Crimen antes de Navidad
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Ethan
Ethan
Era demasiado pronto para irse a dormir, pero también parecía que estaban en plena noche, así que Ethan no intentó verle la lógica.
Hacía horas que el sol se había ocultado y los días empezaban a mezclarse unos con otros.
La Navidad estaba a la vuelta de la esquina, pero de eso hacía muchos días ya.
Era como si estuviesen atrapados en un bucle de tiempo, como si no fuesen a encontrar la salida.
Por lo que, cuando Kitty se puso a servir ponche y a preguntar por ahí si alguien se sabía algún villancico, Ethan buscó a Maggie con la mirada y le hizo un ademán en silencio con la cabeza hacia la puerta.
Fue así como terminaron caminando por un pasillo largo y desierto que les parecía incluso más interminable en la oscuridad.
Maggie llevaba un candelero, y seis velas diminutas enmarcaban su rostro en una especie de resplandor dorado; parecía etérea y cubierta de inmundicia a la vez, con todas esas telarañas y polvo.
Y también lo más hermoso que había visto en la vida.
De pronto, dio las gracias por los bucles de tiempo y las tormentas de nieve y los puentes que habían terminado hundiéndose bajo el peso de demasiada nieve.
Maggie, por su parte, estaba lista para ponerse manos a la obra.
—Vale, supongamos que una persona es responsable de los disparos, el veneno y el incendio del invernadero...
—No te olvides de las escaleras —acotó él.
—Cierto. —Unas llamas diminutas danzaron cuando asintió—. Y quizá también de lo de las escaleras.
—Y todo eso es una buena cantidad de supuestos —concedió, y Maggie se volvió hacia él, lo que provocó que las velas parpadearan.
—¿Estoy equivocada? —Se lo preguntaba de verdad—. A ver, a lo mejor me equivoco. Seguro que sí, de hecho. Lo más probable es que...
—No nos equivocamos, no.
Fue el plural lo que la convenció. Vio cómo empezaba a hablar, a discutir. Podría haberle soltado montones de contraargumentos, pero su mirada se suavizó antes de respirar una breve bocanada de aire y soltarla muy despacio.
—No nos equivocamos.
Algún día pensaba hacer pedazos a quienes la habían hecho pedazos a ella. Iba a hacerlos desaparecer del planeta y seguir con su vida como si no hubiera pasado nada.
—¿Hay alguna posibilidad de que sepas de dónde provenían los disparos? —Aunque su tono estaba lleno de esperanza, su mirada estaba cargada de dudas.
—No sin ir a comprobarlo fuera. Pero sí puedo decirte que no venían de la casa.
—¡Genial! Vale, eso nos dice que lo más seguro es que podamos eliminar a Cece de nuestra lista. Dudo mucho que haya podido disparar nada y volver corriendo a la segunda planta para gritar justo cuando nosotros entrábamos a la mansión.
—Exacto. —Ethan asintió—. Lo que nos deja al inspector...
—Que aún no había llegado. —Maggie parecía decepcionada.
—El abogado, el mayordomo y el médico. —Le lanzó una miradita—. Creo que me sé un chiste que empieza así.
Maggie le dedicó una sonrisa indulgente antes de añadir:
—Pero ninguno de ellos tiene un motivo.
—Que nosotros sepamos —acotó él, a lo que ella ladeó la cabeza como diciendo « touché ».
—Sabemos que Rupert y Kitty estaban en su habitación con la bebé y la canguro —siguió Maggie.
—Lo que nos deja a David y Veronica.
—Victoria —lo corrigió.
—Eso. El duque y la duca .
—La duquesa.
—Eso. Pero ¿qué motivo podrían tener ellos? ¿No se supone que a los duques les sobra el dinero? —Pese a que era una muy buena pregunta, vio que Maggie apartaba la mirada. Casi como si no quisiera admitir que...
—A veces el dinero hace que la gente se vuelva descuidada.
Y la gente descuidada nunca se da cuenta de que, con el tiempo, el dinero se acaba.
—Por su parte, lo que Ethan entendió con eso fue «a veces la gente descuidada hace daño a los que somos cuidadosos»—.
Eso y que a los dos parecía urgirles mucho encontrar ese...
—Testamento —terminaron los dos a la vez, y Maggie bajó la vista a sus pies.
A Ethan le entraron ganas de besar el labio que ella se estaba mordiendo, pero se conformó con decir:
—Eso quiere decir que todos los que tienen un motivo no tuvieron oportunidad.
—Y todos los que tuvieron oportunidad no tienen un motivo. —La ilusión empezó a volver a sus ojos—. Podríamos estar en un caso a lo Extraños en un tren .
