Crimen a la Carta (Los Misterios de Elena Vidal 1) Capítulo 13 - El Interrogatorio de Cordelia
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Capítulo 13 - El Interrogatorio de Cordelia

El Interrogatorio de Cordelia

A las cinco de la mañana, Elena se escabulló de su habitación.

El agente Higgins dormía profundamente en su silla, con la boca abierta y un ronquido que sonaba a sierra eléctrica con problemas de carburador.

Elena pasó junto a él con el sigilo de una gata, bajó las escaleras de servicio, y se dirigió a la cocina.

Necesitaba café. Necesitaba pensar. Y necesitaba confrontar a Cordelia antes de que el inspector Grimshaw despertara y empezara a hacer preguntas incómodas.

La cocina estaba fría, el Aga apagado durante la noche.

Elena encendió la hornilla de gas, puso una cafetera italiana sobre el fuego —la había traído ella misma, junto con el café de tueste medio de un tostador artesanal de Shoreditch— y esperó.

El aroma del café llenó la habitación, una promesa de civilización en medio del caos.

—Huele bien.

Elena se giró. Cordelia estaba en la puerta, con una bata de seda color champán que Elena no había visto antes.

Sin maquillaje, sin la armadura de la perfección, Cordelia parecía más joven y más vulnerable.

Pero sus ojos —verdes, fríos, calculadores— seguían siendo los de una mujer que había aprendido a sobrevivir en un mundo que no le había dado nada gratis.

—¿Quiere café? —preguntó Elena, con una amabilidad que no sentía.

—¿Por qué no? —Cordelia se sentó en la mesa de trabajo, cruzando las piernas con una elegancia que sugería años de ballet o de yoga caro—. ¿O es envenenado?

—Si quisiera envenenarla, usaría algo más sofisticado que café. —Elena sirvió dos tazas—. ¿Cómo toma el suyo?

—Negro. Como mi alma. —Cordelia sonrió, una expresión que no llegó a sus ojos—. Mi marido solía decir eso. "Cordelia, tienes el alma negra." Yo le respondía: "Reginald, si tuviera alma, no estaría casada contigo."

Elena se sentó frente a ella, con su propia taza de café —con leche, calentada con canela— y observó a Cordelia con la misma atención que pondría en un ingrediente desconocido.

—¿Por qué lo mató? —preguntó Elena, directamente.

Cordelia no se sobresaltó. No negó. Solo tomó un sorbo de café, cerró los ojos, y suspiró.

—¿Quién dice que lo maté yo?

—Nadie. Pero usted es la esposa infiel. La segunda esposa. La que hereda. La que tiene un amante llamado Marcus. La que odia a su marido. Y, según acabo de descubrir, la media hermana de Oliver Crane. —Elena dejó su taza—. Eso es mucho para una sola persona, ¿no cree?

Cordelia la miró, y por primera vez, Elena vio algo en sus ojos que no esperaba: no era culpa, era alivio. Alivio de que alguien finalmente supiera la verdad.

—Julian le contó —dijo Cordelia, no como pregunta—. Ese chico habla demasiado. Siempre ha hablado demasiado. Igual que su madre.

—¿Eleanor sabía quién era usted?

—Eleanor lo sabía todo. Era demasiado lista para su propio bien.

—Cordelia miró su café, como si estuviera viendo algo en el fondo de la taza—.

Sí, soy la media hermana de Oliver. Nuestro padre era un hombre…

generoso con su afecto. Margaret era la hija legítima.

Yo era la bastarda. Crecí en la sombra, viendo a Margaret tener todo lo que yo quería.

La educación. El dinero. El respeto. Y luego…

—su voz se endureció— …y luego Margaret se casó con Oliver. El hombre que yo amaba.

Elena sintió una punzada de compasión. Cordelia no era una villana. Era una mujer herida, que había pasado décadas construyendo una armadura de cinismo y crueldad para protegerse.

—¿Amaba a Oliver?

—Lo amaba. Lo amo. Siempre lo amaré. —Cordelia levantó la vista, y sus ojos estaban húmedos—. Pero Oliver no me quería a mí. Quería a Margaret. Y cuando Margaret murió… —hizo una pausa— …cuando Margaret "murió", Oliver se desmoronó. Y yo… yo me quedé sola. Otra vez.

—¿Por qué las comillas? —preguntó Elena, captando el matiz—. ¿Cuando Margaret "murió"?

Cordelia la miró, y algo cambió en su expresión. Se volvió cautelosa, defensiva.

—Fue un accidente. Cayó por una ventana en Oxford. Eso es lo que dijo la policía.

—¿Y usted qué cree?

Cordelia dejó su taza. Sus manos temblaban ligeramente.

—Creo… —empezó, y luego se detuvo. Escucharon pasos en el pasillo.

Cordelia se levantó rápidamente, con la máscara de perfección volviendo a su lugar—.

Creo que debería volver a mi habitación, señorita Vidal.

Y usted debería dejar de hacer preguntas.

Porque en esta casa, las preguntas tienen mala costumbre de matar a quien las hace.

Cuando Cordelia salió, Elena se quedó con el café frío y la certeza de que Cordelia sabía más de lo que decía. Mucho más.

Elena se quedó en la cocina un buen rato, mirando el fondo de su taza vacía.

Cordelia había hablado de amor, de odio, de secretos familiares.

Pero no había dicho nada sobre el oporto.

Ni sobre el veneno. Ni sobre la pajarita torcida.

«Sabe algo» , pensó Elena. «Pero no todo.

Y lo que sabe, no lo va a soltar fácilmente. »