Crimen antes de Navidad Maggie
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Maggie

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Mientras avanzaban por el amplio vestíbulo, ni Ethan ni Maggie tenían ni idea de dónde buscar al duque o a la duquesa, pero resultó que lo único que tenían que hacer era seguir las voces.

—Yo creyendo que ya habíamos buscado en todos los lugares posibles y voy y recuerdo otro... Anda, hola.

Durante la primera noche, la duquesa de Stratford había parecido la mujer más elegante del mundo.

De edad indeterminada, de ese modo que solo es propio de las mujeres guapas y adineradas, como suspendida en algún punto entre los treinta y cinco y los cincuenta y cinco años.

Congelada en el tiempo. Por desgracia, ya solo parecía muy cansada.

—¿Aún no sabemos nada sobre Eleanor? —Maggie no pudo evitar sentir un pinchacito de culpabilidad. Se trataba de la sobrina de Eleanor, pues claro que el estrés iba a hacer mella—. No se preocupe, la vamos a encontrar.

—Eso espero —interpuso el duque—. ¿Te haces una idea de lo mucho que se tarda en gestionar el tema de la herencia cuando no se ha encontrado aún el cadáver?

—Soltó el clásico resoplido hosco y el asentimiento exagerado de un necio que se cree un genio, y Maggie se quedó allí plantada, sin saber si lo había oído bien o no.

—David, ¿por qué no vas con el señor Wyatt a revisar detrás de ese armario? —dijo Victoria, con lo que el duque se volvió hacia Ethan.

—¿Me ayudas a moverlo? —preguntó como un crío a punto de estrenar una casita en el árbol.

—¡Vale! —respondió Ethan, como un crío con ganas de subirse a dicha casita en el árbol.

Maggie vio cómo se alejaban hacia un gran armario que se encontraba contra la pared, unos seis metros más allá.

—Tú ni caso. —Victoria le restó importancia con un ademán, como si llevara su matrimonio entero pronunciando las mismas palabras—. Señorita Chase, puede que no me creas, pero me caes bien, así que...

—¿En serio? —En efecto, Maggie no le creía ni media palabra.

—Hazme el favor de dejarte de rodeos y pregúntame lo que quieras saber.

Vaya. Pues nada. Maggie podía ir al grano. Más o menos.

—¿Tiene intención de matar a su tía?

—No. —Su respuesta fue clara y precisa, como un billete de los grandes que nunca había rozado siquiera los interiores de una cartera—.

Asimismo... —La duquesa empezó a enumerar con los dedos—: Desconozco el paradero de mi tía.

No sé cómo salió de su despacho. No sé qué le ocurrió a sir Jasper.

Y, si de verdad alguien quiere matarla, no sé quién es ni por qué.

Maggie no tenía ni la menor duda de que Victoria, la duquesa de Stratford, era una mentirosa redomada.

Solo que también estaba absolutamente convencida de que le decía la verdad.

Quizá porque no era del tipo de personas que cometía un crimen y negaba haberlo hecho, sino más bien de las que se echaba a reír y te retaba a demostrarlo.

Seis metros más allá, David e Ethan ya habían apartado el armario de la pared y estaban investigando el suelo que había detrás.

—¡Aquí no hay nada! —exclamó el duque, antes de empezar a devolver el armario a su sitio.

Entretanto, su mujer se quedó contemplándolo todo, demasiado callada y demasiado quieta como para que no resultara sospechoso.

—Nunca nos regaló nada. —Las palabras fueron tan bajas que Maggie apenas las oyó.

—¿Cómo dice?

—Por Navidad. Ni cumpleaños. Nunca nos regaló nada. —Victoria soltó una risa seca y meneó la cabeza con discreción—. Nos daba pistas, por el amor de Dios. Pistas que conducían a más pistas y, tras mucho trabajo, a uno de un millón de escondrijos posibles. Detrás de cuadros o...

—¿Bajo armarios? —sugirió Maggie.

La duquesa le dedicó una mirada que casi parecía de respeto.

—Si las encontrábamos, nos daba un premio. Si no, pues...

—Deje que adivine, usted era la que siempre ganaba.

—No. —Victoria la miró directo a los ojos—. Soy la que se negó a seguir jugando.

En aquel momento, la duquesa parecía ser esa misma niña: mosqueada porque le exigieran que demostrara ser más lista que una mujer hecha y derecha y dispuesta a ganar del único modo que creía posible, al rehusarse a intentarlo.

—A mi tía le encantan los juegos, señorita Chase. Y siempre lleva la cuenta de todo. No se me ocurre mejor forma de ganarse el respeto de Eleanor Ashley que intentando matarla, la verdad. Y, siendo sincera, me fastidia bastante no haber sido la primera en pensarlo.

Dicho eso, la duquesa de Stratford echó los hombros hacia atrás y marchó por el vestíbulo, arrastrando a su marido detrás de ella.

—Ah, sí, ¿su majestad? —llamó Ethan, y el duque se volvió—. ¿Qué es lo que busca exactamente?

El duque meneó la cabeza como diciendo «¿tú no te enteras o qué?».

—La caja fuerte.

Por su parte, la duquesa... La duquesa ni siquiera se dignó a mirar atrás.

Ethan se volvió hacia Maggie y le dijo:

—Anda, diría yo que ya están enterados de lo del testamento.