Crimen antes de Navidad Maggie
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Maggie

Maggie

Aunque el desfase horario no era ningún «asesino silencioso», eso no quitaba que fuese brutal, o eso pensaba Maggie mientras daba vueltas y vueltas en la cama tres horas después, hecha polvo pero incapaz de pegar ojo.

El reloj indicaba que faltaban nueve minutos para la medianoche cuando finalmente se levantó de la cama y salió de la habitación, donde hacía bastante fresco.

Los pasillos estaban desiertos y en penumbra, pero unos candeleros iluminaban el camino como una especie de rastro de miguitas muy lúgubres.

Ya iba por la mitad de las escaleras cuando de pronto...

—Te dije que no te durmieras después de un vuelo nocturno.

Maggie pegó un bote y casi soltó un grito.

El corazón le latía desbocado mientras bajó la vista para descubrir a Ethan, repantigado sobre el último escalón como una especie de centinela que tenía que hacer guardia, pero al que se le daba de pena porque Ethan siempre se las arreglaba para acapararlo todo. Para ser todo a la vez.

Cálido pero frío. Profesional pero desenfadado. Intimidante pero de lo más accesible. Hasta su sonrisa se las arreglaba para derrochar humildad con el toque justo de altivez al mismo tiempo.

—¿Y tú qué excusa tienes, don Protocolario de Vuelos Nocturnos?

—Menudo nombre de superhéroe más cutre.

Maggie no sonrió, pero él sí. Solo para llevarle la contraria.

Lo vio bajar la vista a la camiseta que llevaba y articular la frase que ponía: «No, no incluyo a mis enemigos en mis novelas.

Ya les gustaría ser tan interesantes». Cuando Ethan se echó a reír, le salieron esas arruguitas en torno a los ojos que conseguían que los tíos guapos se pusieran incluso más guapos, y a Maggie le entraron ganas de estar en lo alto de las escaleras solo para darle un empujón.

—Igual estoy esperando a Papá Noel —dijo él.

—Te has pasado de puntual.

Lo vio arrellanarse en los escalones cual gato bajo el sol, como si se sintiera totalmente cómodo en una mansión que no era suya. Comodísimo en su propia piel, el mundo y el lugar que ocupaba en él. Convencido de que el mundo entero lo iba a adorar porque así había sido siempre.

—Ah, es que me gusta estar preparado.

—¿Por qué? ¿También eres explorador además de miembro de los SEAL de la Marina, de la CIA y de una fuerza de élite?

Ah, sí... —Venga ya—. Y mercenario internacional, ¿no?

—Maggie pasó por encima de su pierna estirada y marchó derechita a la biblioteca, desesperada por un poco de silencio, un lugar seguro y algo que leer—. Que pases buenas noches, Ethan.

—¿Por qué no te caigo bien? —La voz de Ethan le llegó sin ninguna inflexión en medio del ambiente frío y oscuro.

—No te conozco —dijo Maggie por encima del hombro, sin molestarse en ralentizar el paso y demasiado cansada para ponerse a discutir.

—Nos conocemos desde hace cinco años. —La atajó hasta quedar delante de ella y obligarla a detenerse.

—Y durante cuatro años y medio no me habrías reconocido si nos hubiéramos cruzado por la calle.

—Pero... —Era como si la oyera, pero no pudiera comprender sus palabras—. Si hemos coincidido montones de veces.

—Y todas esas veces tú creías que me llamaba Marcie.

Tendría que haberse sentido victoriosa al ver cómo perdía la sonrisa.

La miraba como si se acabara de quitar una máscara para anunciar que en realidad era un alienígena.

Un holograma. Un fantasma. Como si no la conociera en absoluto.

Lo cual... ¡era cierto! No la conocía de nada.

Por desgracia, Ethan no parecía haber reparado en ese detalle, pues siguió intentando rebatírselo.

—Llevamos juntos casi veinticuatro horas, digo yo que...

—Y no he pasado ni un solo segundo con un hombre, sino con un personaje de redes sociales.

—Y entonces no pudo frenarse a sí misma; bajó la voz hasta adoptar lo que le parecía un tono bastante similar al de Ethan—.

Mírame, soy un encanto en un avión. Uh, estoy cañón en una limusina.

Pero mira qué ingenioso soy en... ¿Qué pasa ahora?

—dijo en tono cortante cuando él le dedicó su sonrisa de suficiencia.

—Con lo que acabas de decir entiendo que... ¿crees que estoy cañón?

La miró alzando una ceja y Maggie no pudo soportarlo más. Se adentró en la biblioteca abriendo las puertas de un tirón.

—¿Dónde estaba la espada esa? —La daga también le vendría bien—. Anda, ¿eso es una ballesta?

Alguien había cubierto la chimenea, y las llamas ardían detrás de la pantalla, con lo que sus sombras danzaban por la oscuridad.

