Maggie
Maggie
Cuando Ethan se metió bajo las mantas y se la acercó al cuerpo, Maggie no se permitió pensar en lo bien que encajaban juntos, que sus piernas se enredaron unas con otras hasta acoplarse, como si sus pies siempre hubiesen sido la parte del helado en el sándwich que eran los de él.
No se permitió pensar en por qué nunca se había sentido de ese modo con Colin. En lo mucho que se había equivocado.
Ethan hacía las veces de calefactor. De aliado temporal. ¿De amigo? Y las carreteras no tardarían en descongelarse, terminaría volviendo la luz y la Navidad llegaría a su fin. Quizá hasta estaba soñando. Probó suerte cerrando los ojos.
—¿Sabes una cosa? —Algo suave y cálido le rozó la sien—. Si lo que quieres es calor corporal, tendríamos que desnudarnos.
Maggie lo golpeó con una almohada, pero él se limitó a reírse y a acercársela más, por lo que Maggie suspiró, contemplando el hecho de que era su noche menos favorita del año y estaba en la cama con su persona menos favorita del mundo. Y no había ningún otro lugar en el que prefiriese estar.
—¿Qué pasa? —El pecho de Ethan subió y bajó al hablar.
—Nada.
—No ha sido un suspiro de nada. Ha sido uno de «estoy entrando en crisis, pero no sé muy bien por qué y esta de aquí es la última persona en el planeta a la que querría contárselo».
—Vaya. Qué suspiro más intenso ese.
—Magg...
—¿Crees que Eleanor está bien? —No había pretendido decirlo en voz alta, pero las palabras habían escapado de todos modos y ya no podía volver atrás, por lo que se concentró en el movimiento suave de los dedos de Ethan sobre su cabello, en el subir y bajar de su pecho.
—Creo... —empezó con tono comedido y prudente— que Eleanor Ashley ha demostrado ser una mujer muy difícil de matar.
Era cierto. Había sobrevivido a incendios y caídas, al veneno y a la pobreza. Si había alguien capaz de ver el panorama completo y detectar un giro de trama, era Eleanor. El problema era que no estaba allí con ellos.
El viento aulló y el fuego crepitó, y Maggie tembló ante el ruido.
—Lo siento mucho —dijo él en voz suave—. Me apuesto algo a que esta no era la Navidad que esperabas.
—Ah. —No pudo evitarlo, se le escapó la risa—.
Esta no es la peor Navidad que he pasado.
Ni siquiera la más fría. —Ethan se echó atrás para mirarla mientras ella continuaba explicándose—: En mi último año de instituto, hubo un apagón en el estado entero por culpa de una tormenta de nieve, y al final terminamos usando la valla como leña.
No era nada de lo que enorgullecerse, pero no pudo evitar soltar una risita cuando él contestó a su historia con un:
—Mola.
Había devuelto los dedos a su cabello y los movía despacio y de forma constante, por lo que Maggie tuvo que morderse la mejilla para que no se le escapara un suspiro de satisfacción.
—Cuando tenía diez años, nos mudamos de Alemania a Oklahoma y se nos rompieron absolutamente todos los platos que teníamos durante la mudanza, así que tuvimos que usar unos viejos frisbees para servir la cena de Navidad.
—Cuando tenía siete, nuestro garaje se prendió fuego y se nos quemaron todos los regalos.
—Cuando tenía nueve, hubo un incendio en el salón por culpa del gato de mi madre, que se puso a mordisquear las luces del árbol. Y no —añadió antes de que ella pudiera preguntarlo—, al gato no le pasó nada, pero sí que se pasó el resto de su vida con miedo al color verde.
—A los catorce, toda mi familia se intoxicó por culpa de un ponche malo.
—A los doce, dos de mis hermanos se pusieron a pelear usando las piezas de un Belén como arma y uno de ellos se atragantó con el niño Jesús, así que tuvieron que practicarle una traqueotomía de emergencia.
Maggie sonrió contra el pecho de Ethan.
—Cuando tenía veintiuno, mi prometido y mi mejor amiga me mandaron a por más vino, pero la puerta de la bodega se cerró cuando entré y me quedé allí atrapada un día y medio.
