Maggie
Maggie
Maggie no siempre había odiado la Navidad.
Hubo un tiempo en que las luces y los regalos y los árboles le encantaban.
Se sabía al dedillo la letra de al menos treinta villancicos distintos y los cantaba en pleno julio.
Tenía un jersey con un reno que se ponía sin falta para ir al colegio el lunes siguiente al Día de Acción de Gracias.
(¿Que si se le encendía la nariz? Pues sí.
¿Que si ella lo llevaba de ese modo? Pues claro).
La cuestión era que Maggie era una hija única que había nacido cuando sus padres, que también eran hijos únicos, ya eran algo mayores. Ni siquiera tenía abuelos, y casi siempre hacía demasiado calor en Texas como para que nevara.
Por tanto, el problema no era que Maggie odiara la Navidad; el problema era que la Navidad la odiaba a ella.
Todas las cosas horribles que le habían pasado en la vida habían sido con un fondo lleno de villancicos y lucecitas y, con el tiempo, a Maggie no le quedó más remedio que empezar a tomárselo de forma personal.
Su perro se escapó cuando tenía trece años. A los dieciséis, el coche de la familia se prendió fuego y, al día siguiente, todos los regalos que había bajo el árbol desaparecieron. Una semana después, el coche volvía a funcionar y Maggie nunca se atrevió a preguntar nada al respecto.
Durante su último año de instituto sí que nevó, pero el mal tiempo dejó sin electricidad a la mitad del estado y Maggie se pasó las fiestas acurrucada con sus padres cerca de la chimenea, rezando para que el agua no se congelara.
Claro que, por aquel entonces, ni se le habría ocurrido que aquella sería la última Navidad que pasarían los tres juntos.
Para aligerar el ambiente, les dijo a sus padres que el año siguiente todo iría mejor, que tendrían que esperar a que volviera de la universidad para poner el árbol y envolver los regalos.
Solo que doce meses después, sus padres habían pasado a mejor vida y Maggie se había quedado sola en el mundo y...
—Tengo que irme.
Deborah la obligó a sentarse en una silla y luego se situó en el otro lado del escritorio.
—Lo que tienes que hacer es sentarte.
—Mira —Maggie empezó a levantarse—, agradezco mucho lo que intentas hacer, pero la verdad es que las fiestas se me dan fatal. ¿Te parece si hablamos después de Año Nuevo? Así...
—Quieta ahí.
Deborah no alzó la voz. No le hacía falta.
A sus tiernos diecinueve años, cuando no era más que una becaria, había descubierto a la mejor escritora de novelas de misterio de todos los tiempos entre una montaña de manuscritos olvidados, por lo que cuando Deborah susurraba, el mundo entero la escuchaba.
Incluso quienes odiaban el olor de la menta, el ponche y los pinos.
—Tengo una sorpresa para ti.
Tras sentarse con elegancia en su silla de cuero, lanzó algo sobre la pila de manuscritos que ya casi se desbordaba de su enorme escritorio. Se trataba de un sobre, cuadrado y de un color crema muy clarito, y, sin saber por qué, a Maggie le dio miedo tocarlo.
—Ah. Es que... Eh... Me temo que este año no he preparado postales.
—Tú nunca envías postales y yo tampoco. No es mía.
Cuando Maggie cogió el sobre, le pareció más pesado de lo normal.
El papel era liso y suave y... pasta gansa.
El sobre hacía que se le formara una imagen mental de montones de billetes, lo mirara por donde lo mirase.
Su nombre estaba escrito en la parte delantera con la caligrafía más pulcra que había visto en la vida. «Srta. Margaret Chase».
—¿A qué esperas? Ábrelo —la instó Deborah, así que Maggie giró el sobre para romper el sello de cera que tenía en la parte de atrás.
Por dentro, la tarjeta era incluso más suave.
«Queda cordialmente invitada a...».
—No.
—¡Pero si ni la has leído!
Maggie no pudo evitar que las palabras le salieran como un lloriqueo:
—¿Me has engañado para que viniera a una fiesta solo para poder invitarme a otra?
Deborah soltó una carcajada casi maníaca.
—Pero si no es ninguna invitación, Charlie querido. Es un billete para ir a la fábrica de chocolate.
Si bien Maggie conocía a Deborah desde hacía casi nueve años, nunca la había visto como en aquel momento: casi fuera de sí de la emoción y con una mirada tan taimada como voraz.
Se imaginaba que era así como la Deborah de diecinueve años se había puesto cuando había sacado el primer manuscrito de Eleanor Ashley de una pila que había en el suelo de la sala de correspondencia.
