Crimen a la Carta (Los Misterios de Elena Vidal 1) Capítulo 9 - La Noche de Nochebuena
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Capítulo 9 - La Noche de Nochebuena

La Noche de Nochebuena

Elena regresó a la cocina a las diez de la noche. Mrs. Higgins estaba lavando los platos finales, con las manos enrojecidas por el agua caliente y la espalda encorvada por el cansancio.

—¿Todo bien? —preguntó la ama de llaves, sin girarse.

—Lord Ashford me ofreció cinco mil libras para irme.

Mrs. Higgins dejó de fregar.

—¿Y?

—Me quedé.

Mrs. Higgins sonrió, una expresión triste pero orgullosa.

—Eso es lo que habría hecho Eleanor. La primera lady Ashford. También era terca. También se quedaba cuando debía irse. —Secó las manos en el delantal—. ¿Sabe por qué murió realmente?

—Me dijeron que fue un accidente. Cayó por las escaleras.

—Cayó. Sí. Pero ¿por qué cayó? —Mrs. Higgins bajó la voz—.

Esa noche, hace diez años, había una cena como esta.

Familia, invitados, tensiones. Eleanor descubrió algo.

Algo sobre Lord Ashford. Algo que no debería haber sabido.

Y esa noche, después de la cena, cayó por las escaleras de servicio.

—Mrs. Higgins miró a Elena con ojos que habían visto demasiado—.

La policía dijo accidente. Yo digo que hay accidentes y accidentes . ¿Me entiende?

Elena asintió, aunque no estaba segura de querer entender.

—¿Qué descubrió Eleanor?

—Eso es lo que nadie sabe. Pero esa noche, antes de morir, vino a esta cocina. Me dijo: "Mrs. Higgins, si algo me pasa, busque en el jardín de invierno. Bajo la estatua de Venus." —Mrs. Higgins tragó saliva—. Nunca busqué. Tenía miedo. Todavía tengo miedo.

Elena sintió que el misterio de Villa Escarcha se expandía como una mancha de tinta en agua. No era solo una familia disfuncional. Era algo más antiguo, más oscuro, más letal.

—¿Y ahora? —preguntó Elena—. ¿Qué cree que va a pasar esta noche?

Mrs. Higgins miró por la ventana, hacia la nieve que seguía cayendo.

—Creo que la historia se repite, señorita Vidal. Y creo que usted está en el centro de ella, quiera o no.

Antes, a las diez y media, Mrs. Higgins se había despedido para irse a dormir. Pero a los pocos segundos había vuelto a entrar a la cocina. Llevaba las manos manchadas de un líquido rojo oscuro.

—¿Se ha cortado? —había preguntado Elena.

Mrs. Higgins se había mirado las manos como si las viera por primera vez.

—Es oporto. Lord Ashford me pidió que le llevara una copa al comedor.

Derramé un poco al servir. —Mrs. Higgins miró a Elena con una expresión que no supo interpretar—.

La dejé sobre la mesa. Él no la tocó. Dijo que no bebería "esa porquería" esta noche.

Que solo la tenía ahí para demostrar algo. No supe qué.

Fue a lavarse al fregadero. Elena notó que sus dedos no temblaban, pero sus ojos sí.

—Buenas noches, señorita Vidal —dijo Mrs. Higgins sin girarse, y esta vez se fue de verdad.

A las once, Elena estaba sola en la cocina, preparando la mantequilla de brandy para el desayuno de mañana.

El proceso era meditativo: batir mantequilla sin sal hasta que estuviera cremosa, añadir azúcar glas poco a poco, incorporar brandy de Jerez —no el brandy de cocina barato, sino un Solera Reserva que ella reservaba para ocasiones especiales— y terminar con una pizca de nuez moscada recién rallada.

La cocina estaba en silencio, excepto por el tic-tac del reloj de pared y el murmullo del Aga. Afuera, el viento aullaba contra los cristales, transportando nieve que se acumulaba contra los marcos de las ventanas.

Entonces escuchó el grito.

No fue un grito de miedo. Fue un grito de rabia, de indignación, de una traición finalmente revelada. Venía del comedor.

Elena dejó la batidora, se quitó el delantal, y corrió.

El pasillo de servicio que conectaba la cocina con el comedor estaba oscuro, iluminado solo por una luz de emergencia que parpadeaba con intermittencia. Elena corrió, sus zapatos resonando contra el linóleo gastado, su corazón martillando en su pecho.

Llegó al comedor y se detuvo en el umbral.

La escena que la recibió fue surrealista, como una pintura de un artista macabro.

Las velas en los candelabros seguían ardiendo, proyectando sombras danzantes sobre las paredes.

La vajilla de Wedgwood, ahora sucia con los restos de la cena, seguía sobre la mesa.

Y sobre ella, sobre la mesa de roble donde horas antes habían celebrado la cena, yacía Lord Reginald Ashford .

Estaba vestido con el mismo smoking, ahora manchado con algo oscuro que Elena no quiso identificar inmediatamente.

Sus ojos azules —esos ojos que habían observado el mundo con desprecio durante sesenta años— miraban fijamente el techo abovedado.

Su cuello, siempre erguido y aristocrático, descansaba en un ángulo imposible.

Pero fue el cuchillo lo que captó la atención de Elena.

Era su Santoku . Su cuchillo de acero damasco, con la empuñadura de nogal. Estaba clavado en el pecho de Lord Ashford, atravesando la pajarita negra, con la punta hundida en la carne con una violencia que sugería furia, no precisión.

