas de estuco blanco y vistas al mar.

Si no hubiera sido por los villancicos acompañados de estática que salían de una vieja radio por la ventana de algún vecino, Maggie hasta se habría olvidado de ponerse nerviosa.

Era la primera vez en quién sabía cuánto tiempo que no se había pasado el año entero preocupándose por la llegada de diciembre. Probablemente, porque no le había dado tiempo, aunque lo más seguro era que fuera por el hombre que tenía a su lado.

Unas gafas oscuras le cubrían los ojos y se había puesto una camisa de lino remangada hasta los codos, con lo que sus antebrazos quedaban a la vista, así como su nuevo tatuaje.

—Aún no me creo que hayas hecho algo así.

—¿Por qué no? —Levantó el brazo y se echó un vistazo al pequeño círculo con la frase «De la biblioteca privada de Margaret Elizabeth Chase»—. Yo no tengo portadilla. ¿Qué otra cosa podía hacer?

—Eres de lo que no hay. —Tenía que dejar de sonreír, lo único que ganaba con eso era alentarlo a hacer más locuras.

—¡Lo sé! Pero no tienes escapatoria... —Columpió sus manos unidas y se quedó pensando unos segundos antes de añadir—: Loralee.

Maggie casi se tropezó ella sola.

—¿Qué acabas de decir?

—Loralee. Shayne. —Pronunció las palabras despacio, enunciando cada sílaba mientras Maggie tragaba con dificultad.

—No sé de quién me hablas, perdona.

—¿En serio? Porque el labio que siempre te muerdes cuando mientes dice lo contrario. —Maggie dejó de mordérselo de inmediato, pero era demasiado tarde. Porque Ethan lo sabía. Y vaya si se lo iba a hacer pagar muy caro—. Te dije que iba a descubrir el cuarto seudónimo.

—No tengo más seudónimos.

—¡Romances de monstruos, Maggie! Ya sabía que tenías un libro gua...

—No vamos a hablar del tema.

—Ten por seguro que vamos a hablar del tema. —Tiró de ella para atraerla contra su cuerpo y susurrarle al oído—: Más tarde. Lo vamos a hablar más tarde con —un beso— todo lujo —otro beso— de detalles.

—¿Cómo lo has...? Dime cómo.

—Es un anagrama de Eleanor Ashley. —La miró como diciendo «que no soy tonto, vamos». Y entonces la sonrisa se borró de su rostro de un plumazo y el dichoso Ethan Wyatt casi pareció avergonzado al admitir—: Eso y que reconocería tu pluma en cualquier lado. Tú eres mi Eleanor.

—Vaya. —Le acomodó el cuello de la camisa por mucho que no le hiciera falta—. Como sigas diciendo ese tipo de cosas, vas a hacer que me enamore de ti.

—¿Me lo prometes?

Ya estaban en mitad de beso cuando le sonó el móvil.

—¿Deborah? —intentó adivinar Ethan—. No le habrás dicho dónde estamos, ¿no?

—¡Claro que no! —Maggie seguía rebuscando en el bolso—. Seguro que quiere saber si voy a escribir una reseña para el nuevo libro de sir Jasper o no.

—¿Y lo vas a hacer?

—Esto... Va sobre un detective al que envenenan en una fiesta en una casa de campo, muere y luego vuelve como un fantasma para resolver su propio asesinato. Se llama El espectro inspector . ¿Tú te crees que no voy a reseñar algo así?

Ethan se echó a reír y le dio la razón justo cuando Maggie encontraba el móvil.

—No es Deborah —le dijo, mostrándole el aparato.

Duquesa: Contadme cómo va todo, por favor. Y, si la encontráis, decidle que... sigo aquí. Lista para jugar.

De pronto, a Maggie se le aceleró el corazón por lo que estaban a punto de hacer. Iban a hacerlo. Estaban a punto de...

—Te va a adorar. —La mano que le sujetaba la suya le dio un apretoncito—. Ya verás.

Eran las mismas palabras que le había dicho hacía un año, mientras la ayudaba a cerrarse la cremallera de un vestido, la miraba a los ojos y leía en su alma lo que de verdad necesitaba que le dijera. Por aquel entonces había tenido razón.

—Pero ¿y si nos hemos equivocado? —Casi no consiguió articular las palabras—. ¿Y si no está aquí? ¿Y si...?

Ethan la interrumpió con un beso.