Como una mujer cuyo plan maquiavélico estaba a punto de ponerse en marcha.
—Te han invitado a pasar las Navidades en casa de tu fan número uno.
—Deborah...
—¡En Inglaterra! —añadió Deborah con una floritura, como si eso mejorara la cosa y no hiciera que fuera infinitamente peor—. Con todos los gastos pagados. Pero bueno, antes de que me digas que se me ha ido la olla...
—¡Es que sí que se te ha ido la olla! ¿Hace falta que te recuerde que escribo novelas de misterio?
—¿Y qué?
—¡Que a mis fans les chiflan los asesinatos! ¡Y los asesinos! ¡Y...!
—Tu último libro iba sobre una mujer cuyo gato podía reconocer el olor del veneno.
—¡Oye! Aquí hay gato encerrado tuvo muy buenas ventas en Brasil —se defendió Maggie, pero Deborah ya había tomado una decisión. No había ningún brillo burlón en sus ojos, ningún indicio de travesura.
—A esta fan en particular la conozco, no pasa nada. Y deja que te diga una cosa... —Bajó la voz—. Quieres subirte a ese avión. No, te mueres de ganas de subirte a ese avión.
Maggie acarició el grueso papel con un dedo. Era una invitación muy bonita, todo fuera dicho.
—No quiero pasar las fiestas con desconocidos —admitió, y Deborah la miró con algo de ternura.
—¿Y con quién las vas a pasar, entonces? Sabes que soy una vieja desalmada, pero cuando te imagino dando vueltas solita por ese piso diminuto que tienes...
—Tengo una entrega pronto. —Maggie se refugió detrás de sus palabras como si de un escudo se tratase.
—Tu editora soy yo y acabo de decidir que te daré más tiempo.
—Pero...
—No tienes nada planeado para Navidad, ¿a que no?
—Deborah echó un vistazo hacia su puerta abierta.
Aunque el ruido de la fiesta apenas se oía como un murmullo de fondo, apoyó los brazos en su escritorio y se echó hacia delante, con una postura que le indicaba con total claridad «que esto no salga de aquí»—.
Mira, no quiero que te hagas ilusiones, pero el año que viene va a pasar algo muy gordo.
De esas cosas que solo saben unos pocos afortunados.
Y creo que tú podrías ser la indicada. Pero necesito que te subas a ese avión, no es broma.
Maggie se puso a juguetear con el sello de cera del sobre.
—¿Qué clase de fan le paga un vuelo internacional a su autora favorita para pasar las fiestas?
—La clase que tiene dinero y buen gusto en libros.
—No sé yo si es seguro.
—Lo es.
—No sé yo si es buena idea.
—Ja —se rio Deborah—. Vaya si lo es.
—No sé yo si...
—Maggie. Cielo. Eres la escritora más prolífica y profesional que conozco y te digo esto con todo el cariño del mundo. Te lo digo porque te aprecio. Te lo digo como muestra del espíritu navideño que nos atañe: tienes que dejar de vivir encerrada.
Deborah jamás le había dado un mal consejo.
Ni una sola vez en nueve años y tras decenas de libros.
Porque Deborah creía en ella, quería lo mejor para ella.
Era lo más parecido que Maggie tenía a una familia, lo cual igual era lo único más triste que no tener una familia en sí.
De modo que lo único que pudo hacer fue mirar a su mentora que nunca sería su madre y respirar con desgana.
—Es posible, pero eso no quiere decir que tenga que celebrar la Navidad.
—A ver. —Deborah se echó hacia atrás en su asiento—. Dime cómo vas a pasar la siguiente semana y media. ¿Hundida en el sofá pensando en tu exmarido y tu ex mejor amiga abriendo regalos en la que antes era tu casa?
Si bien sus palabras podían parecer crueles, Maggie reconoció lo que había detrás de ellas: las ganas de motivarla a hacer algo. Era su señal para empezar a luchar, pero lo único que consiguió fue esbozar una media sonrisa y contestar:
—Unos regalos que compraron con mi exdinero , que no se te olvide esa parte.
Volvió a mirar el sobre de refilón, imaginándose unos campos nevados, barandillas adornadas con guirnaldas, gente cantando villancicos y trineos tirados por caballos, porque, como era obvio, al menos para Maggie, todas las Navidades británicas se llevaban a cabo en adaptaciones de la BBC.
—No debería..., no.
—Lo que deberías hacer, Margaret, es confiar en mí.
Lo que Maggie no le dijo fue que no tenía intención de volver a confiar en nadie nunca más. Y menos en sí misma.