Crimen antes de Navidad Maggie
7%

Maggie

Maggie

Hace doce años

La primera vez que Maggie vio a Colin Livingston, este insistió en cambiarse al asiento trasero.

Eso fue lo primero que notó y lo que más tiempo perduró en su memoria.

No la vieja sudadera de su fraternidad, con manchas de cerveza.

Tampoco los ojos enrojecidos ni la sonrisa problemática de un chaval que jamás se dignaba a levantarse de la cama antes de las diez de la mañana.

Sin embargo, mientras esperaba a Emily en los escalones delanteros de su residencia, con su maleta más pequeña a los pies por mucho que no tuviera ni la más remota idea de qué llevar para pasar tres semanas enteras con una familia desconocida, su único objetivo era ocupar el menor espacio posible y no hacer nada de ruido; no comer demasiado, no darse duchas muy largas ni hacer cualquier cosa que pudiera provocar que se quedara sin tener dónde vivir. Otra vez.

Así que Maggie no sabía bien qué pensar cuando un pequeño BMW rojo cruzó pitando el aparcamiento y frenó en seco frente a ella.

—Me voy a cambiar el nombre a Rudolph —le informó Emily desde detrás del volante—. ¡Venga, sube!

No se imaginó que un muchacho iba a bajar del lado del copiloto. Ni que, cuando bajara el asiento para despejar la entrada hacia la parte de atrás y Maggie hiciera el ademán de subirse, la interrumpiera con un:

—Ya voy yo detrás. —Y luego se contorsionara para caber en dicho espacio.

Iban escuchando una versión de un villancico cantada por alguna cantante pop, pero Emily bajó el volumen.

—Nueva amiga Maggie, te presento a mi viejo amigo Colin.

Llevaba unos pendientes diminutos con forma de campana adornados con una ramita de muérdago, y al sonreír y hacer una pompa con el chicle, el pintalabios no se le estropeó ni un poquito. Maggie nunca había sentido más envidia en la vida.

Y no porque Emily tuviese un BMW, cosas bonitas o incluso alguien a quien pudiera presentar como su «viejo amigo». Más que nada era porque Emily parecía encajar. En su coche, en la universidad. De un modo que ella jamás había podido hacer.

Emily se había pasado la semana anterior asegurándole que a nadie le importaría si llevaba a un invitado más.

Que no iba a molestar a nadie. Y que, desde luego, no tenía que pagar su parte de la gasolina ni la comida del viaje porque el padre de Emily gestionaba un fondo de inversión y la madre de Emily lo gestionaba a él, y entre todos sus amigos ricos y sus compañeros de negocios, era más que probable que ni siquiera se dieran cuenta de que Maggie los había acompañado. Y definitivamente no les importaría.

—La familia de Colin siempre pasa las fiestas con la mía —le explicó Emily.

—Somos vecinos —acotó él desde el asiento de atrás.

—Seremos los únicos menores de cuarenta en toda la casa, será una pasada —dijo Emily antes de reventar otra pompa.

—Oye, Em, ¿podrías...? —empezó Colin, pero ella ya había empezado a bajar la calefacción porque ya sabía lo que le iba a decir. Porque lo conocía bien. Y por alguna razón eso hizo que Maggie se sintiera incluso más sola.

—¿Seguro...? —Maggie se volvió para mirar al muchacho cuya cabeza prácticamente rozaba el techo del coche—. ¿Estás seguro de que quieres ir ahí atrás? No me molesta cambiar.

—Ah, es que no lo hago por ti —dijo él—. Es puro beneficio propio. El asiento de atrás es muchísimo más seguro que los de delante.

Le buscó la mirada a Emily por el retrovisor y ella le sacó la lengua.

—Colin sigue mosqueado porque le gané una carrera cuando teníamos siete años. No le gusta cómo conduzco.

—¿Eso quiere decir que mejor me pongo el cinturón? —preguntó Maggie, lo que hizo reír a Colin.

Entonces Emily pisó el acelerador y salieron disparados del aparcamiento, pasando por encima de un bordillo en el proceso.

Para cuando llegaron a la mansión de once habitaciones en una playa rocosa de Rhode Island, Maggie sabía tres cosas: Emily estudiaba Diseño de Moda, conducía fatal y era su nueva mejor amiga.

Para cuando la Nochevieja los sorprendió con su llegada, ya sabía una más: que estaba enamorada de Colin Livingston.