Capítulo 18 - La Capilla
La Capilla
La capilla de los Ashford era una estructura normanda del siglo XII, reducida a una ruina romántica por el tiempo y la intemperie.
Sus paredes de piedra estaban cubiertas de hiedra, su techo de pizarra tenía agujeros que dejaban entrar la nieve, y su interior —un espacio de no más de veinte metros cuadrados— olía a humedad, incienso rancio, y algo más. Algo que Elena reconoció: miedo.
Oliver Crane estaba de rodillas frente al altar, con la cabeza gacha y las manos entrelazadas.
No estaba rezando. Estaba temblando. El objeto metálico que había llevado al comedor —un revólver pequeño, de plata, idéntico al que Lord Ashford tenía en su biblioteca— yacía en el suelo junto a él, cubierto de nieve.
Elena entró en la capilla, con cuidado de no hacer ruido. Sacó del bolsillo de su abrigo la carta de chantaje de Reginald y la dejó sobre el altar de piedra, como una ofrenda de verdad. Luego se volvió hacia Oliver, que ya levantaba la vista.
—La chef —dijo él, con una voz que sonaba a cenizas—. Por supuesto. ¿Cómo me encontró?
—Porque los asesinos siempre vuelven al lugar de sus crímenes. O a los lugares donde enterraron a sus víctimas. —Elena se acercó, manteniendo una distancia segura—. ¿Por qué, Oliver? ¿Por qué matar a Reginald ahora? ¿Después de treinta años?
Oliver se levantó, tambaleándose. Tenía la cara pálida, los ojos enrojecidos, y una expresión de derrota total.
—Porque iba a hablar —dijo—. Reginald me llamó hace una semana. Dijo que sabía la verdad sobre Diana. Dijo que si no le pagaba cien mil libras, se lo contaría a todo el mundo. A la prensa. A la policía. A… —hizo una pausa— …a ella. A Diana.
—¿Y usted no podía pagar?
—Podía pagar. Pero no quería. —Oliver se rió, un sonido amargo—. Treinta años de chantaje. Treinta años de pagar para que Reginald guardara silencio sobre Margaret. Y ahora, otra vez. Otra vez el chantaje. Otra vez la sumisión. No podía soportarlo. No otra vez.
—Entonces decidió matarlo.
—Decidí… —Oliver miró el revólver en el suelo— …
decidí confrontarlo. Vine aquí para la Navidad porque Cordelia me dijo que Reginald quería reconciliarse.
Pero sabía que era una trampa. Sabía que quería dinero.
Así que preparé el veneno. Estricnina. La conseguí de un contacto en Oxford.
La puse en su whisky . En el vaso que siempre tenía a mano.
El que bebía sin pensar. Pero esa noche…
—se encogió de hombros— …esa noche bebió menos de lo habitual.
O el veneno no actuó con la rapidez que esperaba. O simplemente calculé mal la dosis.
—Y entonces usó mi cuchillo.
Oliver la miró, y por primera vez, Elena vio algo parecido a la vergüenza en sus ojos.
—Su cuchillo estaba ahí. En la cocina. Vi los cuchillos cuando entré a buscar vino.
Pensé… pensé que si usaba el cuchillo de la chef, la policía no buscaría más allá.
Pensé que usted sería la sospechosa perfecta.
Extranjera. Desconocida. Sin conexiones.
—Se rió, amargamente—. Pero no conté con usted.
No conté con que fuera más lista que Grimshaw.
Más lista que yo. Y no conté con que alguien más también hubiera intentado envenenarlo.
—¿Alguien más?
—La copa de oporto —dijo Oliver, confundido—.
Yo no puse nada en el oporto. Jamás usaría el oporto.
Reginald odiaba el oporto. Todo el mundo que lo conoció en Oxford lo sabía.
Después de 1985, después de lo que pasó con Margaret, dejó de beberlo.
Lo odiaba. —Oliver miró a Elena con ojos que de pronto se aclaraban—.
Si alguien puso veneno en el oporto… no fui yo.
Fue alguien que no sabía. Alguien que no lo conocía.
Elena se acercó un paso más.
—Oliver. No tiene adónde ir. La nieve lo atrapó. La policía está en la casa. Entregue el revólver. Venga conmigo. Confiese. Y quizá… —hizo una pausa— …quizá Diana pueda perdonarlo. Algún día.
—Diana no me perdonará nunca —dijo Oliver—.
Porque Diana no es solo la hija de Margaret.
Es… —hizo una pausa, y su voz se quebró— …
es mi hija también. La hija que tuve con Margaret.
La hija que creí muerta durante treinta años.
Y cuando la encontré… cuando descubrí que había sobrevivido…
me casé con ella. Porque la amaba. Porque era lo único que quedaba de Margaret.
Porque… —cerró los ojos— …porque soy un monstruo, señorita Vidal. Y los monstruos no merecen perdón.
Elena sintió que el aire de la capilla se volvía más frío. No era solo el viento. Era la revelación de una atrocidad que superaba todo lo que había imaginado.
—¿Diana sabe? —preguntó, con una voz que apenas reconoció como suya.
—No —dijo Oliver—. No lo sabe. Y nunca lo sabrá. Porque si lo supiera… —se rió, un sonido desgarrado— …si lo supiera, me mataría. O se mataría ella. Y no puedo soportar ninguna de las dos opciones.
Elena se quedó inmóvil, con la mente acelerando. Si Diana no sabía, entonces su motivo para matar a Lord Ashford era diferente. Diana creía que Oliver era su padrastro, no su padre. Y si Lord Ashford la estaba chantajeando a ella…
—Oliver —dijo Elena, con urgencia—. ¿Lord Ashford chantajeaba a Diana también?
Oliver la miró, confundido.
—¿A Diana? No. Solo a mí. Diana no sabía nada. La protegí. Siempre la protegí.
Entonces Elena lo vio. La pieza que faltaba. Diana había descubierto la verdad por su cuenta. Y había matado a Lord Ashford.
Elena se giró hacia la puerta de la capilla. Pero ya era tarde.
Diana Crane estaba allí, con el revólver de Oliver en la mano. El revólver que Oliver había dejado en el suelo. El revólver que ella había recogido mientras Elena y Oliver hablaban.
—No se muevan —dijo Diana, con una voz que sonaba a cristal roto—. Ninguno de los dos.