Maggie
Maggie
—Tengo que hacer una llamada.
—¿Cómo dice? —James parecía confundido.
—Tengo que llamar a Nueva York. Ahora mismo. ¿Podría usar el teléfono, por favor? Puedo pagar por los gastos de llamada internacional y no se lo pediría si no fuera... Es que tengo que hacer esa llamada. Es urgente.
La cuestión era que (si resultaba que tenía razón) aquello podría cambiarlo todo.
Y Maggie necesitaba saberlo. No si tenía razón, eso no.
Lo que tenía que saber era si podía albergar esperanzas, porque hacía tiempo que había aprendido que la esperanza era la emoción más peligrosa de todas.
Se la habían arrancado y la habían usado en su contra.
La había hecho pedazos múltiples veces y no pensaba volver a pasar por lo mismo si podía evitarlo. No creía poder superarlo.
Pero si tenía razón...
—Es que tengo que hacer una llamada a Nueva York —repitió.
—Los teléfonos no funcionan, señorita. Imagino que la tormenta...
Pues claro. La tormenta. Maggie estaba a salvo y calentita dentro de aquellas viejas paredes de piedra, pero en el exterior el cielo estaba hecho una furia. La nieve se alzaba en remolinos y sacudía las ventanas. Solo que no importaba. Nada importaba, salvo...
—James, de verdad necesito hacer esa llamada. ¿Hay wifi? Podría hacerla por FaceTime...
—Me temo que nuestra señal de internet va por satélite y por culpa de... —James hizo un ademán hacia los remolinos blancos que había al otro lado de la ventana.
—La tormenta —terminó Maggie por él, sintiendo que la esperanza y la angustia batallaban en su interior—. ¿A dónde puedo ir para tener cobertura en el móvil? ¿Hay alguna especie de torre o algo así? ¿Quizá alguna colina más alta de la cuenta?
—Yo la instaría a no salir de casa, señorita. Todas las carreteras están afectadas.
Entonces lo vio; algo en sus ojos. James no le mentía, pero no quería que supiera toda la verdad tampoco.
—James, ¿hay algún lugar... dentro de casa, tal vez?
James torció el gesto con expresión culpable, como si fuesen a quitarle su permiso de mayordomo por no saber mentir. Tras soltar un profundo suspiro, terminó admitiendo:
—En ocasiones, se puede obtener un poco de cobertura en la vieja torre en lo más alto del ala este, pero...
—¡Muchas gracias!
—Yo le diría que mejor...
—Eres mi héroe.
—Pero, señorita, ¡esa parte de la mansión no ha recibido el mantenimiento necesario!
—¡Tendré cuidado! —exclamó Maggie, con la precaución de no girarse en ningún momento.
Diez minutos después, Maggie por fin encontró cobertura.
Una minúscula y preciada barrita. Mientras caminaba de un lado a otro en lo alto de la escalera de caracol que parecía sacada de un romance de época, ni siquiera se percató del viento gélido que se colaba entre las grietas de las piedras y las ventanas angostas y sin cristales.
La nieve se iba juntando sobre los tablones de madera que crujían bajo sus pasos y parecían a punto de venirse abajo, pero hizo caso omiso de todo ello mientras se llevaba el móvil a la oreja y esperaba.
—Soy Deborah, deja tu mensaje. Salvo que seas Maggie Chase, en cuyo caso, ve a disfrutar de las fiestas, Maggie, y llámame cuando ya haya empezado el próximo año. Lo digo en serio.
El suelo volvió a crujir. El móvil soltó un pitido. Y Maggie se transformó en lo que bien podría ser una avalancha de palabras.
—Deborah, soy yo, Maggie. Margaret. Chase.
La de tu mensaje. Esto... Eh, tengo una preguntita.
¿Es posible que Eleanor Ashley piense jubilarse y todo este viaje sea una gran prueba para escoger a alguien que se encargue de continuar su saga a medias?
¿Es una competición? Porque, no sé si lo sabes, pero estoy aquí con la familia de Eleanor y dos escritores más y la verdad es que esto no tiene ni pies ni cabeza.
Lo de los escritores, digo, no la familia.
Y anoche Eleanor desapareció dentro de una sala cerrada con llave y hay un montón de pistas que...
O bueno, me da a mí que son pistas y que todo esto es una especie de...
Tres pitidos cortos le indicaron que había perdido la cobertura.
Su barrita minúscula y preciada había desaparecido y Maggie se había quedado sola con sus pensamientos y el viento frío que se colaba por las aspilleras y provocaba que le escociera la cara como si se tratara de unos dardos de hielo.
El suelo volvió a crujir, solo que Maggie no se había movido siquiera, de modo que el suelo estaba a punto de ceder o...
Echó un vistazo escaleras abajo y fue entonces cuando lo vio.
—¿Ethan?
—¿Qué haces ahí arriba, Margaret Abigail?
—Estoy buscando a Eleanor. —La mentira prácticamente se le escapó sola de los labios.
Incluso se las arregló para ladear la cabeza en un gesto que pretendía decir «¿acaso no es obvio?
» y que la hizo sentir muy orgullosa—. ¿Por qué lo preguntas?
—Qué inocente sonaba. Qué confundida—. ¿Tú qué haces aquí?
—Bueno, cuando una dama se aventura en una torre declarada en ruinas...
—Dudo mucho que esta torre pueda considerarse en ruinas...
—... sin compañía alguna, es deber de un caballero...
—¿Se supone que tú eres el caballero en este escenario? Porque no sé yo si te llamaría «caballero». —Hizo unas comillas con los dedos.
—... seguirla para asegurarse de que no sufra un traspié y termine partiéndose esa cabeza tan bonita que tiene.
—Ayyy, ¿crees que mi cabeza es bonita? —Le dedicó su expresión de inocencia más falsa, abriendo mucho los ojos y todo—. Va a resultar que eres un buenazo.
—Maggie...
—¿Deberíamos ir a ver cómo van los demás?
—Margaret...
—Voy a ir a ver cómo van los demás.