Maggie
Maggie
Menudo dilema el suyo. Tendría que haber estado asustada.
Vulnerada. Indignadísima. Pero mientras se encontraba en medio de aquella habitación que hacía un par de días le había parecido tan encantadora, lo único que podía hacer era preguntarse cómo se había convertido en una mujer que miraba el reloj y contaba los minutos que había pasado lejos de Ethan Wyatt.
Que sí, no era muy complicado entretenerse en una habitación saqueada; colgar ropa en perchas, volver a hacer la cama, devolver cables y aparatos electrónicos a la maleta.
Ver el portátil fue lo que lo que provocó que se detuviera.
Llevaba sin escribir ni media palabra desde que se había subido al avión y no quería ni pensar en lo que eso significaba. No quería pensar en nada, vaya.
Así que siguió recogiendo la habitación y se puso a examinar la chimenea.
James les había dicho que era seguro usarlas, por lo que no había problema con encender un fuego, dado que estarían sin luz hasta quién sabía cuándo.
Arrugó unas cuantas hojas de su cuaderno y apiló un poco de leña; solo que cada vez que intentaba encenderlo, el papel se consumía demasiado rápido y la dejaba con una minúscula montañita de cenizas, una peste a humo y ni la más mínima sensación de calor. Casi le recordaba a su exmarido.
Al oír que llamaban a la puerta, la abrió sin perder tiempo y no se sorprendió al encontrarse a Ethan allí plantado, ocupando todo el espacio que podía, como si su trabajo consistiese en ser puerta, muralla o barrera humana.
—Margaret... —Parecía como si no pudiera decidirse entre reñirla o chincharla—. ¿Me explicas por qué hemos perdido el tiempo pensando en una contraseña si luego vas y abres sin...?
Le cerró la puerta en las narices y se descubrió a sí misma sonriéndole a la madera durante tres largos segundos, justo hasta que oyó un golpeteo breve, ligero y casi hasta... ¿coqueto?
Llevó una mano al pomo, pero se detuvo para preguntar:
—¿Santo y seña?
— Macguffin . —Ethan se las arregló para sonar serio y lleno de ilusión a la vez, por lo que Maggie abrió la puerta apenas un resquicio y allí estaba él, con una mano en el marco y mirándola desde arriba.
Era la misma pose que le había visto en el avión.
En aquel momento le había parecido imponente y deliberada, como una especie de felino desproporcionado, un tigre o un león, que se estiraba, listo para saltar sobre su presa.
Allí en su habitación, lo único que consiguió fue que sintiera... un calorcito.
—¿Contento? —preguntó, alzando la vista hacia él.
—Casi.
Ethan bajó la vista a sus labios y casi se inclinó un poquitín hacia delante.
En algún rincón de su cerebro, rondaba la idea de que debía de estar haciendo algo.
Encendiendo un fuego o resolviendo un crimen o...
moviéndose, sí. Eso era. Se suponía que tenía que quitarse de en medio, pero sentía los pies hechos de plomo mientras que su cuerpo no parecía pesar nada cuando estaba en presencia de un hombre que siempre había tenido su propio sistema de gravedad.
Sintió un roce en el costado, en la curva de la cintura.
«El roce de unos dedos», le facilitó su cerebro cansado.
Ethan le estaba rozando una parte de su cuerpo que no tenía nada de escandalosa (que se podía dejar ver en trajes de baño y crop tops y ropa deportiva), pero el gesto le pareció casi indecente.
Era lo más desnuda que se podía sentir una mujer al ir envuelta en un abrigo acolchado.
Su cuerpo era un cable en tensión y temía que pudiesen terminar provocando un incendio.
Pero entonces Ethan hizo una ligera presión sobre su cuerpo y Maggie recordó...
La puerta.
La habitación.
La luz.
Eleanor.
Maggie retrocedió y se volvió hacia la chimenea apagada al tiempo que Ethan cerraba la puerta con llave. Oyó unos arañazos cuando él empujó la cómoda hasta devolverla a su sitio y luego una fuerte palmada.
—Vale, ¿quieres las buenas noticias, las malas o las que no tengo ni idea de si son buenas o malas?
—Em... —A saber. Le parecía una pregunta bastante complicada—. ¿Las malas?
—El generador está caput —dijo Ethan—. Así que parece que nos hemos quedado oficialmente a oscuras. De forma indefinida. O como mínimo hasta que la red eléctrica vuelva a funcionar.
—Ah. —La noticia no la decepcionó tanto como esperaba y no tenía ni idea de por qué.
—Lo que no sé si es bueno o malo es que parece que nuestra habitación es la única que han registrado.
—Vale. —Respiró hondo mientras procesaba lo que le había dicho. Y entonces lo recordó—. ¿Y la buena?
De pronto, su expresión se transformó en algo que solo podía describirse como Niño Pequeño Haciendo un Truco de Magia. Lo hizo todo menos decir «abracadabra» al llevarse las manos hacia atrás y exclamar:
—¡He encontrado linternas!
Una era muy grande, plateada, y parecía tener mínimo cincuenta años. La otra era negra y lo bastante pequeña como para llevarla en el bolsillo, y esa fue la que le dio a ella.
