Crimen antes de Navidad Maggie
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Maggie

Maggie

La casa que el día anterior a Maggie le había parecido enorme pasó como un borrón frente a sus ojos mientras salía disparada por el pasillo en dirección a las escaleras.

Sabía que Ethan se había quedado en la puerta del despacho de Eleanor viendo cómo se marchaba, por lo que hizo todo lo posible por no echar a correr.

Hizo falta que aunara toda su fuerza de voluntad para no ponerse a gritar mientras bajaba las escaleras, cruzaba el vestíbulo y cerraba las puertas dobles de la biblioteca hasta encerrarse dentro y apoyarse contra ellas, como si así pudiera contener tanto a Ethan como al resto del mundo al otro lado.

Un fuego chisporroteaba en la chimenea y, en el exterior, el mundo era blanco, amplio y helado, pero no se puso a pensar en la posibilidad de que Eleanor pudiera estar allí fuera, no. Lo que hizo fue echar la llave a la puerta —clic— y marchar hacia las estanterías.

Aún sentía la canción resonando en su mente y surcándole las venas, y, cuando se puso a tararearla, el recuerdo la asaltó...

—¿Y eso? —le preguntó Colin mientras se tumbaba en la estrecha cama que tenía en su habitación de la residencia.

—Nada. —Maggie se sonrojó y apartó la mirada.

—Dímelo, quiero saber qué es. —La aferró de la cintura y tiró de ella hasta obligarla a sentarse a su lado.

—Es mi canción favorita. De mi libro favorito.

—¿Y cómo se llama?

Estiró una mano hacia las estanterías. ¿En el presente?

¿En el pasado? No podría asegurarlo; se le entremezclaban los tiempos.

Quizá incluso el futuro, no estaba segura.

Lo único que tenía claro era que, cuando sacó de la estantería la primera edición de Entre espinas nace la muerte , ni siquiera le hizo falta buscar la página.

Porque había algo dentro. Una ramita de muérdago.

Y, solo con eso, lo supo. Lo supo a la perfección.

Creía que el corazón le iba a salir disparado del pecho mientras se llevaba el muérdago a los labios y leía el epígrafe de la novela por millonésima vez: «Pues un asesinato no se considera un asesinato cuando no hay una muerte que lo pruebe. Y un misterio no es un misterio cuando...».

Maggie cerró el libro de golpe.

—Solo es una prueba.

Por un instante, no consiguió moverse. Apenas podía respirar mientras se quedaba allí de pie, pensando.

«Es una prueba. Es una prueba. Es una prueba».

Entonces volvió a oír la voz de Deborah para sus adentros, diciéndole: «Y creo que tú podrías ser la indicada. Pero necesito que te subas a ese avión».

Comprendió lo que Deborah no había sido capaz de explicarle: que no se trataba de una simple prueba, sino de una competición. Y si de verdad era una competición...

Tenía que haber un ganador.