Crimen antes de Navidad Ethan
11%

Ethan

Ethan

Ethan iba a matar... a alguien. Al asesino, por descontado.

Pero quizá también a Eleanor por meterlos a ambos en aquel berenjenal.

O igual a Maggie. Sí, decidió que a Maggie también tenía que cargársela, porque para su cerebro cansado, muerto de frío y presa del pánico esa era la única forma de mantenerla a salvo.

Y eso lo volvía un poquitín asesino en serie, ¿no?

Con su buena dosis de masculinidad tóxica.

Al final terminó sacudiendo la cabeza y sujetándole la mano.

Durante cinco años, Maggie no había sido del todo real para él.

Más una idea que una persona de carne y hueso, pero ya había descubierto cómo se sentía al tocarla.

Al besarla y al oír su voz. No iba a olvidar nunca el sonido de sus suspiros, jadeos y gemidos.

Para entonces ya los llevaba grabados a fuego en el alma, no podría haberlos olvidado incluso de haberlo intentado.

Y vaya si no tenía ni la más mínima intención de hacerlo.

De modo que se aseguró de tener su mano bien segura en la suya mientras recorrían todos los túneles, escaleras y pasadizos secretos hasta que terminaron llegando al oscuro y desierto vestíbulo de la mansión.

Alguien debía de haber cubierto el fuego de la chimenea, pero el carbón aún brillaba con un tono anaranjado mientras se colaron en la biblioteca, cerraron las puertas tras ellos y, a regañadientes, Ethan dejó que Maggie escapara de su agarre.

—Vale. ¿Te parece si repasamos el plan? Paso a paso —pidió al verla acercándose a las estanterías en medio de la penumbra y pasando un dedo por la fila que componía el catálogo de Eleanor hasta detenerse en...

—. Bella es la muerte . —Al ver la cubierta, Ethan lo recordó—: Era el favorito de mi madre.

Le resultaba un poco extraño pensar en su madre.

En su familia, era como si nunca hubiera existido, como si él y sus hermanos hubieran brotado de la cabeza de Zeus, ya adultos.

Solo que no había sido así. Hacía muchísimo tiempo, una mujer había existido en su mundo.

Preparaba galletas con la mezcla que vendían en el súper y se sabía la letra de todas las canciones habidas y por haber de Dolly Parton y adoraba los libros de Eleanor Ashley.

—En ese caso, deberías hacer los honores tú.

El libro le pareció demasiado pequeño en sus manos, un recordatorio físico de que ya no era el niño pequeño que había sido en otros tiempos, sino un hombre. Y lo único que importaba en el mundo era la mujer que tenía a su lado.

—¿Qué estoy buscando?

—Puede que no haya nada —admitió Maggie—. Pero Eleanor escondió un trocito de muérdago en el último, así que... No sé. Algo pegado a las páginas o un pasaje subrayado o...

Debieron de haberlo visto a la vez, porque Ethan dejó de pasar las páginas y Maggie dejó de hablar y ambos se quedaron mirando la página de los créditos: los números encerrados en un círculo.

Muy pocos dígitos para ser coordenadas o un número de teléfono, pero demasiados para ser una fecha o una hora.

—¿Soy yo o ese número parece...?

—¿La combinación de una caja fuerte? —adivinó Maggie, y entonces se quedaron allí un buen rato, con las ideas y las posibilidades flotando a su alrededor como la nieve hasta que...

—Tenemos que encontrar la caja fuerte —dijo él.

Maggie asintió.

—Tenemos que encontrar la caja fuerte.

Maggie tenía las mejillas coloradas y la mirada llena de ilusión. Parecía estar a rebosar de endorfinas y energía y el subidón que le da a uno cuando las cosas empiezan a tener lógica. Solo que, de pronto, su sonrisa desapareció.

—¡Pero quién sabe dónde podría estar la caja fuerte! —se quejó—. Los duques llevan días buscándola. Podría... Oye. ¿A dónde...?

No debía de haber oído el traqueteo del pomo de la puerta, el murmullo bajo de voces en el pasillo, porque dejó escapar un chillido diminuto cuando Ethan casi se la llevó a cuestas hacia la escalera de caracol que conducía a la segunda planta de la biblioteca.

Acababan de ponerse a cubierto en las sombras de la segunda planta cuando la puerta de la biblioteca se abrió y Kitty se adentró en la sala.

O al menos a Ethan le pareció que debía de ser Kitty. Iba cargando una montaña enorme de cajas y regalos y lo que casi parecía una bicicleta entera. Rupert iba detrás de ella, con una especie de lámpara antigua y una única rueda.

—¡Rupert! —exclamó Kitty entre la pila de regalos que llevaba en los brazos—. Ayúdame.