—O Asesinato en el Orient Express .
—O El perro tuerto y la ventisca ... —empezó, para luego ladear la cabeza al ver su falta de reacción—.
Es un relato que Eleanor publicó en 1982.
—Pero entonces, de golpe, volvió a desanimarse.
Parecía una niña pequeña en un carnaval que había estado a nada de ganar un premio—. El problema es que no hay trillizos.
—Que nosotros sepamos —la consoló, y Maggie le regaló una sonrisa que logró que quisiera pasarse el resto de sus días persiguiendo la emoción de hacerla sonreír como había hecho en aquel largo y oscuro pasillo lleno de corrientes, fantasmas (no podían descartarlo) y el viento frío que rugía en el exterior.
Según doblaban la esquina en dirección a sus habitaciones, Ethan dejó que su mirada se desviara hacia la ventana, con su cristal escarchado y el cielo de un negro absoluto.
Millones de estrellas y miles de hectáreas de terreno y el reflejo de dos personas que se habían apretujado por pasadizos secretos y habían subido y bajado escaleras todo el día en una búsqueda infructuosa.
Maggie hizo una mueca y se quejó en voz baja.
—Solo me falta el largo camisón blanco para parecer la futura víctima de una novela gótica.
A lo que Ethan se limitó a decir:
—Ya te protejo yo.
—¿De un fantasma? —preguntó ella entre risas.
—De lo que sea.
De pronto, todo dejó de ser gracioso. El pasillo tan frío y con corrientes se quedó en silencio, y hasta el viento pareció dejar de soplar.
Ethan se olvidó de los asesinatos, las balas y el veneno, dejó de pensar en padres crueles, maridos inútiles y en que seguramente ni siquiera la merecía, porque pensaba quedarse con ella de todos modos.
Si Maggie cometía el error de querer que lo hiciera.
Y, por cómo lo miraba en aquel preciso instante, en medio de aquel pasillo desierto, parecía que así era.
—Maggie... —Se acercó hacia ella, alzando su vela. Tenía que decírselo, Maggie debía saberlo—. Cariño...
Solo que la mirada de Maggie se había apartado de él, e Ethan notó que vacilaba. Trastabillaba. Se congelaba en su sitio. Y luego vio cómo temblaba.
—¿Qué pasa? —Ethan se volvió de golpe, pero no había nada detrás de él que no fuesen sombras y habitaciones.
—Creía que la había cerrado —dijo ella, señalando su puerta entornada.
—Quédate aquí —le ordenó, pero Maggie se limitó a menear la cabeza.
—No sé. A lo mejor me equivoco. Igual...
Ethan le acunó la mejilla con su mano libre.
—Maggie. ¿La cerraste o no?
Movió la cabeza como si no supiese qué decir, qué pensar.
Como si más de una vez le hubiesen dicho que el blanco era negro y que arriba era abajo y ya no pudiese confiar en lo que veían sus propios ojos, mucho menos en su memoria.
Como si le hubiesen enseñado a regirse por dos reglas básicas: 1.
En caso de duda, da por hecho que el problema eres tú. Y 2. Siempre vive entre dudas.
—No pasa nada. —Le dejó un beso en la frente—. Espera aquí.
—No sé. A lo mejor son imaginaciones mías. Ethan...
Pero entonces la puerta se abrió de par en par y golpeó a Ethan con una ráfaga de aire helado, y este se preparó para recibir un ataque o quizá el asalto de un fantasma pequeñito, pero lo que vio fue incluso peor.
Tenía a Maggie pegada a la espalda cuando le dijo:
—¿Y? ¿Qué ves?
—Que definitivamente no son imaginaciones tuyas.
Por una vez quiso que así fuera, porque Maggie soltó un sonidito que no quería volver a oír en la vida al rodearlo y contemplar las mantas arrugadas y la ropa que había tirada por el suelo, las sillas volcadas y las maletas deshechas.
No había rincón de la habitación que no hubiesen registrado, y Maggie se quedó de piedra al verlo.
Alguien había estado allí, entre sus objetos personales, en el lugar en el que dormía. Alguien había estado allí, y a Ethan le entraron ganas de echársela al hombro y salir pitando, pero, como no podía hacer eso, se conformó con intentar ver el lado positivo.
—Supongo que hay algo más que podemos añadir a la lista: alguien está buscando algo.
Maggie ahogó un grito antes de salir disparada hacia la cama y apartar mantas, almohadas y ropa de su camino hasta que se giró, pálida como un fantasma.
—Y lo han encontrado. El nuevo libro de Eleanor. Sus cuadernos. Ya no están.