Crimen antes de Navidad Maggie
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Maggie

Maggie

—Maggie. —La voz que la llamaba era grave, sonaba cerca y casi le parecía conocida. Como un sueño que no conseguía recordar del todo, pero que le gustaría volver a experimentar—. Maggie... Margaret Catherine Chase, ¡vas a llegar tarde!

Maggie se sentó de golpe y lo recordó: estaba en un avión. Estaba con Ethan Wyatt. Pero era posible (más bien probable) que tuviera la cara llena de baba, y él parecía estar haciendo un esfuerzo monumental para no reírse, por lo que Maggie lo miró con su mala cara llena de baba y le dijo:

—No me llamo así.

—¡Y buenos días para ti también! —Tenía el cabello alborotado, una sonrisa torcida y se cernía sobre ella, con un halo de una luz clara y brillante delineándole la silueta. El avión olía a café y beicon, y por la ventana...—. Bienvenida a Inglaterra.

Nunca había estado en Inglaterra porque nunca había habido dinero para ello, y cuando por fin lo había tenido, lo que no tenía era tiempo. Era la ironía de su vida, y mientras contemplaba las laderas escarchadas, se sintió algo ingenua.

—No tardaremos mucho en aterrizar. —Peter le sirvió una tortilla francesa y una taza de café.

—Muchas gracias —dijo ella—. ¿Podrías traerme...?

—¿Leche y dos sobrecitos de azúcar? —adivinó él, antes de guiñarle un ojo—. Ya lo tiene.

Vaya. Fuera quien fuese su benefactor misterioso, sí que se había informado bien.

—Vale, en una escala del uno al diez, ¿cuánto debería espantarme que esta gente sepa cómo me gusta el...? —Maggie dejó de hablar al percatarse de que Ethan no estaba junto a ella.

Se volvió y lo vio cerca del fondo del avión, rebuscando en una maleta hasta sacar una camiseta limpia.

Cuando se llevó una mano al cuello de la que llevaba puesta para sacársela por la cabeza en un movimiento fluido, a Maggie le pareció que estaba viendo un anuncio de gel de baño o de desodorante o, simplemente, de cuerpos masculinos en general, porque el gesto reveló unos músculos que hasta entonces había creído que solo existían en las cubiertas de libros.

Los de Killhaven se estaban poniendo la zancadilla ellos solitos, porque resultaba que Ethan Wyatt era muchísimo más atractivo sin la chaqueta de cuero.

Algo que él sabía a la perfección, por descontado.

De modo que Maggie iba a darse la vuelta y a dejar de mirarlo.

Tenía que hacerlo. A la de ya. Lo último que Ethan necesitaba era tener a otra mujer más babeando por él, así que Maggie se iba a dar media vuelta y se iba a comer su tortilla.

Que sí. Estaba en sus planes inmediatos.

Pero entonces él se volvió a agachar para rebuscar en la maleta y cambió ligeramente de posición.

Y fue así como vio la cicatriz. Larga y de bordes irregulares, le empezaba a la altura del hombro y bajaba por el lateral derecho de su espalda.

Era una herida de hacía tiempo, que ya había sanado, pero no por ello parecía menos roja; como si algo peligroso habitara en su interior y aún se estuviese debatiendo para abrirse camino hacia fuera con las garras. Y nada de ello tenía sentido.

Porque Ethan Wyatt era una perfección sin defectos y un encanto desenfadado. Todo sonrisas y comentarios ingeniosos. El producto de unos grupos de investigación, Photoshop y, como mínimo, diez mil dólares de procedimientos de ortodoncia de alta categoría.

Ethan Wyatt no era real, por mucho que la cicatriz sí que lo fuera.

Hacía cosa de dos minutos, Maggie habría jurado que Ethan era del tipo que le gustaba presumir a los cuatro vientos sobre sus historias de guerra, representarlas para sus admiradoras y la prensa, pero ella nunca había oído nada sobre una herida. Lo único que había oído era...

Pensándolo bien, nunca había oído ni media palabra sobre su pasado. Y fue entonces cuando se planteó cuál era el misterio de verdad: si el viaje en el que se habían embarcado o el hombre que la acompañaba.

Cuando Ethan se dio la vuelta, Maggie se giró de golpe y devolvió su atención a la tortilla. No le hizo ninguna pregunta. No le dijo nada de nada.

Treinta minutos después, cuando Maggie bajó las escaleras del jet privado, una fuerte ventisca soplaba desde el mar y un Rolls Royce los esperaba en la pista de aterrizaje.

Estaban en medio de alguna zona rural, rodeados de kilómetros de una costa escarpada y agua espumosa, y un escalofrío la recorrió entera al ver que un hombre algo mayor se bajaba del largo coche negro y se acercaba a ellos saludándolos con la mano.

—¡Bienvenidos! —Llevaba una chaqueta de tweed , así como un sombrero a juego, y tenía pinta de saber lo que era un marquesado por mucho que no hubiera leído ni una novela romántica en su vida—. Me alegro de que hayan llegado. Y justo a tiempo, también, antes de que empiece a hacer fresco.

—¿Esto no se considera fresco ya?

A Maggie se le agitaba el pelo de un lado para otro y se le metía en la boca.

Hasta Ethan parecía algo desarreglado, aunque con el cuello de la chaqueta hacia arriba y el pelo alborotado sus pintas de galán sinvergüenza adquirían puntos extra (como si hubiese pasado una noche movidita, pero en el buen sentido de la palabra), mientras que Maggie seguía allí como un pasmarote, intentando quitarse el pelo de la lengua.

Seguía haciendo cosas raras con la lengua para sacarse el pelo de la boca cuando oyó una risa y notó una mano en la baja espalda.

—Venga, Margaret Louise.

El chófer había ido a por su equipaje, por lo que tenía a Ethan inclinándose a su alrededor para abrirle la puerta del coche y lo bastante cerca como para protegerla del viento.

Como no se había afeitado, una ligera barba incipiente le empezaba a cubrir la barbilla.

Olía a menta y a un cuero suave y agradable, e incluso tras oír un chasquido y notar una ráfaga de aire caliente en la espalda, Maggie se quedó allí plantada, sin ser capaz de moverse.

—¿Qué pasa? —Ethan parecía no decidirse entre si debía mostrarse entretenido o asustado.

—No me llamo así —dijo ella, porque era más seguro que admitir que tenía ganas de estirar una mano y acariciarle la barba, para ver si era tan suave como parecía.

Quería preguntarle por su cicatriz y su pasado y sus secretos.

Quería saber por qué alguien como Ethan estaba pasando las Navidades con alguien como ella, pero las palabras se congelaron en el viento y lo único que pudo hacer fue menear la cabeza, meterse en el coche y luego mirarlo confundida cuando él se agachó para acomodar con cuidado el dobladillo de su abrigo de modo que no se lo chafara con la puerta.

Empezó a levantarse, pero se detuvo al ver que Maggie se lo había quedado mirando.

—¿Sabías que algunas mujeres me consideran un caballero?

—¿Sabías que algunas mujeres creen que la Tierra es plana?

—Ay —dijo él, conteniendo esa sonrisa arrebatadora tan suya—, eso me ha dolido.

Maggie esbozó una sonrisita.

—¿Quieres que te muestre algo que duele de verdad?

Mil escenarios distintos pasaron por su rostro antes de que Ethan respondiera:

—Igual luego.

Entonces le guiñó un ojo, cerró la puerta con fuerza y Maggie hizo todo lo posible por dejar de sonreír.