—¿Con qué? —preguntó el hombre que sostenía lo que parecía ser una décima parte de una unidad de regalo.

—Tenemos que poner los regalos debajo del árbol.

Como respuesta, el tipo se puso a refunfuñar por ser él quien tenía que hacerlo todo mientras cogía un par de regalos de la parte de arriba de la pila y los dejaba caer cerca de las ventanas.

—Ya está. —Le quitó el resto de las partes de la bici a su mujer y las dejó a un lado de la chimenea.

—Tenemos que montarla.

—¿Y por qué íbamos a hacer eso? —discutió él.

—¡Porque es Navidad! Y RJ no le pidió a Papá Noel que le trajera las partes de una bici. Pidió una entera. Y no te olvides del trenecito.

—¡No pienso montar el circuito ese!

—Pero...

—Ya ha venido Papá Noel, Kitty. Ha dejado los juguetes. Es un hombre muy ocupado y nadie espera que se quede a montarlo todo. Para eso inventaron a los criados. Además, ¿cómo nos vamos a llevar el cacharro ese de vuelta a casa si tenemos que desmontarlo de nuevo?

No llegaron a oír la respuesta de Kitty porque Rupert ya la estaba sacando a empujones por la puerta.

Y entonces Maggie e Ethan se quedaron solos. Los dos juntos.

Todo fuera dicho, se estaba muy bien en la segunda planta de la biblioteca, con el calorcito que les llegaba desde el fuego de la chimenea de abajo.

Quizá hasta habría sido romántico, de no ser por todas las casi muertes.

Podrían haberse quedado allí toda la noche, con la cabeza de ella apoyada en su hombro y alternando entre charlar, reírse y enrollarse como un par de adolescentes.

Habría sido la mejor Navidad del mundo. Pero entonces se volvió para mirar a la mujer que tenía a su lado y una voz para sus adentros le dijo que ya lo era.

Solo necesitaban una cosa más y estaban muy cerca, cerquísima, de encontrarla.

—Vale. La caja fuerte. —Maggie se puso a examinar el libro que estaba entre ellos con una concentración que solo podía describirse como feroz, e Ethan decidió que quería pasar el resto de su vida siendo aniquilado en juegos de mesa por aquella mujer—.

Creo que podemos descartar todos los lugares evidentes, detrás de cuadros y espejos y cosas así. Porque el duque y la duca ...

—La duquesa. —En aquella ocasión, fue él quien la corrigió a ella.

—... ya habrán buscado por allí y...

Maggie dejó la frase a medias, e Ethan vio cómo su mirada se volvía algo distante al contemplar la biblioteca que había a sus pies. Habían estado incontables veces en aquella sala. Era el centro de la mansión. El lugar en el que alguien como Eleanor, alguien como ellos dos, se sentiría más cómodo.

Ethan nunca la había visto de verdad hasta que se puso a examinarla a oscuras. Hasta que vio a Maggie alzar un dedo y... señalar algo.

Hasta entonces no había reparado en la alfombra que había en la planta de abajo.

Casi ni la había visto. Recordaba que, en la primera noche, la esquina había estado doblada y Maggie se había tropezado hasta prácticamente terminar entre sus brazos.

Pero no le había prestado atención al patrón de hojas verdes y flores violeta que parecían ser...

—Belladona. —Su voz tenía un rastro de victoria.

Fue un milagro que ninguno de los dos terminara de bruces en el suelo en su afán por bajar las escaleras de caracol a toda prisa, pero, unos segundos después, se situaron a un lado de la alfombra que habían apartado y examinaron el suelo de la biblioteca, los tablones de madera antigua y la caja fuerte sumamente moderna.

—¿Quieres hacer tú los honores o voy yo?

Maggie meneó el libro que contenía la combinación para tentarlo, pero Ethan no intentó ir a por él.

No podía hacer nada que no fuese mirarla.

El corazón no se le quería salir del pecho por culpa de la carrerita al bajar las escaleras, ni tampoco por las pistas o el misterio o la cacería.

Sino por ella. Siempre había sido por ella.

—Sea lo que sea que encontremos ahí..., quiero que sepas que no va a cambiar nada.

—¿En qué sentido?

—Me refiero a que... —Ethan se inclinó hacia ella, más y más cerca. Y luego un poco más—. Nada de lo que encontremos ahí me va a importar más que tú.

—Ah. —Maggie se apartó el pelo detrás de la oreja y escondió una sonrisa—. ¿Eso quiere decir que soy yo lo que quieres esta Navidad? —Tenía las mejillas coloradas. Estaba intentando provocarlo.

—No. —¡La decepción!—. Eres lo quiero para toda la vida.

Ethan la besó, despacio, con dulzura y toda la certeza del mundo. Entonces se dejó caer de rodillas y fue a por la caja fuerte.

—Ahora léeme esos números.