Crimen a la Carta (Los Misterios de Elena Vidal 1) Capítulo 14 - La Confesión de Victoria
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Capítulo 14 - La Confesión de Victoria

La Confesión de Victoria

A las seis de la mañana, Elena encontró a Victoria Ashford en el salón, sentada junto a la chimenea apagada, con la muñeca de porcelana en el regazo y una expresión de alguien que ha esperado toda la noche para hablar.

—La estaba esperando —dijo Victoria, sin levantar la vista de la muñeca—. Sabía que vendría. Los chefs madrugan. Es una de las pocas profesiones donde la madrugada es sagrada.

—Miss Victoria —dijo Elena, sentándose en el sofá opuesto—. Necesito saber la verdad. Sobre Eleanor. Sobre Margaret. Sobre lo que pasó en Oxford.

Victoria ajustó el vestido de la muñeca, con dedos que temblaban ligeramente.

—¿Ha leído las cartas? —preguntó, sin sorpresa.

—Sí.

—¿Y la fotografía?

—Sí.

Victoria suspiró, un sonido que parecía venir de lo más profundo de su ser.

—La mujer en la fotografía —dijo—. La de pelo oscuro entre Reginald y Oliver. ¿La reconoció?

Elena miró la fotografía que llevaba en el bolsillo. La joven de ojos intensos, sonriendo con una alegría que parecía frágil.

—No —admitió—. ¿Quién es?

Victoria sonrió, una expresión triste y amarga.

—Es yo, señorita Vidal. Hace treinta y cinco años. Cuando tenía veintisiete años. Cuando estaba enamorada de Oliver Crane. Cuando era la novia de Oliver Crane.

Elena sintió que el suelo se movía. Otra vez.

—Usted… ¿y Oliver?

—Oliver y yo éramos novios en Oxford. Estábamos prometidos.

Y luego… —Victoria cerró los ojos— …y luego Margaret apareció.

La hermana de Cordelia, aunque en ese momento nadie sabía que Cordelia existía.

Margaret era hermosa, brillante, encantadora.

Y Oliver… Oliver la amó. O eso creía. —Victoria abrió los ojos, y estaban húmedos—.

Pero Oliver no amaba a Margaret. Oliver amaba su dinero.

Su posición. Su futuro. Y cuando Margaret descubrió que Oliver solo la quería por su herencia…

—hizo una pausa— …cuando Margaret lo descubrió, amenazó con denunciarlo. Con arruinarlo. Y entonces…

—Entonces murió —terminó Elena.

—Sí. Cayó por una ventana. "Accidente". —Victoria se rió, un sonido sin alegría—. Pero no fue accidente. Fue Oliver. O Reginald. O ambos. Nunca supe cuál de los dos la empujó. Pero supe que ambos lo sabían. Y que ambos lo encubrieron. Y que ambos… —su voz se quebró— …que ambos me robaron mi vida.

Elena se acercó, sentándose junto a Victoria. La anciana olía a lavanda y a polvo, a recuerdos y a arrepentimiento.

—¿Por qué no dijo nada?

—¿Y arruinar a mi familia? ¿Destruir el nombre Ashford?

—Victoria se encogió de hombros—. Mi padre estaba vivo entonces.

Habría desheredado a Reginald. Y a mí. Habría dejado todo a la beneficencia.

Así que guardé silencio. Me quedé en esta casa, con mi muñeca, esperando que la justicia divina hiciera lo que yo no tuve valor de hacer.

—¿Y ahora? —preguntó Elena—. ¿Ahora que Reginald está muerto?

Victoria la miró, y en sus ojos había algo que Elena no esperaba: no era alivio, era culpa.

—Ahora —dijo Victoria, lentamente—. Ahora tengo que vivir con el conocimiento de que deseé su muerte. Cada día, durante treinta años, deseé que Reginald muriera. Y ahora que está muerto… —hizo una pausa— …no me siento mejor. Me siento vacía.

Elena tomó la mano de Victoria, fría y nudosa.

—No lo mató usted, Miss Victoria.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque si hubiera querido matarlo, habría tenido treinta años para hacerlo. Y no lo hizo. —Elena sonrió, con tristeza—. Usted no es una asesina. Es una sobreviviente. Hay una diferencia.

Victoria la miró, y una lágrima rodó por su mejilla arrugada.

—Gracias, señorita Vidal. Es usted… —buscó la palabra— …es usted amable. Y la amabilidad es algo raro en esta casa. Cuídese. Porque la persona que mató a Reginald no es amable. Es fría. Calculadora. Y peligrosa.

Elena asintió. Mientras subía las escaleras de vuelta a la cocina, anotó mentalmente: «Victoria lo sabía todo. También sabía lo del oporto. Pero no es la asesina. Solo una superviviente.»