Crimen antes de Navidad Maggie
15%

Maggie

Maggie

—¿Y bien? —preguntó Ethan cinco minutos después, pero la familia de Eleanor apenas se dignó a alzar la cabeza de sus platos.

Ya no quedaba rastro del desayuno, todo había sido reemplazado por unas bandejas llenas de bocadillos y grandes cuencos soperos, por lo que casi nadie le prestó atención a Ethan. Lo cual demostraba que siempre hay una primera vez para todo.

—¿Y bien qué? —El duque se sirvió otra taza de café.

—¿Alguien ha encontrado a Eleanor?

—Es obvio que no, Wyatt —dijo sir Jasper—, ya ves que aquí no está.

—Sí, eso veo.

Maggie no debería haber disfrutado al verlo alzar la vista al techo y menear la cabeza, casi rezumando frustración por los poros. Apenas consiguió que no se le escapara la risa.

—¿Qué pasa? —Parecía más fastidiado que ofendido.

—Yo no he dicho ni mu —dijo ella, mordiéndose el labio a la vez que se dirigía a la mesa lateral y se servía un cuenco de sopa, al darse cuenta de que se moría de hambre.

Su estómago soltó un rugido y le recordó que la noche anterior había estado demasiado nerviosa para probar bocado y tampoco había desayunado, para luego pasar la mañana ocupada subiendo y bajando escaleras en un intento por demostrar que era más astuta que Ethan Wyatt.

Y eso que apenas había empezado.

—¿Y a ti qué te pasa? —le susurró Ethan casi al oído.

—¿A mí? ¿Por? —Le dio un mordisquito a un bocadillo diminuto antes de sumarlo a su plato.

—Sí, a ti. La presidenta de la Sociedad de Admiradores de Eleanor...

—Ah, no. Solo soy la tesorera, la presidencia tiene límite de mandatos.

—... aquí plantada con la boca manchada de mostaza.

Maggie se apresuró a pasarse la lengua por los labios. Ethan bajó la mirada y se le ensombreció la expresión y, por un instante, se convirtió en un hombre que parecía haber olvidado por completo por qué estaba tan cabreado.

—¿Decías...?

—Eh...

Maggie fue a por otro minibocadillo y dio un mordisquito incluso más pequeño que el anterior.

—Ethan, ¿te encuentras bien? —preguntó con un deje de exagerada paciencia.

—¿Yo? —Apartó de su mente lo que fuera en lo que estuviera pensando—. Yo estoy perfectamente. A diferencia de Eleanor, que nadie sabe dónde está.

Maggie ocupó un asiento en la mesa y no le extrañó nada ver que él escogía uno justo al lado.

—Estoy segura de que terminará apareciendo. Al fin y al cabo, estamos en una casa muy grande. Perdone, sir Jasper, ¿sería tan amable de pasarme la sal?

—¡Encantado, señorita Chase!

—Gracias. —Le dedicó su sonrisa más encantadora, a lo que Ethan soltó algo muy parecido a un resoplido hastiado.

—Margaret Delphina Chase. —Ethan mantuvo la voz baja—. ¿Qué está pasando?

—Estoy almorzando. ¿Quieres un poco?

Maggie le ofreció uno de sus bocadillos y luego volvió a concentrarse en su comida y la misión que la ocupaba.

Casi se había olvidado de la ramita de muérdago hasta que él se la retiró de detrás de la oreja.

—Diría que esto tendría que colgar por encima de tu cabeza, pero estoy dispuesto a hacer una excepción —bromeó él.

Estaba un noventa por ciento segura de que estaba bromeando al menos, así que se la quitó de un movimiento y la dejó sobre la mesa.

—Eso me pasa por intentar sumarme al espíritu navideño.

Hubo una época en la que aquella ramita de muérdago le habría recordado a unos pendientes con forma de campana, a un BMW rojo y a otros millones de formas en los que jamás podría ser Emily. Pero no pasaba nada, porque Maggie iba a ser alguien infinitamente mejor. Maggie iba a ser Eleanor.