—Pues seguiremos buscando. Pero no nos hemos equivocado —le dijo, desviando la mirada hacia un punto detrás de su hombro.

—Pero ¿cómo vas a saber eso? ¡Si el mundo entero se ha pasado un año buscando a Eleanor Ashley! Los mejores detectives del planeta y los más chiflados de internet. ¿Cómo puedes plantarte ahí tan tranquilo y decirme que la hemos encontrado?

Ethan no le respondió. Se limitó a sonreírle al tiempo que una voz alta y clara le llegaba con el viento al decir:

—Porque está justo detrás de ti.

Había pasado un año desde el día en que Maggie se volvió para encontrarse a Eleanor Ashley esperándola en los escalones de entrada de la Mansión Muérdago, y la mujer ya no parecía ser la Duquesa de la Muerte.

Se había mudado a una casa pequeñita con paredes de estuco blanco y ventanas abiertas de par en par.

Unas cortinas finísimas ondeaban al viento mientras Eleanor los conducía hacia el interior y pasaban frente al bastón que colgaba en una pared, pues su dueña ya no necesitaba hacer uso de ninguna daga.

—¡Mira quiénes nos han encontrado al fin!

Maggie e Ethan intercambiaron una mirada y un «¿nos?» en voz baja, justo cuando James llegó desde el patio.

—Te dije que no iban a tardar en llegar. —James le dio un suave beso a Eleanor—. Supongo que deberíamos ponernos ya con la cena, ¿verdad, Ellie?

«¿Ellie?», volvieron a articular los dos en silencio.

Por su parte, Eleanor no había apartado la vista de Maggie en ningún momento.

—¿Te importaría ir avanzando tú, amor? Me gustaría mostrarles las vistas a nuestros invitados.

El patio no era muy grande, con plantas que trepaban por unas celosías y el lateral de la casa, una especie de toldo hecho a base de enredaderas y unas flores rojas que ocultaban la casa del resto del mundo.

Eleanor parecía totalmente en paz bajo la luz que se colaba por las plantas.

—Son flores de buganvilla —explicó, acariciando un suave pétalo rojo—. Y sí, algunas partes pueden llegar a ser venenosas, pero que ese detalle quede entre nosotros.

Volvió su atención hacia el brazo de Ethan, el cual descansaba tranquilamente sobre los hombros de Maggie.

Sus labios se tensaron y un brillo llegó a sus ojos azules, pero Eleanor Ashley jamás tendría el atrevimiento de sonreír, no.

Se trataba de una mirada que decía «pero ¿qué tenemos aquí?

» y «ya lo sabía yo» y también «de nada, por cierto», todo a la vez.

Y, por enésima vez, Maggie pensó que no solo le debía su trayectoria profesional a esa mujer.

Se lo debía todo. Pero, más que nada, tenía que darle las gracias por él.

—Y bueno... —Eleanor alzó una ceja.

Maggie había pasado un año entero pensando en aquel momento, quería hacer miles de preguntas, decir miles de cosas. Sobre el sello que había estrenado y los libros nuevos. Sobre su vida privada y sentimental y cómo el mundo parecía haber perdido la cabeza más que nunca por ella.

Quería preguntarle si era feliz. Si todo había valido la pena.

Quería darle las gracias.

Pero lo único que pudo decir fue...

—¿Cómo lo hizo? ¿Cómo salió del despacho si estaba cerrado?

Ethan se rio por lo bajo, pero Maggie ni siquiera se animó a regañarlo, no con Eleanor justo ahí, con la brisa agitándole el cabello y una sonrisa llena de travesura tirándole de los labios.

Había desaparecido en medio de una tormenta de nieve, pero había renacido bajo el sol y no cabía ni la más mínima duda de que en el mundo jamás iba a haber otra como ella.

Así que quizá fue lo mejor que Eleanor se limitara a encogerse de hombros y decir:

—Es que soy Eleanor Ashley.

Y, por alguna razón, esa respuesta bastó.

Ethan la abrazó con más fuerza y se la acercó a un lado mientras el sol se iba poniendo a lo lejos, en el mar.

Y cuando Maggie se apoyó contra él, no pudo evitar pensar que quizá hubiera algunos misterios que deberían quedar sin resolver.

Algunas preguntas que no deberían ser contestadas.

Porque a veces es suficiente con saber que uno ha sido testigo del crimen del año.

FIN