Maggie
Maggie
Dos horas antes de Navidad
Maggie no durmió demasiado, pero eso no quería decir que no hubiera soñado. Con residencias universitarias, desiertos y hacer todo lo posible por mantener el calor. Con incendios, cintas rojas y mujeres que desaparecían sin dejar rastro.
—Tranquila. —Algo suave le rozó la nuca—. No pasa nada, ya te tengo. —El brazo que la rodeaba era un peso desconocido que tendría que haber hecho que quisiera salir corriendo, pero se acomodó bajo él mientras se acurrucaba e iba despertando en medio de la oscuridad.
Al pasar la mirada por aquella cabaña congelada y diminuta, Maggie tuvo que preguntarse si era posible que su destino siempre hubiese sido pasar la Nochebuena en una habitación pequeña y sin calefacción.
Así habría sido su primer año sin sus padres de no ser por Emily, y una parte de ella se preguntó si no habría estado mejor congelándose en su residencia.
Hacía tres días habría dicho que sí. Pero ¿después de todo lo que había pasado?
Una mano grande y cálida se deslizó por su cintura, y una vocecilla en su interior le dijo que a lo mejor no.
—Tengo que ponerme algo encima —refunfuñó Ethan, como si la idea le resultara de lo más desagradable—. Pero entonces tú te pondrás algo encima y eso no me apetece. Pero... —se impulsó para mirarla desde arriba— menos me apetece verte helada y tiritando, así que...
Se volvieron a vestir a toda prisa, y entonces él se acercó a la chimenea.
—Oye, al menos alguien dejó un poco de leña —dijo señalando la pila del rincón.
Era obvio que aquella cabaña no se usaba muy a menudo, pero, como tampoco estaba abandonada del todo, Maggie se dedicó a abrir alacenas e intentó no darle demasiadas vueltas a lo ocurrido durante las últimas horas.
O los últimos días. O los últimos años. Igual era mejor no ponerse a pensar en absolutamente nada. Nunca más.
—¿Me pasas ese periódico? —Ethan se puso en cuclillas frente a la chimenea, y Maggie le acercó el diario antes de ver cómo arrancaba la última página, le prendía fuego con una cerilla y la acomodaba bajo la leña.
Treinta segundos después, un fuego pequeño chispeó y cobró vida.
Y luego creció. Y Maggie vio cómo la luz iba devorando las tinieblas.
Notó que los primeros rastros de calor se iban llevando el frío.
Y a su mente volvieron las palabras que le había dicho Ethan antes: «Ahora es cuando te digo que confíes en ti misma».
Era la primera vez que alguien había intentado disipar todas sus dudas.
—¿Qué ocurre? —la llamó él, con voz suave y gentil.
Maggie meneó la cabeza como para decirle «nada», pero en realidad lo que quería era darle las gracias.
—Sea quien sea que abasteció esta cabaña, no dejó nada de comer. —Fue lo que terminó diciendo.
Entonces Ethan se sacó algo del bolsillo del abrigo.
—¿Algo como esto? —Aunque no reconocía la marca del bombón, no fue algo que le importara cuando Ethan le dijo—: Ven.
Fue así como terminó acurrucada frente al fuego y abrazada a su archienemigo en Nochebuena, comiendo bombones sorpresa y sin saber cómo la vida la había llevado a algo así ni por qué tenía la sensación de que la idea no le desagradaba precisamente.
—Deja que te eche un vistazo —pidió Ethan, ladeándole la cabeza hacia el brillo anaranjado de las llamas para luego limpiarle la sangre que le había quedado con la manga de su camisa.
—Estoy bien —le recordó ella.
A lo que él se limitó a soltar un gruñido por lo bajo y volver a besarla, pero Maggie clavó la vista en el suelo porque mirarlo a él era peligroso y ya había tentado a la muerte más que de sobra.
Tenían el periódico ahí cerca, uno de la zona, con un titular sobre la misa de Nochebuena y la tormenta que se avecinaba, pero Maggie no consiguió apartar la vista de la fecha: 22 de diciembre. Hacía apenas dos días.
Dos días.
Dos días desde que habían llegado. Dos días desde que había conocido a Eleanor. Dos días desde que el hombre que tenía detrás había dejado de ser su enemigo para convertirse en su amigo. Y luego algo más. Al menos lo sentía como algo más. Y todo en cuestión de dos días.
No debería haberla sorprendido. Al fin y al cabo, su vida entera había cambiado en cuestión de dos segundos en un momento dado. Dos días enteros podían alterar el universo.
—¿Qué pasa? —Ethan tiró de la manta de la cama para envolverlos a ambos con ella, haciendo un nidito que olía a polvo, nieve y a él.
—Estaba pensando en que... apenas es nuestra tercera noche aquí. Y parece como si hubiera pasado una vida entera.
Él soltó un pequeño sonido y luego entrelazó sus dedos con los suyos.
—El próximo año, pasemos la Navidad en algún lugar calentito.
Lo dijo como si fuese algo que la gente hacía normalmente: hacer planes con un año de anticipación y cumplirlos.