—Algo sí que intentas conseguir... —Ethan entornó los ojos, como alguien que no podía decidirse si debía sentirse intrigado o mosqueado—. Y pienso averiguar qué es.

Maggie hundió su cuchara en la sopa y, con toda la delicadeza del mundo, la alzó para soplarla.

A Ethan se le crispó la mandíbula. No sabía qué significaba aquel gesto, pero le gustó.

Disfrutaba de la incertidumbre en su mirada.

Era la primera vez en cuestión de un año que sentía que estaba jugando a algo.

Y llevaba la delantera. De modo que lo hizo otra vez.

—¿Con quién hablabas por teléfono, Maggie Mae?

A Maggie se le congeló la cuchara a mitad de camino. ¿La habría oído? Imposible. No con el rugido del viento y las paredes de piedra y los crujidos del suelo.

—¿Por teléfono? Creía que no había línea.

—Entonces has decidido subir a la torre más alta ¿solo para mantener una conversión contigo misma?

—Oye, eso de oír voces no es bueno. Lo mismo deberías ir a hacértelo mirar.

Se estiró hacia los panecillos, pero Ethan tenía los brazos más largos y le quitó la cesta entera.

—¡No! Nada de pan para ti. No hasta que me digas con quién hablabas.

—No hablaba con nadie. —Alzó la mano derecha—. Lo juro.

Y ni siquiera era mentira, lo que la hacía muchísimo más feliz.

Estaba contentísima. Exultante. A nada de ponerse a levitar sobre su silla y salir flotando.

Incluso disfrutaba de Ethan, del brillo determinado de su mirada y del ceño fruncido que marcaba sus facciones mientras echaba un vistazo en derredor antes de bajar la voz.

—Mira, guapa, no sé a qué estás jugando, pero no creas que vas a ganar.

—¿Ah, no? ¿Y quién me lo va a impedir?

Maggie se había dejado de bromas.

«No me extraña que la haya dejado».

Era lo que había dicho Ethan. Y tenía razón.

Maggie llevaba una vida siendo abandonada.

Una vida sola, sin que nadie la quisiera ni la escogiera.

La cuestión era que Eleanor Ashley había invitado a tres escritores a su casa a pasar las Navidades: a Ethan, el mastodonte éxito en ventas.

A sir Jasper, un clásico del género. Y a ella.

Tres escritores, un concurso. Y Maggie era la única que había encontrado las pistas.

Ethan tenía razón: sí que era un juego, uno al que nadie más que ella sabía que estaban jugando.

Miró de reojo a sir Jasper al otro lado de la mesa, con su chaqueta de tweed y su pipa sin encender en el bolsillo delantero, dándole la brasa al doctor Charles, que parecía estar medio dormido.

—Y bueno, les decía a los compañeros del Yard, porque así es como llamamos a Scotland Yard, la poli de Londres, ¿sabes?

Casi le parecía injusto.

—Tú dime algo, Margaret Amelia...

—Qué mono. —Maggie sonrió por encima de su bocadillo—. Me refiero a que hayas decidido que, por mucho que ya sepas cómo me llamo, vas a llamarme por el nombre que no es porque no te llego ni a los talones.

Maggie se lamió un poquitín de mostaza que le había quedado en el índice, Ethan respiró con dificultad y cerró los ojos un largo momento. Hasta que pareció caer en la cuenta de algo, apartó de su mente lo que fuera que estuviera pensando y le preguntó:

—¿Vas a seguir sonriendo si terminamos encontrando a Eleanor en el fondo de unas escaleras podridas o en una zanja cubierta de nieve o...?

—Eso no va a pasar —dijo ella antes de poder contenerse, a lo que él se echó hacia atrás un poco. Solo un poco.

—¿Qué es lo que sabes?

