Crimen antes de Navidad Maggie
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Maggie

Maggie

El caos no era nada nuevo para Maggie. El metro de Nueva York en hora punta.

La Comic-Con de San Diego. Los puestos de firmas en el MurderFest cuando se corrió la voz de que Ethan Wyatt tenía una nueva chaqueta de cuero y no tenía problema con firmar sujetadores.

Aun así, nada de eso se comparaba con el pandemonio que era una casa llena de armas en plena tormenta de nieve con cuatro críos de menos de seis años encerrados en ella.

—¡Estamos liberando un poco de energía! —exclamó Kitty por encima de los gritos que llenaban la angosta y larga salita que había en la segunda planta.

Habían vaciado las estanterías y todos los cojines de los sofás estaban amontonados en el suelo.

Los niños estaban jugando a un juego que seguramente debía de llamarse ¡Pum!

¡Catapum!, en el que el objetivo era hacer ¡pum!

hasta que algo terminaba haciendo ¡catapum!

, y Maggie nunca había sentido tanta lástima como sintió en aquel momento por Kitty, que estaba allí en medio, meciendo a una bebé llorona sobre el hombro y obligándose a sonreír, mientras la yayita Davis se echaba una cabezadita en un rincón.

—¿Antes de que Cece encontrara a sir Jasper?

Ah, estaba con Rupert en nuestra habitación.

¡La yayita Davis acababa de hacer que la bebé se quedara dormida!

—exclamó Kitty a voz en grito por encima de un estruendo más escandaloso de la cuenta—.

Ellie necesitaba echarse la siesta, pero...

—Al oír su nombre, la bebé soltó un alarido desconsolado y unas lágrimas enormes cayeron por sus mejillas regordetas—.

No pasa nada, cariño —arrulló Kitty, para luego volverse hacia Maggie e Ethan—.

Perdonad, es que le están saliendo los dientes y...

¡Catapum!

Más llantos inundaron la sala. La bebé tenía la carita tan roja que casi parecía morada, y Maggie sintió que el corazón se le rompía un poco. La pobre Kitty también parecía al borde de las lágrimas.

—No me creo que esto esté pasando. Yo solo quería que pasáramos una Navidad perfecta. La tía Eleanor se estaba recuperando bien de su caída, y ella y Rupert por fin habían resuelto todo ese lío con las cuentas y...

¡Pum!

Kitty echó un vistazo por encima del hombro de Maggie y chilló:

—¡Eloise, ¿de dónde has sacado ese gong?!

Por su parte, Maggie intercambió una mirada con Ethan.

—Vaya, ¿qué lío? —preguntó con toda la inocencia que pudo.

—No sé qué con el banco de ella. —Kitty intentó restarle importancia porque, todo fuera dicho, la pobre mujer tenía cosas más importantes en las que pensar.

¡Catapum!—. La tía Eleanor creía que sus cheques de regalías iban todos a una cuenta, pero resultó que estaban siendo depositados en otra distinta.

Rupert se lo había comentado, cómo no, pero se le olvidó.

Pobrecita mía. Es que ya se está haciendo mayor, ¿sabéis?

Al final no fue nada, solo... ¡Eli, deja de cortarle el pelo a tu hermana!

—Y se volvió hacia Maggie—. ¿Qué te decía?

El llanto se convirtió en berridos, y a Maggie empezó a preocuparle que la bebé fuese a desmayarse, porque ¿acaso estaba respirando? Kitty se puso a caminar de aquí para allá dándole palmaditas, con pinta de estar a punto de desmayarse ella también, pero entonces Ethan avanzó hacia ellas.

—¿Me permites? —preguntó, alzando las manos.

—Ah, no tienes por qué... —Pero la frase se quedó a medias cuando la bebé prácticamente se lanzó a los brazos de Ethan—. Anda, mira... Tienes que sostenerla desde abajo...

Solo que Ethan ya se había apoyado a Ellie en el hombro con una mano, mientras que con la otra la sostenía desde abajo y los berridos se fueron desvaneciendo poco a poco, como una sirena que se va alejando hasta que lo único que se oyó fue el corazón de Maggie a toda pastilla y a Kitty quedándose con la boca abierta.

«No sé de qué me sorprendo, si es una niña», se dijo Maggie. Recordó que no era la primera vez que una mujer se lanzaba de forma voluntaria a los brazos de Ethan Wyatt y, sin duda, no sería la última.