Esperar algo con ilusión, una fecha importante, un sueño.
Vivir la vida como si nunca fuesen a cruzar una puerta y descubrir que habían dejado su mundo entero al otro lado.
Lo dijo como si no supiera que los planes se parecen a los corazones por una razón: porque se desbaratan.
Le rozó la sien con los labios y no se apartó al preguntarle:
—¿Te he hecho entrar en pánico con lo que te he dicho?
Y Maggie intentó no llorar. O echarse a reír. O lanzarse de cabeza hacia la tormenta de nieve.
—¿A mí? Qué dices, para nada. Si yo estoy... —«Entrando en pánico, sí».
—A ver... —La apretujó con más fuerza entre sus brazos, como si incluso él mismo se estuviese llenando de valentía.
Como si fuese lo más atrevido que hubiera hecho en la vida—.
Sé que el mundo no te ha dado muchas razones para creerlo, pero quiero que sepas que, si fueses mía, jamás te mandaría a aparcar el coche porque mis zapatos son de ante.
Si fueras mía, te llevaría en brazos en medio de la tormenta.
Si fueras mía, lucharía contra el cielo si hiciera falta.
El viento seguía soplando y la nieve seguía cayendo, pero Maggie no podía oír nada de eso por encima del rugido de su propio corazón.
Tendría que haber dicho algo. Que era su turno de decir algo, por favor.
Pero las palabras se negaban a salir, por lo que se limitó a rodearlo con los brazos.
Y las piernas. Y entonces ella también lo apretó con fuerza.
—Ethan... —Como no conseguía articular las palabras, llevó los labios a los suyos, y cuando se apartó, tenía las mejillas mojadas y las manos de él en el cabello y...
—No pasa nada —le aseguró—. Aún no has llegado al mismo punto que yo. Es que te llevo ventaja.
—¿Desde cuándo? —Maggie sintió que se sonrojaba y dedicó su atención absoluta al hilo que se había soltado de uno de los botones de él—. ¿Desde lo de Tucson?
Ethan dejó las manos quietas. Fue como si tuviese que armarse de valor para admitir:
—Desde el ascensor.
Solo que eso no tenía lógica. Porque nunca se habían subido juntos a un ascensor salvo por...
—¿Ese en el que nos quedamos atascados?
Ethan asintió como si no recordara cómo era eso de hablar.
—Estaba nevando y tenías el pelo... —Hizo un ademán hacia su cabeza como si él, novelista best seller , hubiese olvidado la palabra «húmedo»—. Dijiste que tenías pinta de ladronzuela victoriana.
A Maggie se le escapó una risa silenciosa.
—¿Y qué pinta tenía?
Pero Ethan se quedó muy serio de pronto, pensando..., recordando..., hasta que lo decidió.
—Creí que parecías un para siempre.
Aquello no estaba pasando. No era real. Los hombres no eran así de guapos.
Ni tampoco iban por ahí diciéndole cosas como las que él acababa de decir.
Y desde luego no se las decían a Maggie.
El diagrama de Venn de aquel momento eran tres círculos distintos de hombres inexistentes, solo que... Ethan Wyatt era... real.
«Mira tú por dónde».
La culpabilidad estaba librando una batalla campal contra las mariposas de su estómago.
—Lamento mucho no haberte reconocido, estaba...
—Descuida.
Pensó en la nieve, en los zapatos de ante y en...
—Recuerdo el ataque de pánico. Fuiste muy majo conmigo, tendría que haberte recordado...
—No pasa nada, en serio.
—¿Ese fue el año en el que nos dijeron que a lo mejor Eleanor también iba a la fiesta? Recuerdo estar cabreadísima; ¿sabes esas pegatinas que te ponen los de seguridad? Pues ese año me pusieron el nombre que no era, y me pasé la noche entera pensando que iba a tener que cambiarme el nombre a...
Recordaba el nombre, pero las palabras la abandonaron y el silencio que se extendió fue atronador, lleno de chispas que saltaban por todos lados y leña crepitante y nieve que caía en cúmulos sobre el tejado.
Entonces una voz grave susurró:
—Marcie.
Maggie se cubrió la boca con las manos, pero el jadeo escapó de ella de todos modos, hasta casi resonar en medio del silencio.
Ethan le acomodó el pelo detrás de la oreja.
—Todo este tiempo creí que lo sabías. Creía que era una broma que compartíamos.
—Ay, Ethan...
—Si hubiese sabido que no lo recordabas... No pretendía hacerte daño. Jamás se me ocurriría hacerte daño. —Las palabras eran casi tan intensas como la expresión de sus ojos—. No pienso hacerte daño.
—Lo sé.
—Y es por eso por lo que... —Dejó la frase a medias para mirar por la ventana, y Maggie ni siquiera tuvo que esforzarse por leerle la mente.
—No.
—Ni siquiera sabes lo que iba a...
—No voy a dejar que vayas a buscar ayuda.
—Podría...
Se bajó de su regazo y se echó atrás hasta apartarse.
—No. Sé que podrías llevarme en brazos en medio de la tormenta y luchar contra el cielo y todas esas cosas que hacen los superhéroes buenorros...