Las palabras le sonaron frías, bruscas y como si estuviera retándola, y Maggie no pudo evitarlo, los ojos se le fueron a la ramita de muérdago. Pese a que estaba prensada, las hojas seguían verdes. Era una rama fresca.

«Sé que conozco a Eleanor».

Ethan estaba justo a su lado, emanando calor, feromonas y esa atracción constante que provocaba que el mundo entero orbitara a su alrededor.

Pero Maggie era inmune. No lo necesitaba.

Lo que necesitaba era un plan y una estrategia y unos quinientos pósits.

Necesitaba pizarras, materiales de consulta y mapas.

Y tiempo. Lo que necesitaba por encima de cualquier otra cosa era tiempo.

—Sé que...

La sala estaba llena de risas y murmullos, del ruido de tenedores y cucharas. Y de Ethan, con sus hombros anchos y su presencia que lo acaparaba todo. Por un segundo, Maggie sintió un pinchazo de culpabilidad porque de verdad parecía preocupado por Eleanor. Pero...

«No me extraña que la haya dejado».

—Maggie...

Cuando Maggie volvió a hablar, lo hizo en voz más alta, para que la oyeran todos.

—¡Sé que uno de los libros de Ethan va a tener película! ¿Lo sabías, Kitty? ¡Una película!

—¡¿En serio?! —gritó Kitty—. ¿Cuál de ellos?

—El caballero de la mesa coja.

— Muerte al caballero . —Ethan la fulminó con la mirada mientras la sala entera perdía el control.

Preguntas como «¿Quiénes van a ser los protagonistas?» y «¿Me puedes conseguir un papel?» y «¿Quién se va a encargar del guion?» volaban por todos lados a semejante velocidad que nadie pareció percatarse de que Maggie se ponía de pie y se acercaba de vuelta a la mesa lateral.

—¿Y por qué no eres tú el protagonista? —preguntó Cece con una risita nerviosa, y Maggie aprovechó para escabullirse por la puerta y por el vestíbulo despejado.

La ramita de muérdago casi le quemaba la palma de la mano mientras iba repasando la obra entera de Eleanor Ashley para sus adentros.

Entre espinas nace la muerte sucedía en febrero, de modo que solo había una razón para que una ramita de muérdago fresco estuviera en aquel libro y página en particular: era una pista. Maggie estaba convencida. Lo único que tenía que hacer era seguirla.

Pero ¿seguirla adónde?

Eleanor había escrito al menos diez historias distintas ambientadas en Navidad, pero Asesinato bajo el muérdago había sido el libro que la había lanzado al estrellato.

Hasta había bautizado su hogar como Mansión Muérdago.

Por tanto, todo debía de estar conectado. Tenía que ser importante. Tenía que...

Maggie ya había subido la mitad de las escaleras cuando vio algo por la ventana.

La nevada había amainado un poco, y algo en aquella extensión infinita que cubría los terrenos de blanco la llevó a pensar en su cumpleaños número catorce.

Solo había pedido una cosa: un exlibris personalizado con las palabras...

«De la biblioteca privada de Margaret Elizabeth Chase».

Se había tirado la tarde entera sentada en el suelo de su habitación, con las piernas cruzadas y estampando aquellas palabras en la portadilla de libro tras libro, acariciando las letras con los dedos. Deseando poder estampárselas para siempre en la piel.

Era así como veía los terrenos: estampados en relieve. Como si un patrón hubiese sido presionado contra la tierra. Blanco sobre blanco, con largas filas de sombras y trocitos de setos de hojas verdes que contrastaban contra el blanco más puro de la nieve. Todo enredado entre sí.

—Como un laberinto.

Era justo como Maggie siempre se lo había imaginado; como Eleanor lo había descrito en su primer libro que había llegado a best seller . Y, por primera vez en muchísimo tiempo, Maggie supo exactamente lo que tenía que hacer.