Maggie
Maggie
—¿Y de dónde conoces a mi tía?
Victoria, la duquesa de Stratford, tenía una copa de gin-tonic en una mano y una buena dosis de escepticismo en la otra según se iban acomodando en torno a la mesa.
Aunque la frase parecía lo bastante inocente, el tono en el que la pronunció insinuaba que nadie pasaría las Navidades con Eleanor Ashley a menos que con ello pudiese sacar tajada de algún modo.
—Ah, es que...
Pese a que nadie tendría que haberle estado prestando atención a Maggie, no con Ethan a unos pocos pasos de ella, la duquesa ya había evaluado a los elementos ajenos de aquella fiesta y había determinado que Maggie era el punto débil de la manada. Y estaba a punto de aniquilarla.
—Como ya te había comentado, Victoria, Maggie, Ethan y sir Jasper son mis invitados —dijo Eleanor desde su lugar en la cabecera de la mesa.
Si bien su mirada era incisiva, su tono rayaba en la condescendencia—.
Admiro muchísimo su trabajo. Además, parecía que este año íbamos a contar con espacio de sobra.
—Sacudió la servilleta para extenderla—.
¿Me recuerdas por qué no han podido venir tus hijos?
La pregunta era lo bastante inocente para disfrazar el aire incisivo que contenía en realidad. Victoria sonrió y dio un sorbo a su copa, con lo que dejó al duque la tarea de explicarse.
—Suiza. Esquí. No podían perdérselo. —Soltó una risita nerviosa—. ¿Os habíamos contado que la nueva novia de Simon es la trigésimo séptima en la línea de sucesión al trono? —añadió, como si por mucho que no quisiera presumir, en realidad Eleanor no pudiese competir contra algo así.
—Bueno, espero que no pretendáis que orqueste treinta y seis asesinatos.
Podría lograr que diez pareciesen un accidente.
Doce, máximo —repuso Eleanor, y Maggie habría jurado que vio al duque desinflarse por la decepción—.
Y... Anda, hola. —Eleanor se volvió hacia el doctor Charles como si acabara de verlo por primera vez en la vida—. ¿Y tú quién eres?
—Es el doctor Charles, tía Eleanor. —Rupert hablaba en voz ligeramente más alta de lo necesario, enfatizando palabras de tanto en tanto como si su tía no supiese distinguir cuáles eran las importantes—.
El amigo de Kitty de cuando trabajaba en el hospital.
Como no tenía dónde pasar las fiestas, tú misma propusiste que las pasara con nosotros. ¿Te acuerdas?
—Pues no, no lo recuerdo. —Por un instante, Eleanor pareció que volvía a ser la mujer que había visto cerca de la ventana, distante y melancólica y...
como si echara de menos su hogar. Por mucho que estuviese en su propia casa, parecía como si la echara de menos.
Justo entonces, su mirada volvió a tornarse afilada—.
Probablemente porque no pasó. —Rupert miró de refilón al médico—.
Pero cualquier amigo de Kitty es bienvenido en mi hogar, doctor.
Sabe Dios que tenemos espacio de sobra, me alegro mucho de que nos acompañe.
El doctor Charles le dedicó una sonrisa amable.
—Muchísimas gracias, señora. Es un honor.
—Tía El...
—No la llames así —rechistó Victoria, pero Cece siguió hablando como si no la hubiese oído.
—¿Tienes frío? ¿Quieres que te vaya a buscar un chal?
—¿Yo tengo de esos? —Eleanor parecía sorprendida—. Debo de ser más vieja de lo que pensaba. ¿Señor Wyatt?
—Me he dejado el mío en la habitación, lástima —repuso Ethan de lo más serio, a lo que Eleanor tuvo que contener la sonrisa que amenazaba con llegar a sus labios.
—Me gusta llevar a cabo mis investigaciones, pero me temo que no pude encontrar mucho sobre ti.
Siendo sincera, a Maggie le sorprendía que hubiese podido encontrar siquiera algo de información.
Hasta donde sabía ella, Ethan Wyatt bien podría haber nacido hacía cosa de cinco años, como un bebé de casi un metro noventa enfundado en una chaqueta de cuero.
Sin currículum, sin biografía. Nada más que un autor best seller que no se quedaba quieto y una mandíbula tan afilada que era capaz de cortar cristales.
—¿Eres de Alemania, verdad? —inquirió Eleanor.
Un ojo no avizor se lo habría perdido; aquel instante en el que Ethan perdió la careta. Dos carretes de cinta que no se alineaban del todo y que, si se repetían a cámara lenta, dejaban ver el lugar en el que la escena se había cortado.
—Me gusta pensar que trasciendo fronteras, la verdad. —Aunque su voz era grave y tranquila, Maggie podría haber jurado que vio cómo le temblaba la mano por un instante.
—Pero vives en Norteamérica, ¿no?
—Exacto.
—¿Y antes? ¿Dónde estudiaste?
—Ah... —Una risa modesta por aquí, una sonrisa por allá. Solo le faltó guiñarle un ojo y preguntarle si solía frecuentar aquellos lares—. Pues por aquí y por allá.
Y así siguió la cosa. Sin importar el rumbo que tomara la conversación, siempre acababan volviendo al juego que a Maggie le gustaba llamar «Cómo (no) enamorarse perdidamente de Ethan Wyatt».
Dos horas después, tras una sopa, ensalada, plato principal y una tabla de quesos, estaban esperando a que les sirvieran el postre mientras el duque de Stratford hacía chasquear los dedos intentando encontrar las palabras para...
