Crimen antes de Navidad Maggie
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Maggie

Maggie

Tres días antes de Navidad

No iban en un BMW rojo cereza. No sonaba ningún villancico por la radio. Y absolutamente nadie le iba a enseñar una versión inventada de Los peces en el río ni a regalarle una campana encima de otra campana.

Se trataba de una aventura navideña completamente nueva, por lo que Maggie intentó concentrarse en las diferencias. Como el sombrerito de tweed del chófer o lo surrealista que resultaba ir por el lado incorrecto de la carretera mientras recorrían las laderas escarchadas.

O, por mucho que le costara admitirlo, como el hombre sentado al otro extremo del asiento.

Un bip interrumpió el silencio.

Ethan llevaba sin decir nada desde el aeropuerto. No la había vuelto a mirar desde que le había guiñado un ojo.

Bip.

Lo vio darle al móvil para revisar un mensaje de una tal Amber:

«¿Dónde andas, guapetón?».

Venga ya...

Bip.

El nuevo mensaje era de Maya: «No sabes cómo te echamos de menos».

Bip.

Brooklyn: «¿No vas a venir? ¿Me estás vacilando?».

Bip.

Kimmy: «Me niego a celebrar las Navidades si no estás aquí».

Bip.

Rachel: «Me puedo poner de rodillas. ¿Quieres que me ponga de rodillas?».

—Como no sueltes lo que sea que esté pasando por esa cabecita tuya, te va a explotar en cualquier momento.

Bip.

Maggie podría haberse negado a admitir que estaba cotilleándole el móvil, pero el desfase horario y el cansancio le impedían siquiera intentarlo.

—Vaya si eres... popular.

—Son de las últimas ocho horas. Seguro que acabamos de recuperar la cobertura.

—Ah. —Le echó un vistazo a su propio móvil. Tenía veinte por ciento de batería. Dos barras de cobertura. Y cero notificaciones.

Bip. Bip. Bip. Ethan apenas le echó un vistazo a la serie de mensajes que le llegó de una tal «No resucitar» antes de soltar un suspiro y apagar el móvil.

—Dime que no tenemos cobertura a donde sea que vayamos —le pidió al chófer.

—A veces sí, a veces no —se limitó a decir el hombre mayor. Ethan volvió a apoyar la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos.

—¿No te van a echar de menos todas tus novias si no das señales de vida? —no pudo evitar preguntar.

—No te preocupes, las he enseñado bien.

Ethan le dedicó una sonrisa llena de picardía, casi como si estuviera intentando provocarla, por lo que Maggie se volvió hacia la ventana y la carretera serpenteante.

Aunque habían pasado por un pueblecito muy pintoresco al salir de la pista de aterrizaje, llevaban cerca de una hora sin ver ningún otro.

Estaban rodeados de colinas onduladas y extensos paisajes, ovejas pastando y muros de piedra larguísimos que parecían llegar hasta el infinito, pero un extraño y nada agradable presentimiento empezaba a asentarse en su interior.

—Perdona, eh... —Se inclinó para acercarse al chófer.

—Me llamo James, señorita.

—James. Encantada. Eh... ¿Dónde estamos? ¿Es muy tonto de mi parte preguntarlo? —Seguramente era muy tonto preguntarlo.

Sin embargo, James se limitó a soltar una risa.

—En absoluto. Digamos que estamos más cerca de Escocia que de Londres y si les ha parecido que el viento que soplaba en el aeropuerto venía directamente del mar del Norte es porque así era.

—Entiendo. —La verdad es que no entendía ni jota, y los campos empezaban a volverse cada vez más agrestes.

Cuando llegaron a un río caudaloso y un barranco bastante pronunciado, el único modo de cruzarlo era un puente en arco hecho de piedras que parecía sacado de una especie de cuento de hadas, de esos que eran bien chungos antes de que Walt Disney decidiera adaptarlos.

Entonces a Maggie le entraron ganas de hacer muchas preguntas, como «¿La gente para la que trabajas suele recibir muchas visitas?

