Ethan
Ethan
Ethan no debería haber estado pasándoselo tan bien con todo aquello. Era una persona horrible. Un canalla. Un sinvergüenza. Se convenció a sí mismo de que era el malo de la película.
Porque no, no debería haber estado pasándoselo tan bien con todo aquello.
Había un hombre luchando por su vida. Una mujer desaparecida. Alguien entre todos los presentes que disparaba armas de fuego cuando la casa estaba llena de niños. Y Maggie... No sabía qué iba a ser de él si no era capaz de proteger a Maggie...
El problema era que se lo estaba pasando bien, tuvo que reconocerlo mientras seguían a Rupert por los pasillos poco iluminados. Y la cosa mejoró cuando Rupert se detuvo de golpe y Maggie lo sujetó del brazo y tiró de él hacia un recoveco angosto, escondidos detrás de unas pesadas cortinas.
—En serio lo digo. No veas lo fuerte que eres.
—Calla.
La tenía pegada a su cuerpo, apretujándose contra él para que no los vieran, y él se portó como el peor villano de todos al colarle los brazos por la cintura y apretarla más contra él.
—¿Vamos a hacer eso que hacen en las novelas de enrollarse para que nadie sospeche? —preguntó Ethan en un susurro.
Tenía sus enormes ojos marrones y sus labios suaves a apenas unos pocos centímetros. Incluso en la penumbra podía ver cómo se lo pensaba.
—¿Puede?
Ethan tragó con dificultad.
—¿Solo puede? ¿O mejor sí?
—Si nos pilla, sí —susurró Maggie, sin apartar los ojos de él.
—Es lo que se espera en este género.
—Un cliché donde los haya...
Notó su aliento sobre sus labios.
—Todo un clásico.
Se habían quedado solos en una casa llena de gente, e Ethan hizo todo lo posible por recordarse que Maggie lo odiaba, pero le había enredado los dedos en el pelo y estaban tan cerca que podía sentirla respirar y...
—¿Oye, Maggie? —¿Siempre había tenido la piel tan suave?— ¿Y si nos enrollam...?
Solo que antes de que pudiera terminar, Maggie se puso de puntillas y él se agachó. ¿Igual se encontraron en el medio? ¿O quizá colisionaron? A lo mejor fue un accidente. O cosa del destino.
Lo único que sabía con total certeza era que sus labios se tocaron.
Apenas un roce. Una caricia. Un susurro.
Uno que se alargó y se siguió alargando y entonces el beso fue a más e Ethan lo necesitó todo.
Su sabor y sus roces y esos suspiritos que se le escapaban.
Quería memorizar aquel momento. Y también olvidar que había pasado...
, borrarlo de su cerebro porque algo tan profundo y visceral iba a terminar por dejarlo sangrando y a su suerte.
Pero entonces Maggie dejó escapar su nombre en un suspiro y se apoyó más contra él, y a Ethan se le quedó la mente en blanco. Se olvidó de Eleanor y de sir Jasper e incluso de las Navidades. Se olvidó de su propio nombre.
—¡Hostia, Rupert!
Una voz interrumpió el silencio, y Maggie se apartó. Algo parecido al horror se dibujó en su rostro. Horror, pánico y arrepentimiento. Se iba a poner a darle vueltas y vueltas y vueltas a...
—Maggie —la llamó Ethan en un susurro—. No...
Maggie estaba a punto de salir corriendo, pero entonces les volvió a llegar la voz desde el pasillo.
—¡Cuando me pediste que no pasara las fiestas con mi familia, dijiste que era una emergencia!
Maggie se quedó de piedra. Fue como si el beso que habían compartido nunca hubiese sucedido cuando susurró:
—Es el doctor Charles...
Ethan no pudo hacer otra cosa que mirarle los labios hinchados.
—Y aquí estamos ahora —el médico soltó una risa brusca y nada divertida—, atrapados en medio de la nada con un asesino suelto.
Kirk y las niñas se van a llevar un susto tremendo cuando no me vean bajar del tren esta noche, y ni siquiera puedo llamarlos porque estoy atrapado aquí dentro.
Contigo y la pesada de tu hermana y esa prima tan desagradable que tienes.
—Esa mujer no es mi prima —espetó Rupert.
«¿Cece?», artículo Maggie, a lo que Ethan asintió. Era lo único que tenía sentido.
—Yo no he venido a esto. Me da igual la de favores que te puedan hacer en el hospital, yo no he venido a ver cómo disparan y envenenan a la gente. ¡No he venido a esto!
Oyeron unos pasos que se acercaban y, por instinto, Ethan los hizo girar y colocó a Maggie contra la pared. La protegió con su cuerpo. Se aseguró de que nadie la viera ni pudiera hacerle daño.
—¡Gregory, venga ya! Mi tía está mal de la cabeza. Por eso has venido, ¿recuerdas? —Rupert soltó otra carcajada, pero sus risas murieron al darse cuenta de que nadie le seguía el juego.
—En vista de todo lo que ha pasado, diría yo que sus miedos ya me parecen bastante justificados —repuso el doctor Charles.
—A ver, Gregory. Ya habíamos hablado de esto. Mi tía ya no está en pleno uso de sus facultades. Alguien tiene que pasar a encargarse de sus asuntos. —Rupert pronunció la frase como un padre que quiere hacer que su hijo la repita después de él—. Es por su propio bien.