—¿Ese es el nombre oficial? —preguntó, dedicándole una sonrisa deliberada.
—Pero si intentaras cargar conmigo en medio de la tormenta, terminaríamos partiéndonos el cuello los dos.
—¿Qué quieres apostar? —Era como si lo hubiese puesto a prueba.
—La próxima Navidad —soltó ella de sopetón, nerviosa y tímida y con un optimismo que la aterrorizaba hasta lo más hondo—. Si aún quieres estar conmigo, ya lo haremos el año que viene. En algún lugar calentito.
—Me muero de ganas. —Y entonces lo único que pudo hacer fue besarla. Y seguir besándola. Y besarla un poco más. Hasta que se echó un poco para atrás y murmuró sobre sus labios—: Y también te compraré un regalo.
Como si un imán hubiese tirado de ellos, ambos se volvieron para mirar la fina cinta satinada de color rojo que se le había caído del bolsillo y estaba tirada en el suelo.
—Al menos no me estrangularon con ella.
Todos los músculos del muy musculoso cuerpo de Ethan se tensaron, y Maggie supo que no tendría que haber dicho nada. No tendría que habérselo recordado. No tendría que haber dejado de besarlo.
—Voy a encontrar a quien te ha hecho daño, Maggie. Y, cuando lo haga, no respondo de lo que se me pueda ocurrir hacerle.
Le dejó un beso en la frente y ella se apoyó contra su cuerpo.
—Al menos es una pista —dijo ella, señalando la cinta—. Si desciframos de dónde salió...
—Sabemos de dónde salió. —Se echó hacia atrás y entonces lo recordó—. Ah, cierto. Es que estabas muy ocupada con tu conmoción cerebral. Vale, pues ¿te acuerdas de la planta que tenía un lacito? Estaba tirada en el suelo a tu lado. Sin lacito, así que imagino que es ese.
—¿Eso quiere decir que no fue algo premeditado? —Maggie se puso a pensar—. ¿Alguien me dio un porrazo, me llevó al invernadero y me ató con lo primero que pilló?
—Ajá. Salvo que le dieran esa planta a Eleanor como regalo de Navidad y sean expertos en ajedrez en cuarenta y siete dimensiones distintas, no tendrían cómo haber sabido que... —De pronto, Maggie se sentó muy recta—. ¿Qué? ¿Qué he dicho?
—¿Y si fue un regalo? —Maggie lo preguntaba de verdad.
—¿El qué?
—La belladona. Cuando la vi en el invernadero, una parte de mí pensó que sí, que tenía lógica. Es el tipo de regalo que alguien le haría a Eleanor Ashley, pero... —Maggie cerró los ojos e intentó recordar—. No estaba tan muerta como las otras.
—Cierto. Lo que quiere decir que no estaba ahí en el incendio. —Ethan ya lo iba pillando.
—Pero ¿por qué la iba a dejar Eleanor en un invernadero quemado donde fijo que se iba a morir por el frío? Salvo que...
Maggie sentía algo en su interior, una especie de remolino, de niebla difusa.
Como si le hubieran dado un porrazo en la cabeza hacía cosa de hora y media y acabara de despertar...
Como si poco a poco pudiese verlo todo con claridad.
Un caleidoscopio de Eleanor y muérdago, periódicos pasados y regalos que no eran suyos.
Pero, más que nada, lo que vio fue a Ethan y el invernadero y el modo en que podrían haber muerto, rodeados de fuego, hielo y humo venenoso.
—Tenemos que volver. —Maggie se levantó de un salto y se puso a buscar sus zapatos.
—¿Qué dices?
—Ponte el abrigo, tenemos que volver.
—¿Volver a dónde?
—¡A la mansión! ¡Tenemos que seguir la última pista!
Algo había empezado a llenarla. Algo como el helio, como la esperanza. Y menos mal que estaba dentro, porque se sentía lo bastante ligera como para salir flotando.
—¿Qué pista? ¡Maggie! —Ethan se estiró para retenerla, aunque no como si quisiera impedírselo. Era más bien como si quisiera mantenerla a salvo, y Maggie nunca había sido más consciente de la diferencia en aquel momento—. Dime qué pista —insistió él, más despacio.
—En Bella es la muerte , el asesino dejó una belladona con un lazo rojo en el porche de la víctima. Y mira... ¿Qué has dicho esta misma tarde?
—Que tenías razón y Eleanor debía de habernos dejado pistas para que llegáramos al invernadero.
—¡Exacto! Pero ¿y si ese no era el final? ¿Y si, una vez que llegáramos al invernadero, teníamos que encontrar otra pista? —Sacudió las manos por encima de la cabeza, furiosa consigo misma—. ¡No me creo que no lo haya visto! —Entonces se puso a buscar por la habitación—. ¿No llevaba yo un coletero?
—No podemos volver.
Maggie se congeló en su sitio.
—Claro que podemos. Tenemos que volver.
—Hay un asesino en la mansión, Maggie.
—Lo sé. —Le dejó un beso en los labios, breve pero significativo—. Y con esto le pararemos los pies.