Maggie
Maggie
Hubo un tiempo en el que Maggie habría pagado todo lo que quedaba de sus ahorros por la oportunidad de pasar un par de horas en la biblioteca de Eleanor Ashley sin interrupción alguna.
Solo que, según se acercaba a las estanterías, fue como si la fiesta se fuese desvaneciendo en el fondo y, por primera vez, no sintió que estuviese en medio de una gran aventura.
No, era como si... —«¡RJ! Haz el favor de darle a mami esa granada que tienes ahí, muchas gracias»— hubiese vuelto a casa.
Acarició los lomos de los libros como si se trataran de las teclas de un piano, tocando una melodía que solo ella era capaz de escuchar hasta que, de pronto, se detuvo. Y ahogó un grito.
—¿Ves algo que te guste? —dijo una voz sedosa a sus espaldas, y Maggie se volvió de golpe para encontrarse con unos ojos azules que la miraban con diversión.
—Eh... —Parecía que había olvidado cómo articular palabras, por lo que se limitó a señalar los libros de la estantería. Al menos una docena de ellos. Todos escritos por Margaret Chase—. Esos son mis... Tiene mis libros.
Eleanor soltó una risa sorprendida.
—Pues claro que los tengo. Le pido a Deborah que me los envíe. ¿No te lo había dicho?
«Te han invitado a pasar las Navidades en casa de tu fan número uno».
—Eh, sí. Bueno, no. O sea... Es que es usted Eleanor Ashley y yo... no soy nadie.
—¿En serio? ¿No eres nadie?
Una pregunta con trampa donde las haya.
—Esto... —Habían pasado doce años de eso, pero Maggie siempre iba a ser la chiquilla que se había despertado una Navidad en una mansión en la que no había ni un solo regalo para ella bajo el árbol—. Es un honor que me haya invitado. —Esa parecía la respuesta más segura.
—Me alegro. Porque tú eres una de mis escritoras favoritas.
Y entonces Maggie pasó a mejor vida.
Fin.
Bueno, no. Pero casi. O al menos así se lo pareció a ella. Y quizá habría terminado siendo así si Eleanor no le hubiese hecho un ademán hacia la siguiente sección de estanterías para preguntarle:
—¿Y qué me dices de esos? ¿Tienes algún favorito?
—Ay, no podría... —Eleanor le dedicó una mirada intencionada—.
Este de aquí. —Señaló un ejemplar de Entre espinas nace la muerte .
No era el título más famoso de Eleanor, pero...
—. Fue el primero que leí. Cuando tenía trece años, mi madre decidió retomar los estudios, lo que estuvo muy bien, pero mi padre tuvo que trabajar el doble y yo pasaba la mayor parte de mi tiempo libre en la biblioteca, para no tener que encender el aire acondicionado durante el día.
Maggie se quedó de piedra, convencida de que se había ido de la lengua con sus explicaciones. Solo que Eleanor no iba a usar dicha información en su contra y ella no quería ponerse a pensar en lo que implicaba que hubiese pasado gran parte de su vida rodeada de personas que no dudarían en hacerlo.
—Y... —Eleanor la animó a continuar.
—Lo leí tantísimas veces que la bibliotecaria me dijo que no hacía falta que lo devolviera.
Que de todos modos tenían que encargar un ejemplar nuevo.
Tardé años en darme cuenta de que el libro aún estaba en buenas condiciones y la mujer solo estaba siendo maja.
Fue la primera vez que tuve un libro que era mío de verdad.
Se había puesto a divagar sin control. Se sintió culpable por razones que no tenían sentido y le entró vergüenza por otras que sí. Pero, más que nada, lo que sentía era... muy raro. Como si tuviera algo caliente en la nuca, un cosquilleo y un pinchazo que...
Se volvió y se encontró a Ethan mirándola desde el otro lado de la sala.
—¿Y qué hay de él? —La voz de Eleanor la hizo volver al presente.
—¿Cómo dice?
—¿Qué opinas de él?
—Es muy famoso. —No era una opinión, sino un hecho.
Millones de ejemplares vendidos, firmas que se alargaban hasta bien entrada la noche.
Grupos de fans y pódcast dedicados a él y (según las malas lenguas) la necesidad de registrarse en hoteles bajo un nombre falso para que las grupis no pudieran rastrearlo.
Incluso sabía de buena fuente que había una tienda online que se especializaba en vender camisetas con su cara estampada (y no porque la hubiera buscado, no, señor)—. La gente lo... adora.
—¿Y tú no? —indagó Eleanor.
—Es que no lo conozco demasiado —repuso Maggie sin perder el tiempo; no solo porque fuese la respuesta más sencilla, sino porque era la verdad.
No lo conocía. No sabía de dónde era, dónde había vivido ni... nada. Porque Ethan era un enigma. El misterio era parte de su marca personal y su marca personal lo era absolutamente todo.
—Pues me da a mí que él no diría lo mismo si la pregunta fuese al revés. —Eleanor habló en voz baja y con una mirada llena de travesura que hizo que Maggie empezara a preguntarse qué querría decir con eso.
Pero entonces James se aclaró la garganta y anunció:
—La cena está servida.