Crimen antes de Navidad Ethan
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Ethan

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La puerta ya no estaba atascada, por lo que al menos no había recorrido los túneles ella sola. Sin embargo, de camino al invernadero, Ethan recordó que encontrarla solo era el primer paso. Aún tenía muchísimo que explicarle, así que abrió la puerta de par en par y no desperdició ni un segundo.

—Maggie, sé lo que parece...

Pero Maggie no estaba por ningún lado. Lo único que veía era el fino haz de luz de la linterna, que se agitaba tembloroso por todo el invernadero, tan trémulo como la voz que le dijo:

—Vete.

Ethan empezó a avanzar hacia las mesas, pero se detuvo a medio paso al verla tirada sobre el suelo frío y duro. Estaba sangrando y tiritando y...

Tenía la linterna detrás de la espalda. Porque era ahí donde tenía las manos atadas. Y había empezado a retroceder como podía, mirándolo con ojos llenos de terror.

—No te acerques. No te acerques. No te me... —Su voz sonaba ronca, como si llevara años sin usarla. Como si estuviese acumulando sus lágrimas, listas para ser derramadas en cualquier momento.

—¿Quién te ha hecho esto?

—¡Que no te me acerques! —le advirtió de nuevo, e Ethan tuvo que tragar la bilis que le subió por la garganta.

Tenía que mantener la calma, tenía que lograr que viera que...

—No pasa nada. Estás a salvo.

Incluso mientras la hacía entornar los ojos por culpa del brillo de su linterna.

Incluso cuando vio la sangre que se le derramaba por la sien y el modo en que entrecerraba un ojo, como si tuviese una conmoción.

Porque claro que tenía una conmoción. Alguien la había golpeado en la cabeza, maniatado y llevado a cuestas hasta allí. Alguien que iba a volver.

—No entres en pánico. Soy yo. Ethan.

—¡Justo por eso estoy entrando en pánico! —gritó ella, y a pesar de todo lo que estaba pasando, Ethan tuvo que contener una sonrisa porque Maggie seguía siendo la mujer más graciosa, inteligente y compleja que había conocido en la vida. Y estaba enamorado de ella.

Ethan nunca había usado esa palabra. Ni siquiera para sus adentros. Pero, de algún modo, siempre había sabido que así era. Del mismo modo que sabía que tenía que sacarla de aquel invernadero a la de ya.

—Voy a desatarte, ¿vale? —Maggie hizo una mueca y apartó la mirada—. Venga, cariño. ¿Puedes girarte? Por favor.

Había retrocedido todo lo que había podido hasta quedarse sentada, encogida en un rincón, sobre un lecho de nieve y tierra. Alguien debía de haber volcado la belladona de la mesa porque yacía tirada en el suelo, a su lado. Solo que sin la cinta. La cinta estaba...

Maggie se dio la vuelta, y entonces la vio.

Llevaba la cinta amarrada en torno a las muñecas y los antebrazos, le habían dado vueltas y vueltas como hacían las bailarinas con sus zapatillas de punta.

¿Sería alguna especie de broma retorcida?

¿Se suponía que era una especie de regalo?

No lo sabía ni tenía tiempo para descifrarlo, por lo que se puso a rebuscar en el armario hasta dar con un cuchillo.

Lo sostuvo sin mucha fuerza mientras se acercaba despacio a ella.

—Voy a cortar esa cinta y liberarte. ¿Puedes girarte un poco más? —Maggie le hizo caso—. Eso es, buena chica.

—¿Me acabas de hablar como a un perro?

—Cómo se te ocurre. —Contuvo una sonrisa y, con un simple movimiento de muñeca, cortó sus ataduras.

La cinta roja cayó al suelo, y Maggie se puso de pie a toda prisa, aún ligeramente inestable. Y sangrando. Y, aun así, seguía siendo la mujer más hermosa que había visto en la vida.

Ethan se agachó para recoger la cinta arrugada y se la metió en el bolsillo.

—Como se te ocurra ponerte a bromear y decir que soy tu regalo... —empezó ella.

—Descuida, ahora mismo no tengo ganas de bromear. —No cuando Maggie estaba examinando el invernadero como si nunca hubiera estado allí, mirándolo a él como si fuese un desconocido. Estaba a punto de entrar en shock , pero antes Ethan tenía que saber...

—¿Qué ha pasado?

—He visto la grabación, ¡eso es lo que ha pasado! Te he visto —le dijo, bajando un poco la voz, como si estuviese intentando resolver un puzle para sus adentros. Haciendo encajar las piezas.

—No es lo que parece.

—¿En serio? Porque a mí me parece que le diste una bandeja de té envenenada a Eleanor Ashley y luego mentiste al respecto.

—Pues... —tenía que aceptarlo—, si lo dices así, es justo lo que...

Maggie echó mano de una pala de jardinería de mango largo que había en una de las mesas y la sostuvo como una espada.

—No te me acerques.

—Vale. —Ethan alzó las manos—. Pero, solo para que lo sepas, el modo en que estás sujetando esa pala es... —Maggie ajustó el agarre para empuñarla bien—. Muy correcto. En serio. ¿Has dado alguna clase o...?

—Me mentiste —repitió ella, como si fuese lo único que importara. Y quizá así era.

—Lo sé. Y lo siento. Sé lo que parece, pero yo no envenené a nadie. No podía dormir esa noche, así que estaba de camino a la biblioteca cuando vi a Eleanor. Le pasé la bandeja tal cual me la encontré. Me conoces, Maggie.

—¡Claro que no te conozco! —espetó.

—Sí que...

—Conozco al tío de la chaqueta de cuero.