—Esto... ¿Qué...? ¿Qué me habías preguntado? —dijo Kitty.

—No tengo ni la más remota idea.

Observaron cómo Ethan avanzaba hacia el otro lado de la sala y exclamaba: «Oye, RJ, ¿me pasas esa caja de dominó? Voy a enseñarte algo muy chulo». Entonces se sentó en el suelo, con el resto de los niños haciendo corrillo a su alrededor, y Maggie sintió un aleteo extraño en medio del pecho.

—Está... —empezó Kitty.

—Sí.

—No imaginaba que...

—Ni yo.

—¿Cuánto tiempo lleváis...?

Algo en aquellas palabras sacó a Maggie de su trance.

—¡No, no! Él y yo no... No estamos... ¡Si nos odiamos! —contestó, pero por alguna razón las palabras le parecieron incorrectas..., como un vestido que ya no le quedaba bien, pero que no pensaba dejar de ponerse porque seguía siendo su favorito.

—¿En serio? —Kitty le dedicó una mirada entre cómplice y traviesa—. Pues a mí me parece que se le cae la baba.

—Ah, es que Ellie es una bebé muy mona —concedió Maggie.

La sonrisa de Kitty se volvió taimada.

—Más bien por ti.

—¿Por mí? Qué dices, si me odia. Y yo a él. —Tuvo que reírse—. Es lo único en lo que estamos de acuerdo.

Solo que Kitty no parecía coincidir.

Veinte minutos después, los dos iban caminando por un largo y desierto pasillo. El ambiente estaba muy frío, y Maggie casi esperaba que su aliento se convirtiera en esquirlas de hielo mientras se volvía a mirarlo.

—Vale. —Ethan se frotó las manos como si estuviese tramando un plan maquiavélico—. Digamos que la «confusión» de Rupert con las cuentas no fue algo tan sin importancia como dicen...

—Y Eleanor lo pilló con las manos en la masa... —continuó Maggie.

—Eso le da un motivo. Sin mencionar que...

—Si James estaba en lo cierto y Eleanor estaba modificando su testamento... —empezó Maggie.

—Eso hace que mucha gente tenga muchos motivos... —Ethan alzó una ceja.

—Aunque solo si estaban enterados —concluyó Maggie.

—Algo que es cierto en el caso del duque y la duquesa, claramente.

Ethan le dedicó una sonrisa como diciendo «míranos, que bien se nos da», pero Maggie...

Lo único en lo que podía pensar ella era en sus vacaciones de primavera durante su primer año en la universidad.

Ella había decidido que quería escribir su primera novela y Colin, que iba a ayudarla.

Se pasaron una semana entera tumbados lado a lado en el muelle de la casa de la playa, intercambiando ideas como en un partido de tenis de mesa, persiguiendo un argumento como si jugaran al pillapilla.

Se turnaron para ir escribiendo a mano en un cuaderno, porque era así como lo hacía Eleanor Ashley.

Colin tenía una letra horrenda y unas ideas incluso peores, pero Maggie nunca había tenido un vínculo tan estrecho con nadie, quizá en toda su vida, de modo que se dedicó a sonreír, echarse unas risas y permitir que el sol le dejara los hombros en carne viva.

No hizo lo que tendría que haber hecho: lanzar ese cuaderno directo al mar.

—¿Maggie?

Hacía mucho que no intercambiaba ideas de ese modo con nadie. El toma y daca de las posibilidades. Las ideas se le arremolinaban en la cabeza como la brisa helada y la nieve al caer, pero una de ellas le pareció sólida y real y justo allí, al alcance de la mano: Ethan no era Colin.

—Ey... —Aunque era un rostro que había visto en la contracubierta de un millón de libros, la expresión le resultaba ajena. Parecía como si estuviera contemplando a un desconocido y a un amigo de toda la vida a la vez cuando este le preguntó—: ¿Adónde has ido?

Maggie tenía un espejo de marco dorado a sus espaldas, y lo primero que llegó a ella al verse fue que casi no conseguía reconocer su propio reflejo: el de una mujer que parecía animada, entusiasmada y...

¿llena de ilusión? Así como un hombre que se inclinaba hacia ella como hacen las flores en dirección al sol.

—¿Ethan?

Pero entonces vio algo más en el espejo: a Rupert, avanzando por el pasillo y mirando atrás, con toda la pinta de un hombre que no pretendía que nadie lo siguiera.

Así que Maggie hizo lo único que podía hacer: ir tras él.