Capítulo 17 - La Prueba en la Copita
La Prueba en la Copita
El inspector Grimshaw llegó diez minutos después, con el pelo revuelto y una expresión de alguien que ha sido arrancado de un sueño muy agradable.
Traía consigo el olor a café de la cocina de servicio y algo más: un deje de satisfacción profesional que a Elena le resultó inquietante.
Sin embargo, cuando ella le mostró sus anotaciones —la libreta de chef llena de conexiones, fechas y nombres— y le explicó la lógica del oporto, su expresión cambió.
La suficiencia se desvaneció, reemplazada por algo que parecía, casi, respeto.
—He encontrado restos de oporto con veneno en una copa rota en la papelera del comedor —dijo Elena, hablando en voz baja pero con la firmeza de quien presenta una reducción perfecta—.
No era la copa de Reginald; esa sigue intacta sobre la mesa, junto a su mano derecha.
Pero el residuo en la copa rota es el mismo: un alcaloide amargo, probablemente estricnina.
Alguien intentó envenenarlo. Cuando el veneno no funcionó —porque Reginald apenas mojó los labios—, el asesino usó mi cuchillo.
Grimshaw arqueó una ceja. La lupa que llevaba siempre en el bolsillo interior de su abrigo pasó de sus manos a la copa rota, envuelta aún en el pañuelo de papel. La examinó con la parsimonia de un catador de vinos ante una botella añeja.
—¿Estricnina? —repitió, incrédulo—. ¿En el oporto?
—No estoy segura al cien por cien —admitió Elena—.
Pero el olor es característico, y la reacción química con el alcohol es conocida.
He trabajado con suficientes ingredientes peligrosos en cocinas de alta presión como para reconocer un veneno cuando lo huelo.
Además, hay algo más, inspector: Reginald Ashford odiaba el oporto.
Lo dejó en 1985 después de lo que pasó en Oxford.
Eleanor lo anotó en su diario de cocina: solo lo bebía en contadas ocasiones, para demostrar dominio.
Cualquiera que lo conociera —Oliver, Cordelia, Victoria, Julian, incluso Mrs. Higgins— lo sabría.
Hizo una pausa, dejando que la información se asentara como una salsa que reduce a fuego lento.
—Sin embargo, alguien eligió el oporto para envenenarlo. Ese error solo lo comete un forastero. Alguien que llegó hace tres años y no conocía sus hábitos. Alguien como Diana Crane.
Grimshaw dejó la lupa sobre la mesa. Su mirada se perdió un instante en el diario de Eleanor, que aún descansaba abierto junto a la libreta de Elena.
—¿Diana Crane —repitió, como si probara un ingrediente nuevo—. La esposa de Oliver. La hija adoptiva. O biológica, según las cartas.
—O ambas —dijo Elena—. Pero no se precipite, inspector.
También es posible que hubiera dos intentos de envenenamiento.
Uno con whisky —la bebida que Reginald consumía a diario, y que cualquiera de los presentes podría haber elegido— y otro con oporto, el error del forastero.
Oliver Crane, por ejemplo, conoce bien a Reginald.
Si él hubiera querido envenenarlo, habría usado el whisky, no el oporto.
Y de hecho... —Elena se interrumpió, recordando las manchas de Mrs. Higgins— .
..de hecho, alguien puso algo en el whisky de Reginald esa noche.
Mrs. Higgins lo vio. Pero aún no sabemos quién.
Grimshaw asintió, despacio. Sacó su libreta oficial —cuero negro, páginas rayadas— y comenzó a anotar, moviendo el bolígrafo con una caligrafía menuda y apretada que parecía reflejar su personalidad.
—Entonces, ¿quién cree que es el asesino material? El que clavó el cuchillo.
—No lo sé aún —admitió Elena. La honestidad le costaba, pero era necesario—.
Pero Oliver Crane apareció en el comedor con un objeto metálico en la mano cuando Diana iba a delatarlo.
Tiene un motivo poderoso: Lord Ashford lo chantajeaba con un secreto terrible sobre su matrimonio con Diana.
Si ese secreto se revelaba, Oliver lo perdería todo.
Su reputación, su libertad, quizá su cordura.
Pero eso no significa que él pusiera el veneno en el oporto.
De hecho, lo más probable es que él usara el whisky, y que el oporto fuera cosa de otra persona.
—Bien —dijo Grimshaw, cerrando la libreta con un chasquido que resonó en la cocina vacía—.
Pero si Oliver es el asesino, ¿por qué usar su cuchillo, señorita Vidal?
¿Por qué no apuñalar a Lord Ashford con cualquier otra arma?
Hay cuchillos de cocina viejos en esa barra magnética que no tienen dueño. ¿Por qué el suyo, con sus iniciales?
—Porque Oliver no quería solo matar a Lord Ashford —dijo Elena, y la certeza la invadió como una ola caliente—.
Quería destruir su memoria. Convertir su muerte en un escándalo.
Usar el cuchillo de la chef —una extranjera, una intrusa, alguien sin conexiones con la aristocracia local— era la forma perfecta de manchar su nombre.
Lord Ashford muerto por una chef española.
Eso habría llenado los titulares durante semanas.
Habría humillado a Reginald incluso después de muerto.
Eso es algo que Oliver, con su rencor acumulado durante treinta años, podría desear.
Grimshaw la observó con una nueva expresión que Elena no supo interpretar del todo. No era sorpresa, ni respeto solamente. Era algo más: el reconocimiento de un igual, aunque viniera de una chef con un delantal manchado de brandy.
