Ethan
Ethan
El miedo que había empezado a sentir hacía diez minutos había pasado a convertirse (primero muy lento y luego alarmantemente rápido) en pánico. Porque lo que había hecho Maggie no era huir de él, no. Había desaparecido. No se había cabreado sin más. Alguien se la había llevado de allí.
Estaba tan seguro de ello como de que sabía cómo se llamaba, cómo eran sus manos, qué fantasmas lo asediaban.
Sabía que ella jamás se lo perdonaría y, lo que era peor aún, él mismo nunca se lo perdonaría si no conseguía encontrarla.
Le había llevado meses de operaciones y fisioterapia recuperar el uso del brazo derecho, pero lo que estaba viviendo... Jamás podría recuperarse de algo así.
Así que echó a correr más rápido, hacia las escaleras de la parte trasera de la casa, rezando por que hubiese ido a la torre con la intención de hacer una llamada.
Sin embargo, al pasar frente a una ventana, algo lo obligó a ralentizar el paso, mirar hacia el exterior y suplicar que no estuviese allí fuera.
Porque no había nada más que hielo y nieve y vientos helados. Nada que no fuese...
«Unos faros que apuntaban directo hacia arriba como si estuviesen intentando llamar a un superhéroe».
La linterna le tembló entre las manos. Empañó el cristal de la ventana con su aliento. Pero no conseguía moverse, no podía porque ya no estaba en unas escaleras en Inglaterra, sino en una montaña a las afueras de Aspen.
La nieve soplaba con demasiada fuerza y se acumulaba en la carretera. Tendría que dar la vuelta y volver. Pero si su madre no iba a volver con ellos, ¿por qué debería hacerlo él?
Así que aferró el volante y mantuvo la vista en los gruesos copos de nieve que se cruzaban frente a sus luces largas.
Casi parecían estrellas y él acababa de darle al hiperimpulsor, como si estuviese a nada de hacer un salto a la velocidad de la luz.
Su vida estaba a punto de cambiar, solo que no tenía ni la menor idea de cómo.
No fue cuando siguió la curva de la carretera. Ni cuando vio las luces de los faros apuntando hacia arriba, hacia el cielo. Ni cuando bajó por el acantilado congelado.
Lo supo cuando oyó el ruido. Fue entonces que supo que su vida había llegado a su fin, solo que resultó que no. Que solo se había dividido en dos. Una fractura limpia. Un nuevo comienzo. Y, en ese lado, había sido más feliz.
O eso había creído. Porque, al otro lado, lo esperaba Maggie.
«Maggie».
Ethan parpadeó y se maldijo a sí mismo porque no tenía tiempo que perder ahí plantado, recordando accidentes y tormentas de nieve y un par de faros que solo estaban en su imaginación. Salvo que...
No eran un par de faros, sino un único haz de luz que brillaba hacia arriba y provenía del invernadero. Uno que definitivamente no se estaba imaginando.