Capítulo 10 - Los Sospechosos en la Sala de Estar
Los Sospechosos en la Sala de Estar
La sala de estar de Villa Escarcha era una habitación más íntima que el salón, con sofás de terciopelo gastado, una chimenea que ardía débilmente, y cortinas de brocado que bloqueaban la vista de la nieve.
Elena fue sentada en un sillón junto a la chimenea, con un agente de policía joven —de apellido Higgins, sin relación aparente con la ama de llaves— de pie junto a ella con una expresión que sugería que preferiría estar en cualquier otro lugar.
El inspector Grimshaw había reunido a los demás habitantes de la casa en la sala.
Julian estaba en el sofá, con la cabeza entre las manos, el cabello castaño despeinado y una copa de whisky que no recordaba haber servido.
Victoria estaba en su silla habitual, con la muñeca de porcelana en el regazo, observando la escena con ojos que parecían más vivos que los de la mayoría de los presentes.
Cordelia estaba de pie junto a la ventana, con una bata diferente —esta vez de seda negra— y una expresión de duelo que no llegaba a sus ojos.
Oliver y Diana Crane estaban sentados juntos en un sofá pequeño, con las manos entrelazadas, pero Elena notó que Diana se apartaba casi imperceptiblemente cada vez que Oliver intentaba acercarse.
—Señores —dijo Grimshaw, con la voz de quien ha esperado toda su carrera para decir estas palabras—, estoy a cargo de esta investigación.
Lord Ashford ha sido asesinado. La escena está asegurada.
Nadie sale de esta casa hasta que diga lo contrario.
Y la primera sospechosa —señaló a Elena— está bajo custodia.
—¿Sospechosa? —Julian levantó la cabeza—. ¿Elena? Es absurdo. Acaba de llegar hoy. No conoce a mi padre. No tiene motivo.
—Tiene motivo —intervino Cordelia, con una dulzura venenosa—. Reginald le ofreció dinero para que se fuera. Ella se negó. Quizá… —hizo una pausa teatral— …quizá decidió que si no podía tener el dinero, tendría algo más valioso. La venganza.
—Usted odia a mi padre —dijo Julian, mirando a Cordelia con odio contenido—. Lleva años odiándolo. ¿Por qué no la detienen a ella?
—Julian —advirtió Victoria, con una voz que sonaba a campana agrietada—. No digas tonterías. Cordelia no tiene la fuerza física para clavar un cuchillo en el pecho de un hombre. Ni el valor.
—¿Y quién sí lo tiene? —preguntó Oliver, con una curiosidad que sonaba a provocación—. ¿Julian? ¿Usted, Miss Victoria? ¿Yo?
—¿Por qué estaría usted aquí, Mr. Crane? —preguntó Grimshaw, girándose hacia él—. Lord Ashford no parecía… encantado con su presencia.
Oliver sonrió, una expresión que no llegó a sus ojos.
—Reggie y yo éramos amigos en la universidad. En Oxford. Éramos inseparables. Luego… pasaron cosas. Cordelia me invitó. Dijo que Reggie quería reconciliarse. —Se encogió de hombros—. Supongo que se equivocó.
—¿Qué pasó en Oxford? —preguntó Elena, a pesar de que Grimshaw le lanzó una mirada de advertencia.
Oliver la miró, y por un instante, Elena vio algo en sus ojos —no era culpa, era algo más complejo. Resentimiento, quizá. O miedo.
—Una mujer —dijo Oliver, finalmente—. Una mujer murió. Un accidente. Al igual que la primera esposa de Reggie. Los Ashford tienen mala suerte con las mujeres que se caen.
El silencio que siguió fue denso, cargado de historia no contada.
—Eleanor —dijo Julian, con una voz quebrada—. Mi madre. No fue un accidente. Fue…
—Fue un accidente —interrumpió Victoria, con una firmeza que no admitía discusión—. La policía lo determinó. Julian, no empieces otra vez.
—¿Otra vez? —Grimshaw levantó una ceja—. ¿Ha insinuado antes que la muerte de su madre no fue accidental, Mr. Ashford?
Julian miró a su tía, luego a Elena, luego al suelo.
—He… he tenido mis dudas. Pero no tengo pruebas. Solo… —tragó saliva— …solo recuerdo que esa noche, antes de que mamá cayera, discutió con papá. En la biblioteca. Escuché fragmentos. Ella decía algo sobre "el jardín de invierno". Sobre "la verdad bajo Venus".
Elena se enderezó en su sillón. El jardín de invierno. Bajo la estatua de Venus. Las mismas palabras que Mrs. Higgins había repetido.
—¿Y qué es eso? —preguntó Grimshaw, confundido—. ¿Un código? ¿Un mensaje oculto?
—No lo sé —dijo Julian—. Nunca supe qué significaba. Pero esa noche, después de la discusión, mamá salió de la biblioteca. Estaba llorando. Y luego… —su voz se quebró— …y luego la encontraron en la base de las escaleras de servicio.
Grimshaw anotó algo en su libreta, con la concentración de quien huele una pista pero no sabe qué hacer con ella.
—Bien. Esto es lo que va a pasar. —Cerró la libreta con un chasquido—. Todos ustedes se quedarán en sus habitaciones. No se comuniquen entre sí. No toquen nada. Mañana, cuando llegue el equipo de Oxford, interrogaremos a todos formalmente. Y entonces… —sonrió— …entonces descubriremos la verdad.
Se dirigió a la puerta, pero Elena lo detuvo.
—Inspector.
—¿Sí, señorita Vidal?
—¿Puedo hacer una pregunta?
—Puede intentarlo.
—¿A qué hora murió Lord Ashford?
Grimshaw consultó su libreta.
—El médico forense local —un veterinario, en realidad, porque estamos en el campo— estima entre las diez y media y las once. ¿Por qué?
—Porque a las diez y media yo estaba en la cocina, sola, preparando mantequilla de brandy.
Pero a las diez menos cuarto, Mrs. Higgins estaba conmigo.
Y a las once y cuarto, escuché el grito y corrí al comedor.
—Elena sonrió, una expresión que no tenía nada de amistosa—.
Eso me da una ventana de tiempo de aproximadamente cuarenta y cinco minutos.
En cuarenta y cinco minutos, alguien mató a Lord Ashford, clavó mi cuchillo en su pecho, y desapareció sin ser visto. ¿No le parece… apresurado?
Grimshaw frunció el ceño.
—¿Qué insinúa?
—No insinúo nada, inspector. Solo hago… observaciones.
—Elena usó deliberadamente las palabras de Lord Ashford—.
Y mi observación es que el asesino tuvo que conocer la casa.
Tuvo que saber dónde estaban los cuchillos.
Tuvo que saber que Lord Ashford estaría en el comedor a esa hora.
Y tuvo que tener un motivo que no sea el mío.
Grimshaw la observó durante un largo momento. Luego, lentamente, sonrió.
—Es usted lista, señorita Vidal. Pero la inteligencia no la exonera. La evidencia sí. Y de momento, la evidencia la señala a usted. —Se giró hacia la puerta—. Buenas noches, señores. Que duerman bien. Mañana será un día largo.
Cuando Grimshaw salió, Elena miró a los demás habitantes de la casa.
Julian, con su dolor y su rabia. Victoria, con su muñeca y sus secretos.
Cordelia, con su seda negra y su teléfono que vibraba silenciosamente en el bolsillo de la bata.
Oliver, con su sonrisa falsa y su historia de Oxford.
Y Diana, con sus ojos asustados y sus manos que temblaban.
Uno de ellos era el asesino.
Y Elena tenía doce horas para descubrir quién.