Capítulo 11 - La Investigación de la Chef
La Investigación de la Chef
A las dos de la madrugada, Elena estaba despierta en la habitación que le habían asignado —una estrecha cámara en el tercer piso, con una cama de latón, una cómoda de caoba, y una ventana que daba al jardín de invierno cubierto de nieve.
El agente Higgins dormía en una silla fuera de su puerta, roncando suavemente.
Elena se levantó, se puso un jersey de lana sobre el pijama, y se acercó a la ventana.
El jardín de invierno —una estructura de cristal y hierro forjado adosada al lado este de la casa— brillaba bajo la luz de la luna reflejada en la nieve.
Dentro, podía ver la silueta de una estatua. Venus, presumiblemente.
Si algo me pasa, busque en el jardín de invierno. Bajo la estatua de Venus.
Elena tomó una decisión. Se puso las botas, se envolvió en un abrigo que había encontrado en el armario —probablemente perteneciente a una criada olvidada— y abrió la ventana.
El frío la golpeó como una bofetada, pero la nieve había amainado.
El silencio era absoluto, el tipo de silencio que solo existe en el campo profundo durante una noche de invierno.
Trepar por el alero de la ventana fue más fácil de lo que esperaba.
Los Cotswolds no eran Barcelona, pero ella había escalado suficientes tejados de restaurantes durante incendios de cocina para saber cómo mantener el equilibrio.
Bajó por una bajante de hierro, sus manos entumecidas por el frío, y aterrizó en un montón de nieve con un sonido sordo.
El jardín de invierno estaba cerrado con llave, pero una de las ventanas laterales tenía un pestillo roto —probablemente desde hacía décadas. Elena empujó, el cristal cedió, y se deslizó dentro.
El olor era de humedad, tierra y plantas muertas.
El jardín de invierno había sido hermoso en algún momento —enredaderas trepaban por los marcos de hierro, macetas de terracota se alineaban en estantes, y en el centro, sobre una base de mármol, estaba la estatua de Venus.
Desnuda, de mármol blanco, con un brazo extendido como si estuviera pidiendo algo que nunca llegaría.
Elena se acercó a la base. La nieve se había filtrado por las grietas del cristal, acumulándose alrededor de los pies de mármol. Pero había algo más: una losa de piedra, ligeramente desplazada, como si alguien la hubiera movido recientemente.
Con las manos heladas, Elena empujó la losa. Pesaba más de lo que esperaba, pero cedió. Debajo, en una cavidad hueca, había una caja de metal oxidado.
La abrió.
Dentro había papeles. Cartas, amarillentas por el tiempo, con caligrafía femenina elegante. Elena encendió la linterna de su teléfono móvil —que milagrosamente tenía batería— y leyó la primera.
"Querida Eleanor, si estás leyendo esto, significa que no pude contarte la verdad en persona. La verdad sobre Reginald. La verdad sobre Oliver. La verdad sobre lo que pasó en Oxford en 1985. No fue un accidente, Eleanor. Nunca fue un accidente. Y ahora él lo sabe. Y ahora yo tengo miedo."
La carta estaba firmada: "Con amor y terror, Margaret" .
Elena frunció el ceño. ¿Margaret? ¿Quién era Margaret? Continuó leyendo.
Las cartas siguientes eran de Eleanor misma. Cartas que ella había escrito pero nunca enviado. En una de ellas, fechada dos semanas antes de su muerte, Eleanor escribía:
"He descubierto lo que pasó en Oxford. Oliver no es solo un viejo amigo de Reginald.
Es algo más. Algo terrible. Y Reginald lo ha estado ocultando durante treinta años.
Pero ahora Oliver ha vuelto. Y Reginald tiene miedo.
Por primera vez en su vida, mi marido tiene miedo.
Y cuando Reginald tiene miedo, es peligroso. "
Elena guardó las cartas en el bolsillo de su abrigo. Esto era más grande que un asesinato. Era una historia de traición que se extendía por décadas, desde Oxford hasta esta noche, desde Margaret hasta Eleanor, hasta Lord Ashford muerto sobre su mesa de comedor.
Estaba a punto de cerrar la caja cuando vio algo más.
En el fondo, envuelto en un pañuelo de seda descolorido, había una fotografía.
Una fotografía de grupo, en blanco y negro, de jóvenes en trajes de época.
