Crimen antes de Navidad Maggie
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Maggie

Maggie

Hace doce años

No era que los padres de Maggie no hubiesen querido tener una familia más grande, sino que nunca habían llegado a enterarse del todo de cómo tenerla.

Ya eran algo mayores cuando Maggie había nacido y, en ocasiones, le daba la impresión de que eran como el personal de un restaurante, listo para recogerlo todo y volver a casa justo cuando ella había llegado, cinco minutos antes de que cerraran.

Por tanto, no debería haberle sorprendido que, dos semanas después de haberse mudado a su habitación en una residencia universitaria en el norte de Nueva York, sus padres pusieran a la venta su hogar en Texas.

Se compraron un piso en Florida, un par de carros de golf a juego que ninguno de los dos sabía conducir y, aquel año, Maggie pasó el Día de Acción de Gracias comiendo unos bocadillos de pavo seco y durmiendo en un colchón hinchable rodeada de un montón de cajas llenas de trastos.

Ya había vuelto a la universidad cuando recibió la llamada, sola en su habitación mientras un desconocido le contaba lo del accidente.

Estaba sola cuando volvió a Florida para vaciar el piso de sus padres, vender los carros de golf y mandar media docena de cajas a un trastero que había cerca de la universidad.

También estaba sola cuando un administrativo de la residencia universitaria le explicó que, por desgracia, los alumnos no tenían permitido quedarse en la residencia durante las vacaciones de invierno.

Porque faltaba poco para Navidad, cómo no.

La Navidad siempre estaba a la vuelta de la esquina, solo que Maggie no podía volver a Florida, ni tampoco a Texas.

Y seguramente tampoco era una opción que se quedara a vivir en el trastero que había alquilado, donde había metido sus fotos familiares, la vajilla buena y las setenta y siete novelas que tenía de Eleanor Ashley.

—Pero es que tengo que quedarme aquí —le había suplicado al consejero de su residencia, quien la miraba por encima de una caja gigante etiquetada como «Guirnaldas y demás mierdas».

—No va a poder ser —le dijo el chaval, como si la universidad hubiese cometido un error al aceptarla. Como si nadie pudiese ser tan idiota.

—No. No pueden echarme solo porque sea Navidad. Yo vivo aquí. Aquí mismo.

—Mira, sé que es un asco y los padres son lo peor que te puede pasar en la vida, pero la mayoría de los estudiantes vuelve a casa y ya. —La miró como si la solución fuese tan obvia como inevitable—. Tú deberías hacer lo mismo.

Entonces se dio la vuelta y cargó con la caja como si esta contuviera el peso del mundo entero, como si ningún otro alumno universitario hubiese tenido que soportar semejante carga, y Maggie sintió que se le cerraba la garganta.

—¿Y si...? —Hasta entonces no había tenido que pronunciar las palabras en voz alta—. ¿Y si no tengo casa? —La voz se le quebró, los ojos se le llenaron de lágrimas y quizá fue por eso por lo que el chico no llegó a entenderla mientras la miraba por encima de un hombro.

—¿Cómo dices?

—Mis padres murieron y no puedo devolver los carros de golf y necesito el dinero del piso para pagar la universidad.

Lo dijo todo muy rápido (como si fuesen excusas de lo más manidas), y, de pronto, Ryan el de la residencia dejó de mirarla como si fuera idiota y pasó a hacerlo como si fuese una chiflada.

Y también como si le tuviera lástima. Lo que le venía de perlas, pues de momento la lástima era lo único que tenía a su favor.

—No puedo volver a casa. —Se pasó una mano por los ojos como si así pudiera hacer que las lágrimas volvieran hacia dentro. Al ver que no funcionaba, apartó la vista—. Porque ya no tengo.

—Mira, de verdad que lo siento mucho, pero... —Hablaba en voz más baja, menos brusca. Se había acercado un poco—. No habrá luz ni calefacción. Tampoco comida. En serio, te congelarías. Son tres semanas, quedarte aquí no es una opción.

Tenía razón, por supuesto. Lo de la calefacción era algo decisivo, lo que implicaba que iba a tener que recurrir a lo poco que tenía ahorrado e irse a un motel.

Quizá a un Airbnb. A lo mejor conseguía un trabajo a media jornada.

O podía probar suerte en el aeropuerto más cercano y hacerse pasar por algún pariente olvidado con la esperanza de que un desconocido se apiadase de ella y la invitase a su casa. Era eso o...

—Puedes venir a casa conmigo —dijo una voz a sus espaldas.

Fue así como conoció a Emily.

Y ese fue el inicio de todo.

Incluido el fin.