De pronto, el pecho de él se quedó excesivamente quieto bajo su mejilla. Había dejado de reírse. No estaba segura de si seguía respirando.
—Maggie...
—No fue para tanto. Creo que pensaron que me había ido a dormir y ya.
—¿Eso crees?
—Es que siempre me iba a dormir antes que ellos o a leer por mi cuenta. Fue culpa mía que...
—¿Según quién?
—¿Cómo? —Se apartó un poquito para poder mirarlo a la cara.
—¿Según quién fue culpa tuya? —Su voz era seria, baja y más fría que el viento.
—No fue para tanto. Lo peor fue que las luces tenían temporizador y...
En ocasiones, Maggie aún podía oír el ruido de las olas rompiendo contra la costa rocosa que se encontraba al otro lado de una ventana demasiado alta y demasiado pequeña para intentar escapar por allí.
Había gritado tanto que se había quedado ronca y luego había gritado incluso más, hasta quedarse sin voz.
Y resultó que los ataques de pánico no eran algo que uno podía controlar a base de práctica.
Ethan se movió despacio, sin apartar los ojos de ella. No se habían quedado completamente a oscuras gracias al fuego, y la luz que había era suficiente para verlo, para ver cómo su mirada se iba llenando de frialdad al comprender que...
—Es por eso por lo que no te gustan los espacios cerrados.
—No fue para tanto. —Maggie estaba furiosa.
Aunque no con Ethan, ni siquiera con Colin.
Estaba cabreada consigo misma. Era un error que no solía cometer, por lo que intentó pasar página, dejarlo atrás, cambiar de tema o hablar sobre otro día del año o lo que fuera—.
En serio, no pasó nada. Me deshidraté o algo así y perdí el conocimiento y al final me...
—¿Cómo que «o algo así»? ¿No te llevaron al médico?
—Qué dices. —Tuvo que reírse—. Ethan, que era una escritora novata de veintiún años, no tenía seguro médico.
—Cualquier capullo lo bastante rico como para tener una bodega para el vino puede pagar las facturas médicas de una chica que se quedó encerrada dentro y estuvo a punto de morir.
—No estuve a punto de morir.
Pero sí que podría haber sucedido, y eso era a lo que Maggie nunca se permitía darle demasiadas vueltas. Podría haber muerto..., no por haberse quedado encerrada, sino porque nadie se había tomado la molestia de ir a buscarla.
—Maggie...
Ya no podía seguir mirándolo. Ethan veía demasiado, sabía demasiadas cosas. Quería volver atrás en el tiempo y que la siguiera viendo como Marcie, eso era muchísimo mejor que saber que la veía tal cual era.
—Escúchame bien. —Rodó sobre la cama hasta poder mirarla bien, con unos ojos que ardían en medio de la oscuridad—.
No fue culpa tuya. Tendrían que haber ido a buscarte.
Tendrían que haberte llevado al hospital.
Tendrían que... haberse preocupado. No deberían haberte echado la culpa ni mucho menos haber dejado que te culpes a ti misma, joder.
Si desaparecieras, me aseguraría de encontrarte.
Levantaría la casa de sus cimientos si hiciera falta.
Destrozaría cada habitación y barrería cada campo y no me detendría hasta encontrarte. Jamás dejaría de buscarte.
Cerró los ojos y volvió a rodar para apartarse, y Maggie no sabía si lo que estaba viendo era a Ethan odiarse a sí mismo por haber dicho demasiado o porque ni siquiera eso era suficiente.
—Y eso. —Exhaló, cansado—. Que para mí tampoco es mi peor Navidad.
Y entonces lo recordó: el túnel y la historia que le había contado y la cicatriz. Era tan tonta que se había tumbado apoyando la cabeza sobre su hombro malo, así que se apartó al instante.
—Perdona. ¿Te he hecho daño en el brazo o...?
—Qué va, no me has hecho nada.
Volvió a tirar de ella, y por un momento solo se oyó el silencio, además de los aullidos del viento y el crepitar del fuego.
