Capítulo 16 - La Prueba del Veneno
La Prueba del Veneno
El comedor estaba precintado con cinta amarilla de la policía, pero el agente Higgins dormía en la sala de estar, y Grimshaw no había llegado todavía. Elena se deslizó bajo la cinta, entró en la habitación, y miró alrededor.
La mesa de roble seguía allí, ahora manchada con polvo de huellas dactilares y marcadores de evidencia. El mantel de encaje había sido recogido como prueba. La vajilla de Wedgwood estaba en bolsas de plástico. Pero Elena no buscaba eso.
Buscaba la copa de oporto.
No estaba en la mesa. No estaba en el aparador. No estaba en el suelo.
Elena se acercó a la chimenea, donde una papelera de latón esperaba.
Dentro, entre servilletas usadas y restos de cera, había algo que brillaba.
Una copa de cristal, rota, con un residuo oscuro en el fondo.
No era la copa de Reginald —esa seguía intacta sobre la mesa, junto a su mano derecha— sino otra, probablemente rota por accidente al servir.
Sin embargo, el residuo que contenía podía ser revelador.
Elena la sacó con cuidado, usando un pañuelo de papel. El residuo era púrpura oscuro, casi negro. Oporto. Pero había algo más: un olor químico, dulzón y amargo, que Elena reconoció de inmediato.
Estricnina.
O algo similar. Un alcaloide. Un veneno. Elena había estudiado toxicología básica durante su formación en seguridad alimentaria —sabía que la estricnina tenía un olor característico, amargo, y que se disolvía en alcohol. Y que actuaba rápido, causando convulsiones y muerte en cuestión de minutos.
Pero Lord Ashford no había muerto por envenenamiento. Había muerto por un cuchillo en el pecho. ¿Por qué el veneno, entonces?
A menos que…
A menos que el veneno fuera el plan A. Y el cuchillo, el plan B.
A menos que alguien envenenara el oporto de Lord Ashford, pero él no bebiera lo suficiente. O no bebiera en absoluto. Y el asesino, viendo que el veneno no funcionaba, tuviera que usar el cuchillo.
Elena guardó la copa rota en el bolsillo de su abrigo, envuelta en el pañuelo. Era la prueba de que alguien había intentado envenenar a Lord Ashford antes de apuñalarlo. Había premeditación.
Pero algo no encajaba del todo. Si solo hubiera un veneno, ¿por qué dos copas? Una rota, otra intacta. Quizá hubo dos intentos. Uno con oporto, otro con... cualquier otra bebida. El whisky, por ejemplo.
Necesitaba más respuestas. Necesitaba saber quién tuvo acceso al oporto.
Y entonces, alguien tosió detrás de ella.
Elena se giró. Diana Crane estaba en la puerta, con una bata de seda blanca, el pelo castaño despeinado, y una expresión que era mitad miedo, mitad resignación.
—Lo sabía —dijo Diana, con una voz que sonaba a derrota—. Sabía que vendría a buscar la copa.
—¿Usted? —Elena se enderezó—. ¿Fue usted?
Diana entró en el comedor, cerrando la puerta detrás de ella. Se acercó a Elena, con pasos lentos, como si estuviera caminando hacia su propia ejecución.
—No —dijo Diana—. No fui yo. Pero sé quién lo hizo. Y sé por qué usó su cuchillo. Y sé… —hizo una pausa, y sus ojos se llenaron de lágrimas— …sé que si no lo detiene, matará de nuevo. Esta noche. Antes de que amanezca del todo.
—¿Quién? —preguntó Elena, con urgencia—. ¿Quién es?
Diana abrió la boca para responder. Pero antes de que pudiera hablar, la puerta del comedor se abrió de golpe.
Oliver Crane entró, con una expresión que Elena nunca había visto en su rostro. No era la sonrisa falsa, ni la curiosidad provocadora. Era furia pura, fría y calculada.
—Diana —dijo Oliver, con una voz que sonaba a hielo—. ¿Qué estás haciendo aquí?
Diana se giró, y su rostro se transformó. El miedo se convirtió en algo más duro. Más antiguo.
—Estoy contando la verdad, Oliver. Algo que deberías haber hecho hace treinta años.
Oliver avanzó, y Elena vio algo en su mano. Algo metálico. Algo que brilló bajo la luz de las velas.
Elena no pensó. Actuó.
Tomó la copa rota de su bolsillo, la arrojó contra la pared con toda su fuerza, y el cristal se estrelló con un estruendo que resonó por toda la casa.
—¡Fuego! —gritó Elena—. ¡Fuego en el comedor!
Oliver se detuvo, desconcertado por el ruido. Diana aprovechó para correr hacia Elena, y ambas se refugiaron detrás de la mesa de roble.
—¡Agente Higgins! —gritó Elena—. ¡Inspector Grimshaw! ¡Ayuda!
Pasos resonaron en el pasillo. Oliver miró la puerta, luego miró a Elena y Diana, y por un instante, Elena vio algo en sus ojos que no esperaba: no era solo furia, era miedo. Miedo a ser descubierto.
—Esto no ha terminado —susurró Oliver. Y antes de que el agente Higgins entrara, Oliver Crane había desaparecido por la puerta de servicio, hacia la nieve.