Maggie
Maggie
Hace una semana
No fue hasta que las puertas del ascensor se estaban abriendo que Maggie se dio cuenta de que iba a darse de bruces con tres de sus cosas menos favoritas en el mundo: la Navidad, una fiesta y el dichoso Ethan Wyatt.
Por un instante se quedó allí plantada, con la cacofonía de los villancicos y el murmullo de las voces disminuyendo hasta volverse un suave zumbido mientras contemplaba por las puertas abiertas aquella expresión petulante que le regalaba su rostro igual de presumido; su típica chaqueta de cuero y la tira de lucecitas que tenía enroscada en el cuello como si de una bufanda se tratara.
Llevaba un gorro de Papá Noel en la cabeza y, cómo no, un ejemplar de La paz del caballero («¡El nuevo best seller de The New York Times !
») en las manos. Que fuera una figura de cartón a tamaño real y no el susodicho en sí tendría que haberle supuesto un consuelo, pero la verdad es que seguía igual de tentada a partirle la cara de cartón.
Como mínimo tendría que haberle dado al botón del ascensor para lograr que cerrara las puertas más rápido, y quizá lo habría hecho de no haber oído una voz que exclamaba:
—Ay, madre, ¡has venido!
Lo que le confirmó que había cometido un gravísimo error.
Tendría que haberse escaqueado mientras aún tenía la oportunidad.
De vuelta por el ascensor hasta el vestíbulo y luego hacia las frías y atiborradas calles del centro de Manhattan a siete días de que llegara la Navidad.
Tendría que haberse largado (y eso habría hecho), de no ser por el Ethan Caracartón que la había distraído.
Solo que ya era demasiado tarde, pues un par de manitas diminutas pero increíblemente fuertes la estaban sacando a rastras del ascensor para llevarla hacia el espacioso vestíbulo de Killhaven Books.
—Shellie se apostó cinco dólares a que te pasarías, ¡y aquí estás!
Deborah tenía que alzar la voz para hacerse oír por encima de todo el parloteo y las risas porque...
sí, señor. Estaban en plena fiesta. Una fiesta navideña, para más inri.
Y Maggie había decidido hacer acto de presencia como si tal cosa.
Había un árbol con lucecitas parpadeantes, música de fondo y una sala entera que daba vueltas. O eso le parecía a ella.
—¿Maggie? —Deborah le habló desde más cerca y un poco más bajo.
—¿Sabes qué? No sé yo cómo no hay más asesinatos durante las Navidades.
—Jo, ya estamos con lo mismo —musitó Deborah, aunque Maggie no le hizo ni caso porque seguía con la vista clavada en el Ethan Caracartón.
—No, en serio. Montones de gente que se quiere sacar los ojos apretujada en salas con poca ventilación y exceso de alcohol. Con tijeras y dispositivos de estrangulamiento al alcance de todos.
—¿Cómo que dispositivos de estrangulamiento?
—Pues... las luces. El espumillón. Te apuesto lo que quieras a que una guirnalda podría resultar la mar de peligrosa. —Aun así, Maggie sintió que se ponía de mejor humor ante las posibilidades—. Hasta el muérdago es venenoso.
—Para los perros —acotó Deborah.
—Con una dosis lo bastante abundante, cualquiera podría caer como un perro —explicó Maggie, volviéndose poco a poco hacia la mujer que tenía a su lado.
Con su metro cincuenta y cinco de estatura, Deborah Klein era un ejemplo de poder.
Cabello canoso, traje pantalón de Chanel y unos ojos que lo habían visto absolutamente todo durante los cuarenta y nueve años que llevaba en el mundo editorial, desde sus días en las salas de correspondencia hasta convertirse en la mujer más temida de la industria.
—Todo esto es para decirte que tengo pensado asesinarte.
—¿A quién? ¿A mí? —Deborah se llevó una de sus manos diminutas al pecho.
—¿A quién, si no? «Solo será una comida, Maggie. Tienes que salir de casa, Maggie. Tenemos que hablar sobre marketing , Maggie».
—En primer lugar, yo no hablo así.
—Claro que sí.
—Y en segundo...
—Esto es una fiesta, Deborah. Eso de ahí es un árbol de Navidad hecho con libros de tapa blanda.
Casi la mitad del departamento de marketing está liado con el karaoke.
Y... —Maggie se quedó sin palabras al verlo— Lance VanZant va por ahí con una camiseta con estampado de esmoquin. No me lo estoy inventando.
Deborah hizo un ademán para restarle importancia.
—Lance VanZant escribió un libro medio decente hace nueve años. Nadie se acuerda de su cara.
—¿Y qué me dices de este de aquí? —Maggie señaló al Ethan Caracartón, y Deborah tuvo la decencia de parecer arrepentida.
—Me han comentado que no se ajusta a las dimensiones reales.
A Maggie se le encendió la bombilla.
—Uhhh. ¿Me lo puedo llevar cuando acabe la fiesta? Llevo tiempo queriendo aprender a lanzar cuchillos.
Deborah separó los labios muy despacio, como si no se le ocurriese qué decir a lo que acababa de escuchar, cuando una mujer pasó por donde estaban y soltó un:
—¡Feliz Navidad, Maggie!
Era nueva y Maggie creía que se llamaba Jen.
Estaba bastante segura de que ese era su nombre.
Si se basaba en las estadísticas, un tercio de las mujeres que trabajaban en el mundo editorial se llamaba Jen, pero Maggie no las tenía todas consigo porque había demasiado ruido después de haber pasado un año entero rodeada de silencio.
Había demasiada gente. Y, dado que ni las fiestas ni los excesos de gente eran lo suyo, ya hasta le había entrado el tembleque.
—Vamos a buscarte algo de comer. —Deborah la había sujetado del codo.
Podía notar su agarre a través del abrigo enorme a lo Joan Wilder que llevaba, demasiado caluroso para una sala con tanta gente.
Siempre le había parecido un abrigo excelente, tan grande que casi se perdía dentro de él, pero Deborah no le había perdido la pista, sino que seguía murmurándole cosas al oído—: Lo siento mucho.
Ha pasado un año y creía que... Tú quédate cinco minutillos y ya.
Por mí. No debería haberte engañado para hacer que vinieras, pero sí que hay algo de lo que tenemos que hablar.
Maggie empezaba a ceder. Ya se había gastado cincuenta pavos en taxis y en el billete de tren, además de perder un día entero de trabajo, por lo que quizá no fuera tan malo quedarse un rato.
Al fin y al cabo, nadie decía que tuviera que participar en la fiesta.
Podía limitarse a cruzar por en medio, con eso sí que podía.
Llevaba caminando cada día desde... Desde que iba en pañales, vaya, hacía ya casi treinta años.
Llegar a la pedazo de oficina que tenía Deborah no era imposible.
Entonces oyó el sonido del ascensor, las puertas se abrieron y una voz grave exclamó a todo pulmón:
—¡Jo, jo, jo!
Lo primero que vio fue la figura de cartón.
—Anda, ¿y quién es este guaperas que tenemos aquí?
Luego la vio a ella.
—¡Anda, Marcie! ¡Dichosos los ojos!
Y Maggie se puso a buscar el espumillón.