Y junto a su mano derecha, algo que Elena no esperaba: una copa de oporto , llena .

El líquido carmesí oscuro llegaba casi hasta el borde, intacto, como si nunca hubiera sido tocado.

El oporto que alguien había envenenado. El oporto que Reginald Ashford, que odiaba el oporto, que solo lo bebía para demostrar dominio, no había probado .

—Dios santo —susurró Elena.

Detrás de ella, alguien jadeó. Elena se giró.

Allí estaba Cordelia , con una bata de seda burdeos, una copa de champán en la mano, y una expresión que Elena no supo interpretar.

No era sorpresa. No era triunfo. Era algo más complejo: alivio mezclado con horror, como quien ve caer algo que ha estado empujando sin querer.

—La chef —dijo Cordelia, con una voz que sonaba a reconocimiento, no a acusación—. Claro. ¿Quién más estaría aquí?

—Yo no… —empezó Elena.

—No diga nada —interrumpió una voz desde las sombras.

Inspector Barnaby Grimshaw emergió de detrás de la cortina de terciopelo verde, ajustándose el cinturón por encima de una barriga que sugería años de comidas en pubs locales.

Llevaba un abrigo de tweed mojado por la nieve, una bufanda deshilachada, y una expresión de satisfacción profesional que Elena encontró inmediatamente irritante.

—Inspector Grimshaw, policía de Gloucestershire —se presentó, sacando una libreta—.

Llegué hace una hora. Lord Ashford me llamó esta tarde.

Dijo que esperaba "problemas". Supongo que esto es lo que quería decir.

—Señaló el cuerpo con su bolígrafo—. Elena Vidal, ¿verdad?

La chef. Queda detenida por el asesinato de Lord Reginald Ashford.

—¡Eso es absurdo! —exclamó Elena—. ¡Acabo de llegar! ¡Escuché el grito y corrí!

—El grito —dijo Grimshaw, anotando algo—. ¿De quién era el grito?

Elena dudó. Ahora que lo pensaba, no estaba segura. Podría haber sido Lord Ashford. Podría haber sido otra persona. Podría haber sido alguien que encontró el cuerpo, no alguien que lo mataba.

—No… no estoy segura.

—Hmm. —Grimshaw se acercó a la mesa, examinando el cuchillo—. Bonito cuchillo. ¿Suyo?

Elena miró la empuñadura. Allí estaban las letras: E.V.

—Es una marca de fabricante —dijo rápidamente—. Edward Vance . Un cuchillero de Sheffield. No son mis iniciales.

—¿Y las iniciales E.V. bordadas en su delantal? —Grimshaw señaló el delantal que Elena todavía llevaba puesto—. ¿Coincidencia?

Elena miró hacia abajo. Allí estaban, en rojo oscuro sobre el lino blanco: E.V.

—Son mis iniciales —admitió—. Pero el cuchillo…

—El cuchillo tiene sus iniciales. Usted está en la escena. Tiene motivo —Grimshaw sonrió—. Lord Ashford le pagó cinco mil libras para que se fuera, ¿verdad? Y usted se negó. Quizá se enfadó. Quizá… —hizo una pausa dramática— …quizá decidió que si no podía tener el dinero, tendría la venganza.

—¡Eso es ridículo! —Elena sintió que la ira la invadía, caliente y familiar—. ¡No maté a Lord Ashford! ¡Ni siquiera lo vi después de la biblioteca!

—¿A qué hora salió de la biblioteca? —preguntó Grimshaw.

—Las… las nueve y media, quizá.

—¿Y desde entonces hasta ahora, las once y cuarto, dónde estuvo?

—En la cocina. Preparando mantequilla de brandy. Mrs. Higgins puede confirmarlo. Estuvo conmigo hasta las diez.

—Mrs. Higgins —dijo Grimshaw, girándose hacia la puerta, donde la ama de llaves había aparecido, pálida y temblorosa—. ¿Puede confirmar que la señorita Vidal estuvo en la cocina desde las diez hasta las once y cuarto?

Mrs. Higgins miró a Elena. Luego miró a Cordelia. Luego miró al cuerpo de Lord Ashford.

—No —dijo, con una voz quebrada—. No puedo confirmarlo. Me fui a mi cuarto a las diez y diez. La señorita Vidal dijo que prefería estar sola para concentrarse.

Elena sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

—Mrs. Higgins…

—Lo siento, señorita Vidal —dijo Mrs. Higgins, sin mirarla a los ojos—. Pero no puedo mentir. No por usted. No por nadie.

Grimshaw sonrió, una expresión de triunfo contenido.

—Elena Vidal, queda detenida. Tiene derecho a guardar silencio.

Cualquier cosa que diga… bueno, ya sabe el resto.

—Hizo un gesto a dos agentes uniformados que aparecieron en la puerta—.

Llévensela a la sala de estar. Mañana, cuando la nieve permita que llegue el equipo forense de Oxford, la trasladarán a la comisaría.

Mientras los agentes la escoltaban fuera del comedor, Elena tuvo una sola certeza: si quería evitar pasar la Navidad en una celda, tendría que resolver el asesinato ella misma.

Y tenía exactamente doce horas antes de que la nieve derretida permitiera que llegara la policía de Oxford.

Doce horas para salvar su nombre, su carrera y su libertad.