Maggie
Maggie
Maggie veía borroso y sentía un dolor palpitante en la cabeza. Las piernas le dolían por la breve caída de final abrupto, pero lo que más notaba era la enorme y pesada figura que tenía encima, aplastándola e impidiendo que se moviera.
Ethan.
—Quítate de encima —dijo, justo cuando un enorme estallido resonó en lo alto y todo a su alrededor se convirtió en calor y en cristal haciéndose pedazos. Y en Ethan, que se apretaba más contra ella mientras la puerta de la trampilla se sacudía y los llenaba de polvo. Para cubrirla. Para protegerla.
Y maldita sea, cuando se apartó y murmuró «productos químicos» con un hilo de voz, fue lo más dulce que un hombre había dicho en la vida.
Por un segundo, Maggie no supo de dónde provenía todo el calor, si del fuego o del hombre que tenía encima, con la expresión nublada por el miedo y la preocupación.
—Tenemos que salir de aquí. —El sudor le perlaba la frente y se le deslizaba por la piel caliente—. ¿Estás herida? ¿Puedes andar?
—Estoy... Estoy bien. —Se sintió lo bastante estable al ponerse de pie, pero el haz de su linterna temblaba, parecía vibrar en la oscuridad, y, en cuanto se alejaron lo suficiente del fuego, notó que se detenía y se volvía hacia ella.
—Deja que te eche un vistazo —dijo, apuntándola con su linterna.
—No me pasa nada. —Pero él ya le había llevado las manos a la cabeza, lo que normalmente le sentaba más que bien, solo que en aquel momento le tocó un punto que no le sentó bien en absoluto, por lo que no pudo evitar hacer una mueca y exclamar—: ¡Ay!
Vio cómo la expresión se le tornaba fría.
—Hoy me cargo a alguien.
Sonaba como un hombre preparando su lista de tareas. Comprar bombillas. Llevar el coche a repostar. Aniquilar a los enemigos y salar las tierras. No era una amenaza, ni tampoco una promesa o un desafío. Era algo inevitable, y Maggie era lo bastante sensata como para no ponerse a discutir.
Así que llevó las manos a su rostro y lo obligó a mirarla.
—Estoy bien.
—Habías desaparecido. —Ethan apoyó la frente en la suya y su aliento fue como un susurro sobre sus labios—. Me odiabas y habías desaparecido.
—Estoy bien.
—Pero habías desaparecido.
Sus ojos estaban llenos de miedo y dolor. Como si fuese una pesadilla que había tenido miles de veces y se hubiese visto obligado a vivirla de verdad. Como si fuese a tener que seguirla viviendo una y otra vez durante el resto de su vida.
—Estoy aquí. —Le apoyó una mano en el corazón, el cual latía desbocado—. Y estoy bien.
—No te encontraba.
—Pero al final sí. Y estoy bien. Los dos lo estamos. Ethan...
Se puso de puntillas, llevó los labios a los suyos y sintió cómo cambiaba bajo su roce, que salía del trance y el terror se diluía. Y entonces volvió a ser el Ethan del laberinto, todo calma y concentración, una muralla impenetrable y una fortaleza humana que la miraba a los ojos.
—Voy a sacarte de aquí.
Hacía demasiado calor en el túnel, lo que les recordaba que el invernadero seguía ardiendo, y la mente de Maggie se vio invadida por todo lo que tenían que hacer.
—La nieve debería impedir que el incendio se extienda hasta la mansión, pero tendremos que asegurarnos de que nadie esté expuesto al humo. Eso y... ¿Ethan? —Echó un vistazo hacia atrás, hacia la escalera que subía hacia el pasadizo que habían encontrado la otra tarde—. Tenemos que subir por aquí.
Ethan se detuvo, pero señaló con su linterna en dirección contraria, hacia donde el túnel se extendía más y más, como una retahíla de sombras y telarañas infinitas.
Tendría que haber sido el tipo de escenario perfecto para espantarla, pero no le tenía miedo a ese lugar oscuro y cerrado.
No estaba pensando en bodegas ni en Colin ni en si alguien encontraría su cadáver antes de la primavera.
No lo pensó ni una sola vez. No mientras estuviera con...
—¿Ethan?
—¿Qué? —La aferró de la mano y le dio un tirón para conducirla hacia... ¿Hacia dónde exactamente?
—No sabemos dónde acaba este túnel.
—Da igual. No vamos a volver a la mansión.
—Pero tenemos que dar el aviso de...
—¿De que el invernadero es pasto de las llamas? —Soltó un resoplido—. O bien ni lo notan o les trae sin cuidado. Y tienes razón...
—¿Ah, sí? —Nunca iba a acostumbrarse a oír algo así.
—El incendio no se puede extender con tanta nieve, así que...
—No vamos a volver —terminó por él, pero la frase no le sentó del todo bien. Como si estuviese en una obra de teatro y hubiese pronunciado su diálogo a destiempo—. Se van a preocupar si no consiguen encontrarnos.
Ethan dejó escapar una risa grave y ronca.
—Mejor. Así quizá dejen de intentar matarnos.
Alguien había intentado matarla. No a Eleanor.
No se trataba de un error de identidad, ni de haber estado en el lugar equivocado en el momento equivocado.
Habían intentado matarla. De pronto, las piernas le dejaron de funcionar y tuvo que detenerse con un traspié.
Notó la pared del túnel muy áspera contra la espalda y que el pelo se le enredaba en algo, que le tiraba y se rompía mientras ella mantenía los ojos cerrados porque parecía que el mundo entero daba vueltas demasiado rápido y que iba a salir volando de pronto, directa hacia el vacío.
—Ya te tengo. —Unos labios suaves se apretaron contra su sien—. Ya te tengo.
—¿Ethan? —Alzó la vista hacia él.
—Dime.
—Nadie había intentado matarme nunca.
—No pasa nada. —Parecía estar conteniendo una sonrisa—. A mí siempre intentan matarme.
—¿Quién?
—Tú. —Maggie le dio un manotazo en el brazo y la sonrisa de él se ensanchó aún más—. ¿Recuerdas la fiesta de Navidad de hace tres años? Llevabas ese vestido verde en el que se te veía el... —Hizo un gesto, como si no supiera la palabra.
—¿El hombro? —La risa le salió húmeda, llena de las lágrimas que no podía derramar—. ¿Mi hombro intentó asesinarte?
Ethan soltó un gimoteo.
—Acabó conmigo. Me dejó hecho pedazos.
—¿Y si te digo que también lo tengo en negro?
Notó sus labios en la mejilla; un roce tan breve y suave que un poco más y se lo perdía.
—Te diría que no se me ocurre mejor forma de morir.
El túnel se le hizo muy estrecho y cálido de un modo que ya no parecía tener nada que ver con incendios y asesinos, pero Ethan dejó de sonreír al besarla de nuevo, buscando sus labios con intención, dudas y súplicas.
Un beso que parecía una promesa, un juramento, un «ya te tengo» y un «estoy contigo» y un...
—Voy a sacarte de aquí.