—Toma.
—¿Y tú por qué te quedas con la grande?
Ethan no le contestó, sino que se hincó de rodillas y comenzó a entretenerse con la chimenea.
—No funciona. Creo que la leña tiene que estar húmeda o...
—La frase se quedó a medias al ver un hilillo de humo que empezaba a alzarse sobre el hombro de Ethan.
Un brillo dorado le iluminó la mandíbula e hizo que pareciera una de esas pinturas rupestres de las cavernas de hacía miles de años—. ¿Cómo lo...?
—Hombre encender fuego —repuso con una sonrisita socarrona, pero luego casi pareció sonrojarse mientras se volvía hacia las llamas—. Y puede que de verdad fuera explorador de pequeño.
—Lo sabía.
Cuando volvió a alzar la vista hacia ella, la sonrisa juguetona había desaparecido y el fuego ardía con más fuerza, emanaba más calor.
Le dio la impresión de que el Ethan que tenía en frente era una versión que no había visto antes, que no sabía que existía siquiera.
Entonces le dio un tironcito de la mano y le dijo:
—Ven.
Maggie se sentó en el suelo, cerca de él y del fuego, e intentó no ponerse a pensar en que la víspera de Navidad siempre había sido la noche en la que más sola se sentía.
—Dime que leíste esos cuadernos —pidió él, en voz baja y seria.
Casi se le escapó un «¿de qué cuadernos me hablas?», pero entonces lo recordó.
—¿Te refieres a la nueva novela de Eleanor sobre una mujer que finge su muerte y huye porque alguien está intentando matarla?
No se esperaba hacerlo reír, pero, cuando el sonido irrumpió en la habitación, le sentó... bien.
—Eleanor es la leche. ¿Puedo ser ella cuando sea mayor?
—Va a ser que no. —Maggie recogió las piernas contra el pecho y apoyó la barbilla sobre las rodillas—. Yo me la pedí hace rato.
—Pues sí —dijo él, volviéndose para mirarla—. Me lo creo.
Maggie se giró hacia las llamas y, cuando Ethan atizó el fuego y añadió más leña, unas chispas volaron como si de libélulas se trataran. Como si fuese Nochebuena y el Día de la Independencia a la vez.
—Oye. —Le dio un golpecito en la pierna con la suya—. ¿Llegó a resolvernos el caso?
Casi sonaba esperanzado. Como si hubiera la posibilidad de que todo terminara siendo más sencillo de lo que había creído.
Como si pudieran saltarse clases, escaparse y hacer pellas hasta que acabaran las fiestas y ya no quedara nieve y pudieran encasquetarle el villano de la historia a otra persona.
—No. Faltaba el último cuaderno, ¿recuerdas?
—Cierto. —Hizo un ademán al caos restante de la habitación—. Por eso la búsqueda.
Maggie asintió.
—Por eso mismo. Así que no sé cómo acaba el libro ni cómo acaba esto ni... Arg. —Respiró hondo y volvió a intentarlo—. No sé cómo abordar todo esto. Ni cómo ayudarla. Ni cómo...
«Ser yo misma».
Las palabras le llegaron al cerebro sin invitación alguna, y Maggie no quiso pensar en lo que eso quería decir. Lo que quería era echarse a llorar. Quería llorar, gritar y dormir. Y, cuando sintió que empezaba a temblar, no intentó impedirlo.
—Maggie. —Ethan le apoyó el brazo sobre los hombros—. Casi puedo verte el aliento. Ven aquí.
La instó a ponerse de pie, abrió la cama que ella acababa de hacer y la arropó como si fuese alguien valioso y muy querido, y eso solo logró que Maggie se pusiera a temblar aún más.
Porque Ethan... se preocupaba por ella. Era un concepto rarísimo.
Una sensación desconocida. No era de extrañar que no se fiara ni un pelo.
Era como una célula extraña contra la que su cuerpo batallaba, segurísimo de que se había metido allí para matarla.
Pero cuando Ethan acomodó las mantas a su lado, Maggie se sorprendió a sí misma al cogerle la mano. La tenía calentita, mientras que la de ella estaba fría, y quizá fue por eso por lo que se quedó muy quieto de golpe, como si no supiera qué hacer.
—¿Me toca dormir en el suelo esta noche? —Su voz no tenía ningún deje de arrogancia, ninguna pizca de burla. Había dejado de ser el dichoso Ethan Wyatt, y por enésima vez Maggie intentó ver a ese hombre como el mismo que la había llamado Marcie durante casi cinco años enteros.
No se suponía que Ethan fuese cálido, amable ni tierno.
Tendría que haber sido una lámina plastificada sin nada debajo de aquella superficie reluciente.
Tendría que haber sido menos, pero en realidad era mucho más, y Maggie lo odió por ello.
Pero más que nada se odió a sí misma por decepcionarse al ver que alguien que el mundo consideraba extraordinario lo era en realidad.
También resultaba ser la única fuente de calor en ocho mil hectáreas y, probablemente, el único aliado que tenía en una distancia muchísimo mayor. Así que Maggie alzó las mantas y le dijo:
—Entra, que necesito todo el calor corporal posible.