—¿Cómo se llamaban esos tíos? —Chasquido, chasquido, chasquido—. ¿Eran algo con animales marinos?
Ethan hizo todo lo posible por no sonreír. Seguramente, porque nadie sería capaz de resistir el impacto directo de una de sus sonrisas sin contar con el debido equipamiento de protección. Era como mirar al sol directamente. O manipular residuos radiactivos.
—Son los SEAL de la Marina. Y sin comentarios.
—¡Francotirador de los marines! —adivinó Cece.
—Sin comentarios. —Ethan le guiñó un ojo.
—¿Fuerzas de élite del ejército? —Cece probó suerte de nuevo.
—Sin comentarios.
—¡Mercenario internacional! —intentó el doctor Charles, a lo que Ethan se limitó a negar con la cabeza muy muy despacio, para aumentar el toque dramático.
—Sin comentarios.
—¿CIA?
—Se lo diría, duquesa, pero creo que no le gustaría mucho lo que tendría que hacer a continuación.
Entonces todo el mundo rompió en carcajadas y Maggie se puso a pensar si sería muy complicado matar a un hombre con un tenedor de postre.
Seguro que Eleanor lo sabía. Tendría que preguntárselo.
El problema era que su anfitriona estaba callada, observándolo todo con algo que no llegaba a ser una sonrisa y los ojos reluciendo bajo la luz de las velas.
La notaba... entretenida. No con Ethan, sino con la velada.
Como si estuviesen en el inicio de una de sus escenas favoritas y estuviese intentando no destripársela a nadie.
—Siendo sincero... —Ethan apoyó un antebrazo sobre la mesa y se inclinó hacia los comensales, como si todos se hubiesen vuelto muy amigos y fuese a contarles un secreto—.
No es que no me guste hablar sobre mi pasado por una estrategia de marketing .
No dejo que la gente piense lo que quiere porque así vaya a vender más libros...
, aunque debo admitir que sí que funciona.
—Esbozó una sonrisa como para reírse de sí mismo que fijo que practicaba todas las noches frente al espejo—.
No hablo sobre mi pasado porque no soy yo el protagonista de mis libros.
Al final lo que importa de verdad es que...
—pausa dramática— mis personajes hablen por sí mismos.
Maggie lo había oído usar esa frase mil veces.
Era su pan de cada día, su fórmula infalible.
Vio a los demás invitados absorber sus palabras como si se tratasen de las primeras gotas de agua en una tierra desértica.
Todos se estaban dejando arrastrar por el torbellino que era Ethan (dando más y más vueltas, perdiendo totalmente la razón), hasta que Maggie se removió en su sitio, su silla soltó un chirrido y sir Jasper pareció recordar su existencia.
—¿Y cuál es su historia, señorita Chase? ¿Qué la llevó a sumarse a nuestra humilde profesión?
De pronto, a Maggie le entraron ganas de retroceder en el tiempo cinco segundos, a cuando todos habían olvidado que ella también estaba allí. Eso era muchísimo más agradable que notar diez pares de ojos posados sobre ella.
—Eh... Pues... Mmm... —Le dio con el pie a la mesa y su silla soltó otro chirrido y empezó a preguntarse si era opción simplemente levantarse y volver andando hasta Nueva York.
Seguro que el Atlántico ya se había congelado a esas alturas—.
Me gusta leer. —Se le colorearon las mejillas—.
A ella. —Señaló a Eleanor y, al instante, se arrepintió de haber dicho nada.
Era como si hubiese dicho demasiado y no lo suficiente a la vez y toda la incomodidad de la sala descendiera sobre ella como una niebla.
Le recordó a su fiesta de compromiso y a las tres (en serio, habían sido tres) distintas matriarcas de las familias más pudientes que le habían dado un beso en la mejilla a Emily y le habían pedido que les mostrara el anillo, solo para que terminaran descubriendo que no, que Colin se iba a casar con la otra mujer que andaba por ahí.
Maggie era la escritora menos famosa, menos exitosa y menos carismática sentada a la mesa, así que terminó mirando a Ethan para instarlo mentalmente a que contara cualquier otra anécdota o se pusiera a presumir de sus abdominales, pero el aludido se quedó callado por primera vez en toda su muy atractiva vida y Maggie sintió la traición como un puñal deliberado.
—Qué interesante —dijo la duquesa, nada interesada, antes de terminarse la copa de vino de un solo trago.
—Hablando de interesante —Eleanor arrastró su silla para levantarse y recuperar su bastón—, os pido que me disculpéis.
Llevo cincuenta años escribiendo quinientas palabras antes de irme a dormir y me temo que hoy no puede ser la excepción.
Si necesitáis cualquier cosa, James o Cecilia podrán asistiros.
Casi había llegado a la puerta cuando se detuvo y se quedó un momento observando al grupo.
Había quienes estaban emparentados con ella y quienes trabajaban para ella, así como algunos que querían ser ella (Maggie.
Maggie era la que se moría de ganas de ser ella).
Pero mientras Eleanor contemplaba a los comensales, Maggie se percató de que ninguno de ellos se había presentado como amigo de Eleanor Ashley.
Tenía casi un centenar de libros escritos. Era adinerada y famosa y contaba con un montón de influencia. Pero eso no quitaba que fuese una anciana con una pierna chunga y una mansión llena de corrientes de aire.
Alguien que estaba muy sola.
Así que igual sí que se parecía un poco a Maggie después de todo.