Al otro lado de las ventanas, la nieve caía del cielo y hasta las estrellas habían dejado de brillar.

Maggie se moría de sueño y de hambre, y el reloj sonó para señalar que ya era medianoche.

Ya era 23 de diciembre.

Ya era 23 de diciembre.

Ya era...

—¿Maggie?

Se giró sobre sí misma, pero con toda aquella oscuridad le resultaba difícil ver la alfombra de un color violeta y verde oscuro, de modo que se le enganchó un pie en una de las esquinas y sintió que empezaba a caer, que iba a terminar estrellándose... directa a los brazos de Ethan.

Habría preferido terminar en el suelo. ¿Quizá caerse por un barranco? Si también se hubiese podido romper uno o dos huesos, entonces...

—Cuidado... —Su voz parecía hecha de chocolate: oscura, intensa y como una tentación de la que te arrepientes después de haber caído—. Ya te tengo.

Maggie quiso echarse a reír. O bien podría ponerse a llorar. Porque, siendo sincera, no contaba con nadie y nunca lo haría. Solo se tenía a sí misma. Y eso era suficiente. Tenía que serlo. Porque ya era...

23 de diciembre.

—Maggie.

Seguía entre sus estúpidos brazos, y él seguía mirándola con esa cara y esos ojos tan estúpidos, haciéndola creer que se preocupaba por ella. Que le importaba. Que...

El estruendo de algo al romperse interrumpió el silencio y reverberó por todas las escaleras hasta las puertas abiertas de la biblioteca.

Al principio a Maggie le pareció que lo había soñado, pero Ethan ya había salido disparado de la biblioteca y escaleras arriba, hacia el largo pasillo principal en el que Cece se encontraba fuera del despacho cerrado de Eleanor.

Había una taza y un platillo rotos en el suelo, y apenas conseguía sujetar una bandeja en los brazos.

—¡Tía Eleanor! —exclamó la joven, llamando a la puerta con el pie, dado que tenía las manos ocupadas—.

¡Tía Eleanor, me has dejado fuera otra vez!

—Esperó un momento—. He encontrado el té que te gusta al fondo de la alacena.

¿Ves como nadie más se lo estaba bebiendo?

—Cece distinguió a Ethan y a Maggie y añadió en voz baja—: Imagino que porque huele a burro muerto, la verdad.

—Se volvió hacia la puerta de nuevo—. ¿Tía Eleanor?

Solo que no recibió ninguna respuesta y la puerta permaneció cerrada hasta que, un segundo después, se oyó el estruendo de música clásica desde el interior del despacho.

—Entiendo que eso quiere decir que no lo quiere —les dijo Cece, algo preocupada—. Le han dicho que ya no puede pasarse la noche en vela trabajando.

—¿El doctor Charles? —preguntó Ethan, a lo que Cece negó con la cabeza.

—No, la doctora que la vio cuando se cayó. —Intentó sujetar mejor la bandeja y terminó dejándola en una mesita que había un poco más allá en el pasillo—. Te dejaré el té aquí en la mesa. No te desveles mucho, ¿vale?

En el otro extremo del pasillo, se abrió una puerta.

—¿Podéis hacer el favor de bajar la voz? —ladró Rupert—. Vais a despertar a... —Oyeron un llanto de bebé, y Rupert hizo una mueca como si fuese él a quien le tocara encargarse de volver a dormir a su hija.

—Perdona, Rupert. Buenas noches. —Cece les dedicó una sonrisa a Ethan y a Maggie antes de soltar un bostezo y alejarse.

Había una estantería colgada en la pared frente al despacho, con montones de cámaras antiguas, lupas, caleidoscopios y distintos cristales.

Maggie recordaba al menos seis novelas de Eleanor que iban sobre prismas, espejos o ver algo de un modo que nadie había considerado antes.

Todo apuntaba a que había una razón detrás de todo ello, Maggie lo sabía.

Pero también había un reloj, escondido en medio de todo lo demás, que señalaba la hora con números rojos y parpadeantes: las 12:03 a. m.

Del 23 de diciembre.

Y Maggie sintió que todas sus fuerzas la abandonaban. Hacía dos minutos había estado tan llena de energía como una locomotora, pero se había convertido en un triste globo deshinchado que se hundía por todo el peso que le habían atado a su cuerda.

—¿Maggie? —Notaba el aliento de Ethan en la nuca, tan cerca que, cuando se giró hacia él, pasó a sentir el roce de su pecho al subir y bajar con cada respiración.

A pesar de ello, Maggie se quedó allí plantada, presa de su mirada mientras le decía en voz baja—: Nunca he tenido ningún problema para reconocerte.

Entonces se alejó y Maggie volvió a la cama. Y, diez minutos después, se sumió en un sueño muy muy profundo.