—Es usted muy lista, señorita Vidal —dijo al fin—.
Y muy peligrosa. Para los mentirosos, quiero decir.
—Guardó su libreta y ajustó la bufanda—.
Pero la teoría no es prueba. Necesito encontrar a Oliver.
Necesito el cuchillo. Y necesito que Diana Crane hable.
Porque si ella no habla, todo esto se reduce a conjeturas. Y las conjeturas no ganan juicios.
Diana, que estaba sentada en el sofá del salón —Elena no la había visto llegar, pero allí estaba, envuelta en una manta de lana que le prestó Mrs. Higgins—, levantó la vista. Tenía los ojos enrojecidos, pero secos. La mirada de alguien que ya ha llorado todo lo que podía llorar.
—Hablaré —dijo, con una voz que sonaba a acero forjado en el fuego, frío pero cortante—.
Pero primero, tienen que encontrar a Oliver.
Porque si escapa, se llevará la verdad consigo.
Y yo… —hizo una pausa— …yo no puedo vivir con la verdad enterrada otra vez.
No como mi madre. No como Eleanor. No otra vez.
Grimshaw asintió sin decir palabra. Ordenó a los agentes que registraran la casa y los alrededores.
Pero la nieve seguía cayendo, ahora con más fuerza, y las huellas de Oliver —si es que alguna vez salió por la puerta de servicio— se perdían en el blanco infinito.
Era como si la tormenta hubiera decidido protegerlo.
Elena cerró los ojos y reconstruyó la escena del comedor en su mente.
Una imagen tras otra, como fotogramas de una película antigua.
El cuerpo boca arriba sobre la mesa de roble.
Las dos copas: una rota en la papelera (¿quién la rompió?
¿Mrs. Higgins al servir? ¿Diana al huir?), otra intacta junto al cadáver, llena de un vino que Reginald nunca quiso beber.
El cuchillo clavado en el pecho, atravesando la pajarita de seda negra.
Y esa pajarita... torcida. Ligeramente desviada, como si alguien la hubiera tocado con prisa, sin saber cómo arreglarla.
Abrió los ojos. Había algo que no encajaba del todo, pero la certeza principal ya estaba ahí.
Lord Ashford era maniático con su vestimenta.
Mrs. Higgins se lo había mencionado de pasada: podía pasar diez minutos ajustando una corbata delante del espejo.
Nunca, jamás, habría llevado la pajarita torcida a una cena de Navidad.
Nunca. Alguien la había tocado después de muerto. Alguien que no sabía atar una pajarita.
Eso eliminaba a Oliver —acostumbrado a los esmóquines de sus años en Oxford, donde las pajaritas eran obligatorias en las cenas de gala—.
Eliminaba a Julian —había usado pajarita en su boda, aunque el matrimonio durara poco—.
Eliminaba a Cordelia —había crecido entre la alta sociedad, y sabía atar una pajarita mejor que muchos hombres—.
Solo quedaban dos personas que podrían haber ajustado mal esa prenda: Victoria, demasiado mayor y temblorosa para tener la fuerza necesaria para clavar un cuchillo, y Diana.
Diana, que no había crecido en la alta sociedad. Diana, que nunca había usado una pajarita en su vida. Diana, que esa noche había tenido prisa, mucho miedo y las manos temblorosas.
Diana había ajustado mal la pajarita de su víctima.
Elena tomó aire. La certeza era fría y nítida como la nieve que caía tras los cristales. Pero la certeza no es una prueba. Necesitaba algo más. Necesitaba la confesión. O el arma. O las palabras de alguien que hubiera visto algo.
Se levantó, se puso el abrigo, las botas y un gorro de lana que encontró en el recibidor. El frío le mordió las mejillas en cuanto abrió la puerta de servicio, pero no le importó.
—¿Adónde va? —preguntó Grimshaw desde el umbral de la cocina, con una taza de café humeante en la mano—. No es seguro. La tormenta aún no ha amainado del todo y hay ramas caídas.
—A encontrar a Oliver —dijo Elena, sin volverse—. Sé adónde irá. Y sé que no tiene adónde escapar. La carretera principal está bloqueada por el camión de leña. El puente sobre el río Windrush está cubierto de hielo. Está atrapado en esta propiedad, igual que todos nosotros.
—¿Y dónde cree que está? —insistió Grimshaw, aunque en su voz ya no había escepticismo, solo curiosidad profesional.
Elena alzó la mirada hacia la colina. A través de la nieve que seguía cayendo en espirales perezosas, alcanzó a distinguir la silueta de la capilla familiar, un pequeño rectángulo oscuro contra el cielo gris.
Las paredes de piedra cubiertas de hiedra, el tejado agujereado, el cementerio donde Eleanor y Margaret descansaban bajo lápidas que nadie visitaba.
—En la capilla —dijo Elena—. Donde enterraron a Eleanor. Donde enterraron a Margaret. Donde Oliver viene a llorar sus pecados cada vez que el peso de la culpa lo aplasta. Es el único lugar donde un hombre como él se siente seguro. O al menos, donde cree que puede esconderse de la verdad.
Sin esperar respuesta, echó a andar. La nieve crujía bajo sus botas y el viento le traía fragmentos de una conversación que ya no podía oír. A sus espaldas, Grimshaw murmuró algo que ella no alcanzó a distinguir. No le importó.
Tenía un asesino que encontrar, una verdad que desenterrar, y una pajarita torcida que resolver.