—Me dijiste que tendría oportunidad de examinarla, de ver su paranoia con mis propios ojos.
—Pero bueno —resopló Rupert—. Diría yo que el que haya salido por patas justo antes de Navidad es prueba suficiente de lo que te digo, ¿no te parece?
—Pues ahora que lo dices... —La voz del médico sonaba desafiante. Más grave, más seria, más cerca—. A mí me parece que es prueba de lo que decía ella.
El pasillo se quedó en silencio salvo por unos pasos sobre alfombras viejas y el ruido de una casa incluso más vieja al asentarse bajo la nieve.
Todos los instintos de Ethan le dijeron que el peligro había pasado, que estaban solos.
Y supo que tendría que haber retrocedido, darle espacio a Maggie para respirar y moverse.
Pero Ethan no se movió, y Maggie no protestó, y por eso decidió quedarse justo donde estaba, con una mano apoyada en la pared tras su cabeza y la otra en torno a su cintura, mientras la respiración acelerada de ambos provocaba que su pecho subiera y bajara a la vez, como en una especie de baile.
—Es la segunda vez que lo oigo llamar paranoica a Eleanor —dijo Maggie.
—Que es justo lo que dirías si tu tía te pilla con las manos en la masa.
—Exacto.
Había un brillo en su mirada, en su piel.
Era casi demasiado doloroso mirarla, por lo que buscó un punto por encima de su cabeza e intentó centrarse en él.
El nicho en el que se habían escondido debía de haber albergado alguna obra de arte en algún momento...
, algo frágil, valioso y especial. Tenía un papel pintado muy delicado y unos detalles intrincados y...
Fue entonces cuando lo vio.
—Eso quiere decir que, si Rupert de verdad le estaba robando... Oye. Tierra llamando a Ethan. ¿Qué estás...? —Maggie dejó la frase a medias al alzar la vista y percatarse del fardo pequeñito y verde que tenían por encima—. Es muérdago.
Supo reconocer el instante preciso en el que ella recordó el beso porque el cuerpo entero se le tensó y abrió mucho los ojos, e Ethan se quedó esperando que se apartara, que amenazara con matarlo, descuartizarlo o alguna otra forma de violencia si se le ocurría mencionarlo alguna vez.
En su lugar, Maggie se removió ligeramente en su sitio y argumentó con voz ligeramente más aguda:
—Ah, bueno. Es que es Navidad al fin y al cabo...
—Maggie...
—Y a Eleanor parece que le gustan mucho las tradiciones. Eso sin contar el nombre mismo de la mansión y que...
—Margaret.
—¿Sabías que es un parásito? Y puede usarse como veneno. Y...
Se había puesto a parlotear, nerviosa y tímida mientras se iba tornando del color de la piel al regenerarse: fresca, rosa y frágil. De modo que Ethan hizo lo único que se le ocurrió y la volvió a besar. Un gesto breve y travieso.
Entonces se agachó para mirarla a los ojos y susurró:
—Maggie, ¿de verdad estabas segura?
—¿Eh?
Le apartó un mechón de aquel cabello suave y oscuro porque no pudo hacer nada para impedir el movimiento de sus dedos traidores.
—Ayer. Antes de los disparos... Antes de lo de sir Jasper... Cuando estábamos los dos en el laberinto... Cuando solo éramos tú y yo, ¿de verdad estabas segura de que todo era una prueba?
Maggie se apartó de golpe. La había visto hacer ese gesto decenas de veces, cientos incluso.
Antes pensaba que era lo que hacía al recomponerse, pero no era así.
Lo que hacía era contenerse, ocupar el menor espacio posible y convertirse en un objetivo más pequeño.
Cuando acabaran con todo aquel asunto, pensaba buscar al pedazo de infiel que tenía por exmarido y nadie podría culparlo por lo que tenía pensado hacerle.
—Me equivoqué. —Maggie negó con la cabeza a toda prisa—. Fui una tonta y...
—Oye. —Ethan no pudo evitar acomodarle aquel mechón rebelde detrás de la oreja y acunarle el rostro entre las manos—. No me digas que te equivocaste. Dime si de verdad estabas segura.
Vio cómo aunaba su fuerza, se la colocó como si de una armadura se tratase.
—No recuerdo la última vez que me sentí tan segura sobre algo.
«Fenomenal». Se le estaba erizando la piel y todo.
—Vale. ¿Y el libro de Eleanor con el muérdago... tiene pasadizos secretos?
Maggie abrió mucho los ojos.
—¿Cómo lo has...? —Solo que Ethan ya se había agachado para dejarle un beso en la frente—. ¿Qué...?
Entonces se estiró por encima de ella para llegar hasta las ramas de muérdago que había talladas en la madera.
E hizo presión.
Oyó el chasquido. Notaron cómo se movía la pared.
Y Maggie le dedicó una mirada que decía que eso bien podría ser el mejor regalo de Navidad del mundo de no ser por la cantidad de roces con la muerte que habían tenido en los últimos días.
Pero antes de que pudiera decirle nada, ambos perdieron el equilibrio y terminaron tropezándose de lleno hacia la oscuridad.