Ethan no creía que la temperatura pudiese bajar más aún, pero así fue. La luna se había escondido detrás de las nubes y la nieve caía por los paneles de cristal rotos. Solo que nada de eso importaba. Nada que no fuera...

—Sí que me conoces. —Tenía que convencerla. Necesitaba que lo viera—. Sabes que... —Y entonces lo recordó—. ¡Alguien intentó dispararnos!

—Nunca vi a nadie con un arma. —Maggie negó con la cabeza—. Oí un ruido.

—Entonces, ¿cómo le prendí fuego al invernadero? Ni siquiera había llegado al país aún. ¿Cómo le tendí la trampa de las escaleras?

—Eso no... No.

—Son cosas que sabes, Maggie. Pero ahora mismo estás entrando en shock y tengo que sacarte de aquí. Alguien te ha traído aquí por algo. Alguien te ha mantenido con vida por algo.

—No... Yo no sé nada.

Sí que lo sabía. Y con algo de tiempo, una mantita y quizá algo de chocolate sorpresa, lo entendería. Pero en aquel momento Maggie estaba helada, tiritando y tenía el cabello lleno de sangre y nieve.

—Te lo suplico, Maggie. ¿Qué iba a ganar yo con eso? Tú misma lo dijiste: Eleanor ni siquiera ha escogido a su sucesor aún.

—Me equivoqué.

Incluso bajo aquella luz tenue podía ver sus pupilas dilatadas y su piel excesivamente pálida. Estaba atrapada en medio de una pesadilla, un flashback y una conmoción cerebral, todo junto envuelto con lazo y todo, y a Ethan le entraron ganas de matar a alguien.

—Maggie...

—Me equivoqué. Siempre me equivoco.

Fue aquel «siempre» lo que pudo con él.

—Escúchame bien. —Tenía que lograr que lo viera—. No soy tu exmarido. No voy a engañarte. No voy a robar tu dinero ni a...

—¿Golpearme en la cabeza e inmovilizarme? ¿A envenenarme? Ahora mismo lo que más me preocupa es el veneno.

—Y es una preocupación válida, pero tampoco voy a hacer eso.

—La expresión de Maggie iba cambiando entre la penumbra, el enfado se disipaba para dejarle paso al agotamiento.

Estaba harta de aquella batalla. Llevaba años luchando, y lo único que quería él era ayudarla a ponerle fin—.

No pasa nada si no confías en mí, Maggie.

Lo entiendo. No te casaste con un tipo normal.

Te casaste con uno de esos que son tan capullos que tienen que ir a Reddit a preguntar si de verdad lo son.

Lo único que te pido es que... Créeme, por favor. No soy como él.

La observó mientras luchaba por pensar, por buscarle la lógica a todo ello. La sangre le goteaba por la frente hasta metérsele en los ojos, e Ethan sintió que era su visión la que se nublaba, solo que por razones muy diferentes.

—Tengo que sacarte de aquí, cariño. Tengo que llevarte a algún lugar seguro.

—Me mentiste —repitió Maggie—. Y no me digas que las mentiras por omisión no cuentan porque...

—Lo sé. Te mentí porque sabía que, sin importar lo que pasara, iban a encontrar mis huellas en esa bandeja, y la mejor forma de demostrar mi inocencia era dar con quien sea que haya hecho esto. Y sabía que para hacerlo...

—Necesitabas mi ayuda —terminó ella.

—No. Te necesitaba a ti. —Dio un paso hacia ella porque era incapaz de mantenerse lejos—. Soy mejor persona cuando estoy contigo, Maggie. Todo es mejor cuando estoy contigo.

Maggie se tambaleó un poco, indecisa. Y a Ethan le entraron ganas de borrarle las lágrimas a besos y matar a todos sus demonios. Si lo dejaba, se encargaría de acabar con todos y cada uno de ellos.

—¿Y ahora es cuando me dices que tengo que confiar en ti? —Se le quebró la voz, pero Ethan negó con la cabeza.

—No. Ahora es cuando te digo que confíes en ti misma.

La pala cayó al suelo con un estruendo, y Maggie cerró los ojos. Era como si alguien le hubiese quitado un peso enorme de los hombros y estuviese a punto de tropezarse de tan acostumbrada que estaba a llevar esa carga sobre ella.

—No estoy loca. —La voz le salió casi en un hilo, frágil y trémula.

—Lo sé. —Y entonces se refugió en sus brazos y lo único que quería hacer Ethan era abrazarla, pero...

Un punto de luz le llamó la atención; otra linterna, una silueta tenue al otro lado del cristal escarchado, y entonces lo supo. Lo supo, pero se lanzó a por la puerta de todos modos, para sacudirla y soltar una palabrota cuando esta no cedió.

—Maggie, cuidad...

Un estallido interrumpió sus palabras. Trozos de cristal les llovieron desde lo alto mientras el olor de la gasolina se extendía por el ambiente. Gasolina y fuego.

Las llamas se deslizaron por el suelo y saltaron sobre las mesas, pero los aspersores ni se inmutaron.

A lo mejor alguien los había manipulado.

O quizá era que no funcionaban si no había luz.

No lo sabía, pero daba igual. Lo único que importaba era Maggie, quien se encontraba entre él y el fuego que iba extendiéndose por las mesas y avanzaba a toda prisa hacia las plantas muertas.

—¡Ethan!

«¿Sabes lo que pasa cuando se queman plantas venenosas?».

«El humo que emanan es tóxico».

Ethan se olvidó de la puerta y se lanzó hacia abajo, donde avanzó a gatas hasta el lugar en el que Maggie ya estaba arañando el suelo para abrir la trampilla y desaparecer entre la oscuridad.