Casi podía oírlo pensar, y qué no habría dado por saber lo que pasaba por esa cabeza suya.
Solo que los dedos de Ethan volvieron a pasearse por su cabello, y Maggie por fin sentía las extremidades pesadas y calentitas, hasta que le pareció que quizá podría quedarse dormida.
Y quizá así fue, porque cuando las palabras llegaron a sus oídos casi le parecieron parte de un sueño.
—Cuando tenía trece años, mi madre se fue a comprar papel de regalo y nunca más volvió.
Maggie abrió los ojos de par en par, pero se obligó a no mover ni un músculo mientras él seguía hablando, en voz baja y seria en medio de la quietud.
—Estábamos preparándonos para mudarnos, haciendo las maletas.
Solo que aún había cajas en el garaje de la última mudanza, y ella no encontraba el papel de regalo.
Eso fue todo. Mis hermanos estaban jugando como unos salvajes y tiraron el árbol, y mi padre...
—Dejó la frase a medias, y su pecho dejó de moverse—.
Como no encontraba el papel, fue a por más.
Tendría que haber vuelto en cuestión de una hora, pero supongo que se limitó a seguir conduciendo, porque nos llegó una carta una semana después.
Nos dijo que estaba harta. Que ya no podía más.
—Cuánto lo siento —susurró Maggie.
—No la culpo, no fue culpa suya. Mi padre era..., o sigue siendo, un hombre demasiado complicado. Y nosotros éramos cinco críos y... No fue culpa suya. Era muy fan de Eleanor Ashley.
A Maggie le llevó un momento procesar las palabras, de lo poco que se había esperado algo así.
—Espera, ¿qué dices?
Se apoyó en un codo para incorporarse y poder mirarlo. Y, para su sorpresa, se lo encontró sonriendo. Aunque no a ella, sino ante el recuerdo.
—Fueron los primeros libros para adultos que me dejó leer.
—Pero dijiste que...
Una vez más, aquella sonrisa llena de travesura volvió a su apuesto rostro de adulto.
—Te mentí.
Maggie le dio un pellizquito en el costado, pero él se limitó a sonreír.
—Eran algo que compartíamos. Solo mi madre y yo. Ella decía que era nuestro club de lectura, y mi padre... —Su tono se volvió frío y severo—. Una semana después de que se fuera, los quemó. Eran lo único que tenía de ella y...
—Ay, Ethan...
—No. Shh. No llores por mí, cariño. —Sus dedos volvieron a rozarle el pelo, aquellas caricias lentas y constantes, y Maggie supo ver que lo hacía tanto por ella como por él mismo—.
Una semana después estaba viviendo en un nuevo pueblo e inscrito en un nuevo colegio, y fue como si nunca hubiera existido.
La verdad es que fue más sencillo así. Salir adelante. Ser alguien distinto cada vez.
«Ser alguien distinto cada vez». Maggie sintió que las palabras se sacudían dentro de su cerebro. Como el repiqueteo de unas campanas antes de empezar su canción porque, de pronto, el mundo entero cobraba sentido. El propio Ethan tenía sentido.
No era un tío buenorro que se dedicaba a vivir la vida sin preocupación alguna ni nada que lo atara.
Era el niño que había ido a diez colegios distintos en cuestión de doce años.
Era el niño que había contemplado las partes de él que se parecían tanto a su madre y que había visto a su padre prenderles fuego como si nada.
Ethan no era quien los demás querían que fuera. Era quien tenía que ser para sobrevivir: alguien encantador, desenfadado y muy guay. Alguien que hace amigos sin problema y calma las aguas. El alma de la fiesta. El tío al que todo el mundo quiere invitar de nuevo a su casa.
Había oído al menos un centenar de historias distintas sobre los orígenes de Ethan Wyatt y quién era en realidad, pero en aquel momento Maggie supo ver la única versión que importaba de verdad: era el que solía hacer de escudo humano, además de una presencia cálida y constante en medio de la oscuridad.
—¿Ethan?
—Dime. —Su voz sonó adormilada al contestarle.
—Quiero que nos enrollemos.