Elena reconoció a Lord Ashford —joven, con pelo oscuro, sonriendo con una arrogancia que ya tenía— y a Oliver Crane, a su lado, con una sonrisa idéntica.
Entre ellos, una joven de pelo oscuro y ojos intensos.
Elena no la reconoció, pero había algo en su rostro —una familiaridad que no podía ubicar.
Volvió a guardar todo en la caja, cerró la losa, y salió del jardín de invierno. El frío había penetrado en sus huesos, pero su mente ardía con preguntas.
¿Quién era Margaret? ¿Qué pasó en Oxford en 1985? ¿Por qué Oliver había vuelto realmente? Y, lo más importante: ¿quién había matado a Lord Ashford, y por qué habían usado su cuchillo para incriminarla?
Cuando volvió a su habitación, trepando por la bajante y entrando por la ventana, encontró algo que no esperaba.
Julian Ashford estaba sentado en su cama, esperándola.
—¿Encontró algo? —preguntó, sin levantar la vista de sus manos entrelazadas.
Elena se quedó inmóvil, con el corazón martillando.
—¿Cómo…?
—Lo vi desde mi ventana. Está justo encima de la suya. —Julian sonrió, una expresión triste—. He estado observando el jardín de invierno durante años. Desde que mamá murió. Sabía que había algo ahí. Pero nunca tuve el valor de buscarlo.
—¿Por qué ahora?
—Porque ahora hay un cuerpo. Porque ahora usted está acusada. Y porque… —hizo una pausa— …porque creo que usted es inocente. Y porque creo que mi padre se lo merecía, pero no de esta manera. No con un cuchillo clavado en el pecho como un animal.
Elena se sentó en la cama, frente a él. La luz de la luna entraba por la ventana, iluminando su rostro con una palidez fantasmal.
—¿Quién era Margaret? —preguntó Elena.
Julian la miró, y sus ojos se ensancharon.
—¿Cómo sabe ese nombre?
—Las cartas. En el jardín de invierno. ¿Quién era?
Julian tragó saliva. Cuando habló, su voz era un susurro.
—Margaret Crane. La primera esposa de Oliver. Murió en Oxford en 1985. Cayó por una ventana. "Accidente", dijeron. Pero mi madre siempre creyó que fue… —hizo una pausa— …que fue asesinada. Por Oliver. O por mi padre. O por ambos.
Elena sintió que las piezas del puzle empezaban a moverse, aunque todavía no encajaban.
—¿Y qué tiene que ver eso con ahora? ¿Por qué Oliver ha vuelto?
Julian se levantó, caminó hacia la ventana, y miró la nieve.
—Porque Diana —dijo, finalmente—. Diana Crane.
La esposa actual de Oliver. No es solo su esposa.
Es… —se giró, y su rostro estaba pálido— …
es la hija de Oliver. La hija que tuvo con Margaret.
La hija que creyó muerta durante treinta años.
Pero que no lo estaba. Y Oliver se casó con ella. Sabiendo quién era.
Elena sintió que el suelo se movía bajo sus pies. No era solo un asesinato. Era una tragedia shakespeariana. Era una historia de incesto, traición, y venganza que se extendía por tres décadas.
—¿Diana es la hija de Oliver y Margaret? —repitió Elena, incrédula—. ¿Y Oliver se casó con ella? ¿Sabiendo que era su propia hija?
—Eso es lo que mi padre descubrió —dijo Julian—. Por eso invitó a los Crane esta Navidad. No para reconciliarse. Para confrontarlos. Para decirle a Oliver que sabía la verdad. Y para… —su voz se quebró— …para usar esa verdad como arma.
Elena se levantó, caminando de un lado a otro de la habitación. Su mente funcionaba a la velocidad de una reducción de salsa a fuego lento —cada ingrediente se evaporaba, dejando solo la esencia.
Entonces los motivos eran:
1. Oliver Crane : Mi padre sabía su secreto. Si se revelaba, Oliver perdería todo. Su reputación, su matrimonio, posiblemente su libertad.
2. Diana Crane : Si era la hija de Oliver y Margaret, y Oliver se había casado con ella sabiéndolo… ella tenía tanto motivo para matar a Lord Ashford —el chantajista— como para matar a Oliver —el monstruo.