» y «¿Es posible que dichos invitados desaparezcan sin dejar rastro? ».

—Eh..., ¿James? ¿Nos falta mucho para llegar?

—Ya hemos llegado, señorita. —¿Ah, sí? ¿A dónde exactamente? Maggie distinguía un lago reluciente a lo lejos, pero ningún pueblo ni casa en los alrededores—. Los terrenos sobrepasan las ocho mil hectáreas y colindan con un parque nacional.

—Ah. Pues qué... —«conveniente si uno necesita deshacerse de un cadáver»— bonito.

—Mucho, sí —coincidió James mientras el coche subía por una colina y, de pronto, Maggie dejó de estar dentro de un Rolls Royce junto a su némesis.

Estaba en una película. O en una máquina del tiempo.

O en la vida de alguien completamente distinto.

Porque allí, en el valle que tenían debajo, se encontraba la casa más grande que Maggie había visto en la vida.

Debía de ser alguna especie de castillo.

O una mansión. ¿Quizá una abadía? No tenía ni pajolera idea.

Solo sabía que estaba compuesta por tres plantas y probablemente cientos de habitaciones y que encajaba en el tipo de películas en las que los personajes buenorros hablaban con acento y llevaban cravats .

Era un palacio de otros tiempos, hecho de piedras y cristal y siglos de antigüedad.

Seguro que reyes y reinas habían pasado la noche en sus estancias.

Fijo que se habían librado guerras en aquellos terrenos.

La casa de playa de los padres de Emily habría parecido una choza en comparación y, durante un breve instante, a Maggie se le olvidó sentir miedo.

—Bienvenidos a la Mansión Muérdago —dijo James cuando el coche aminoró la marcha y se detuvo en la entrada.

—Te apuesto diez pavos a que aquí vive un abuelo dispuesto a darnos caza por diversión —susurró Ethan una vez que James bajó del coche.

—De verdad espero que no. —Miró hacia el otro extremo del asiento, donde estaba Ethan. Era la primera vez que parecían abordar algo juntos, como si compartieran un secreto—. Estoy segura de que una de las novelas de Eleanor Ashley empieza así.

Al salir del coche, Maggie se abrazó a sí misma para protegerse del frío.

—Ah, claro —dijo Ethan por encima del techo del coche—. Me suena esa autora.

Fijo que era el viento. O la falta de sueño. O unos efectos nunca antes vistos causados por el desfase horario. Porque era imposible que...

—¿Te suena...? —Maggie intentó no alzar la voz—. Te... ¡No me digas que nunca has leído a Eleanor Ashley!

Ethan se encogió de hombros. ¡El muy atrevido!

—¿Es buena?

—Que si es buena, dice. Es... —A Maggie le entraron ganas de pasar por encima del coche a gatas y estrangularlo—.

Eleanor Ashley ha escrito noventa y nueve novelas de la más pura perfección.

Es la mejor autora del mundo entero y una de las mejores escritoras de misterio de todos los tiempos.

Y como tengas el atrevimiento de mencionar a sir Arthur Conan cómo se llame, te juro que te destripo con una lima de uñas.

Nació en una casa sin agua corriente y no estudió más allá de la primaria porque su familia necesitaba que se pusiera a trabajar.

Su primera novela la escribió en trozos de papel que iba sacando de la basura del edificio de oficinas en el que trabajaba limpiando.

»Eleanor Ashley inventó la novela de misterio como la conocemos hoy en día.

Revolucionó el género y... Killhaven, ya sabes, esa editorial que te acaba de pagar más de un millón de dólares por tu próximo libro, ni siquiera existiría de no ser por ella.

Así que sí, es buena. Es fenomenal. Ella...

—Maggie dejó la frase en el aire, confundida y mosqueada al ver que Ethan había pasado a mirar algo que tenía detrás y apretaba los labios para contener una sonrisa, con los ojos llenos de diversión—. Ella...

Y entonces el viento les llevó el sonido de una nueva voz:

—Está justo detrás de ti.