Maggie
Maggie
Se despertó poco a poco, con un martilleo en la cabeza y el cuerpo adolorido. La boca le sabía a algo metálico y a malas decisiones. Por unos segundos, se quedó allí tumbada, tiritando por el frío, la conmoción o quizá ambas cosas.
¿A quién quería engañar? Eran ambas cosas.
No conseguía recordar dónde estaba ni por qué su colchón parecía estar hecho de hormigón frío. Hasta que de pronto cayó en que... sí que estaba tendida sobre hormigón frío.
Tenía que levantarse, pero todo le daba vueltas y era un remolino de grises y azules que no dejaba de enfocarse y desenfocarse de nuevo.
Era como si estuviera contemplando el espacio mediante uno de esos telescopios profesionales.
El universo, tan amplio y misterioso, y que se extendía en todas direcciones.
Aunque también parecía muy lejos. Quería contárselo a Ethan. Quería...
«Ethan».
Entonces le llegó otra imagen a la cabeza: el rostro de Ethan en blanco y negro, haciendo reír a Eleanor antes de entregarle una bandeja llena de veneno.
Ethan sonriendo, con aquella mirada tan penetrante suya, antes de volverse y alejarse de la escena del crimen.
Ethan contemplando la cámara de vigilancia que Maggie llevaba en brazos como si fuese una bomba de relojería, como si pudiera hacer explotar su vida en mil pedazos.
«Ethan».
Aquella palabra bastó para conseguir que todo dejara de darle vueltas y que pudiera volver a la realidad mientras la mente se le iba despejando y conseguía enfocar la vista en donde estaba.
Suelo de hormigón. Mesas largas. Plantas muertas.
Y las sombras plateadas y escalofriantes de la luz de la luna que se colaban por el cristal escarchado.
Tenía que salir de allí. Tenía que entrar en calor y dejar de tiritar.
Tenía que... Pensándolo bien, no sabía muy bien qué más tenía que hacer, pero el primer paso parecía ser lo bastante obvio, por lo que intentó incorporarse y echar un vistazo por el invernadero, echarse un poco hacia atrás, el problema era que tenía las manos atadas detrás de la espalda.
Y fue ese detalle lo que hizo que se viniera abajo.
Ni siquiera ella podía convencerse a sí misma de que aquello era culpa suya.
No había tenido un accidente, no había estado sonámbula ni se había entregado a la peor de las borracheras.
No se había atado las manos detrás de la espalda ella sola porque ni siquiera era capaz de cerrarse la cremallera de sus propios vestidos.
Así que no podía culparse por lo que le estaba pasando. Solo podía culpar a...
Recordó el rostro de Ethan en la pantalla del portátil y cerró los ojos, permitiéndose derramar una sola lágrima, por mucho que llorar no le fuese a servir de nada.
Había llorado encerrada en la bodega. Había gritado y arañado las paredes y nadie la había oído.
A nadie le había importado porque Maggie había escogido a la amiga incorrecta, al tío incorrecto y...
Algunas cosas nunca cambian. Solo que Maggie sí lo había hecho.
Pensaba salir de esta. Iba a ir a por ayuda. Y el primer paso para hacerlo era rodar, porque los brazos le dolían una barbaridad y tenía algo que le estaba pinchando el culo y que...
Maggie dejó de revolverse. Metió la mano en su bolsillo trasero y descubrió algo duro y hecho de plástico. Le dio a un botón y vio que un haz de luz blanca y brillante salía disparado entre el cristal y la nieve y unas plantas venenosas.
Había que reconocerle una cosa al dichoso Ethan Wyatt: al menos le había dado una linterna.