3. Cordelia : ¿Qué papel juega ella? ¿Quién es Marcus? ¿Estaba chantajeando a Lord Ashford también?
4. Victoria : ¿Qué secretos guarda la hermana? ¿Por qué odia tanto a Cordelia?
5. Usted, Julian : Su padre destruyó a su madre. Usted lo odiaba. ¿Lo suficiente para matarlo?
Julian la miró, y por primera vez, Elena vio algo en sus ojos que no había visto antes: no era solo dolor, era culpa.
—Yo no maté a mi padre —dijo Julian, con una voz que sonaba a verdad—.
Pero… —hizo una pausa— …pero deseé su muerte.
Muchas veces. Y esa noche, después de la cena, fui a hablar con él.
En la biblioteca. Le dije que sabía la verdad sobre mamá.
Le dije que si no confesaba, yo lo haría.
Y él… —Julian cerró los ojos— …él se rió.
Dijo que nadie me creería. Que era un borracho patético, igual que mi madre.
Y que si abría la boca, me desheredaría.
—¿A qué hora fue eso? —preguntó Elena, con urgencia.
—Las diez y cuarto. Quizá las diez y veinte. Estuve con él unos quince minutos. Luego salí. Fui a mi habitación. Bebí. Y luego… —se encogió de hombros— …y luego escuché el grito.
Elena hizo cálculos mentales. Si Julian dejó a Lord Ashford vivo a las diez y media, y el cuerpo fue encontrado a las once y cuarto, eso dejaba una ventana de cuarenta y cinco minutos. Cuarenta y cinco minutos durante los cuales alguien entró en el comedor, mató a Lord Ashford, y desapareció.
—Julian —dijo Elena, con una voz que era mitad pregunta, mitad acusación—. ¿Dónde estaba su cuchillo de chef durante la cena?
Julian la miró, confundido.
—¿Mi cuchillo? No tengo un cuchillo de chef.
—No. El cuchillo que se usó para matar a su padre. Era mío. Un Santoku. ¿Cómo llegó al comedor?
Julian palideció.
—Yo… no lo sé. La cocina estaba abierta. Cualquiera podría haber entrado.
—Cualquiera —repitió Elena—. Pero alguien lo hizo. Y alguien lo usó para incriminarme.
Julian se levantó, caminó hacia la puerta, y se detuvo.
—Señorita Vidal… Elena. Si descubre quién lo hizo… si descubre la verdad… —se giró, y su rostro estaba iluminado por una luz que no venía de la luna— …prométame que no se limitará a entregarlo a la policía. Prométame que hará que pague. Por mi padre. Y por mi madre.
Elena asintió, aunque no estaba segura de poder cumplir esa promesa.
—Lo prometo, Julian. Pero primero, necesito pruebas. Necesito algo que el inspector Grimshaw no pueda ignorar.
Julian sonrió, una expresión que era mitad esperanza, mitad desesperación.
—Entonces le sugiero que empiece por Cordelia. Porque Cordelia no es solo la esposa infiel de mi padre. Es algo más. Algo que nadie en esta casa sabe… excepto quizá Victoria.
—¿Qué?
—Cordelia —dijo Julian, con una voz que era casi un susurro—.
Cordelia es la hermana de Oliver Crane. La media hermana.
Comparten padre, pero no madre. Y ella… —hizo una pausa— …
ella también es la media hermana de Margaret.
La primera esposa de Oliver. Cordelia creció sabiendo la verdad.
Y ha estado esperando treinta años para usarla.
Elena sintió que el puzle se expandía, cada pieza revelando más sombras, más conexiones, más traiciones.
—Entonces esta cena —dijo Elena, lentamente—. No era una cena de Navidad. Era una trampa.
—Sí —dijo Julian—. Una trampa que mi padre tendió para Oliver.
Pero alguien usó esa trampa contra él. Y ahora está muerto.
Y usted es la sospechosa. Y la verdadera pregunta no es quién mató a mi padre.
—Se acercó a la puerta, la abrió, y miró atrás—.
La verdadera pregunta es: ¿quién sabía que la trampa se iba a cerrar esta noche?
Cuando Julian se fue, Elena se quedó sola en la habitación, con las cartas de Margaret en el bolsillo, la fotografía en la mano, y la certeza de que estaba en el centro de una tormenta que había estado gestándose durante treinta años.
Y tenía exactamente diez horas antes de que la nieve permitiera que la policía de Oxford llegara y la llevara lejos de la verdad para siempre.